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viernes, 18 de marzo de 2016

Los 5 orígenes del terror

Un monstruo es, por definición, un ser que causa miedo por su apariencia física y, en la mayoría de casos, por sus poco amistosas intenciones. Una definición muy amplia que engloba a un sinfín de criaturas que podrían catalogarse de decenas de maneras distintas. En el presente artículo nos vamos a detener a clasificar en 5 categorías algunos monstruos cinematográficos de los años 70 y 80, según su procedencia. Intentaremos responder a la pregunta:

De dónde vienen los monstruos?


1. El espacio exterior.
El cosmos, formado por galaxias desconocidas, siempre ha sido fuente de inspiración para la creación de seres deformes. Salvo los insectos, que por su tamaño resultan individualmente menos amenazadores, en el planeta Tierra tenemos a casi todas las especies animales identificadas, así que no nos queda más remedio que viajar algo más lejos si queremos tropezarnos con bichos que nos den miedo y no podamos simplemente vencer con la ayuda de una escopeta. Aunque, para nuestra comodidad, en la mayoría de casos son estos seres los que vienen a visitarnos...


Entre muchas otras, los podemos encontrar en:
Alien (Ridley Scott, 1979)
La Cosa (John Carpenter, 1982)
Xtro (Harry Bromley Davenport, 1983)
El terror llama a su puerta (Fred Dekker, 1986)
Invasores de Marte (Tobe Hooper, 1986)
Critters (Stephen Herek, 1986)
Mi amigo Mac (Stewart Raffill, 1988)


2. El laboratorio.
La mente humana, pillando desprevenida a la naturaleza, es responsable del génesis de muchas criaturas que podríamos calificar como monstruos. En algunos casos por pura maldad del típico científico chiflado o, casi siempre, por accidente, nos acabamos encontrando con una amenaza que podríamos haber evitado si el mad doctor de turno se hubiera estado en casa quietecito haciendo ganchillo.


Algunos títulos son:
La mujer explosiva (John Hughes, 1985) (y todos los sucedáneos del monstruo de Frankenstein)
La cosa del pantano (Wes Craven, 1982)
El vengador tóxico (Lloyd Kaufman, 1984)
Underworld (George Pavlou, 1985)
La mosca (David Cronenberg, 1986)
Trans-Gen, los genes de la muerte (Stephen Carpenter, 1987)


3. El más allá.
El Diablo siempre ha sido un excelente creador de monstruos. Desde los albores de la civilización, para justificar cualquier comportamiento alejado de lo aceptado socialmente se ha utilizado en los círculos religiosos una figura demoníaca, antítesis del pertinente dios protector, con la capacidad de poseer a los humanos para que éstos vomiten más palabrotas de la cuenta. O bien, para explicar lo inexplicable, se recurre a entidades atrapadas entre el mundo terrenal y la morada divina, sin forma corpórea pero con ganas de hacer travesuras. Ésos que nos lo pringan todo de ectoplasma.


Algunas cintas poseídas célebres son:
El exorcista (William Friedkin, 1973)
La profecía (Richard Donner, 1976)
Drácula (John Badham, 1979)
Posesión Infernal (Sam Raimi, 1981)
El ente (Sidney J. Furie, 1982)
Poltergeist (Tobe Hooper, 1982)
El príncipe de las tinieblas (John Carpenter, 1987)
Night of the demons (Kevin S. Tenney, 1988)


4. La magia y el folklore.
Los cuentos que nos leían cuando éramos críos siempre giraban alrededor de algún elemento mágico: brujas, ogros, duendes, magos, dragones... Algo difícil de justificar científicamente pero imprescindible para la cohesión y la verosimilitud de la historia. Ya en nuestra (presunta) madurez nos seguimos esforzando por creer en estos elementos, no ya tanto para conciliar el sueño como antaño sino para conseguir sentir pavor al ver alguna película con algún monstruo procedente del folklore como protagonista.


Podemos ver a duendes, víctimas de maleficios o productos de invocaciones en:
Gremlins (Joe Dante, 1984)
Miedo azul (Daniel Attias, 1985)
Noche de miedo (Tom Holland, 1985)
Demons (Lamberto Bava, 1985)
Muñeco diabólico (Tom Holland, 1988)
Pumpkinhead (Stan Winston, 1988)
Leprechaun (Mark Jones, 1993)


5. La naturaleza humana.
Son los monstruos más terroríficos porque son los más verosímiles, de largo. Porque tras su piel de corderito (o anorak color azul pitufo), hasta el vecino del 3º1ª puede ser un psicokiller en potencia (y en acto). Se da la simpática circunstancia de que también suelen ser los más sangrientos y despiadados. Los guionistas de estas películas se ahorran el esfuerzo de contarnos cuentos y de luchar contra nuestro escepticismo. El monstruo nos tiene que asustar porque quien está detrás es un humano cuyo único problema reside en algo tan habitual como un tornillo del cerebro mal apretado. Un peligro que nos podemos encontrar yendo a comprar el pan o bañándonos desnudos en el lago de un campamento de verano.


Estos seres tan agradables suelen merodear por:
Las colinas tienen ojos (Wes Craven, 1977)
Halloween (John Carpenter, 1978)
Viernes 13 (Sean S. Cunningham, 1980)
Holocausto caníbal (Ruggero Deodato, 1980)
The slumber party massacre (Amy Jones, 1982)
Noche de paz, noche de muerte (Charles E. Sellier Jr., 1984)
Escóndete y tiembla (John Houg, 1988)


Hay dos tipos de monstruos ajenos a esta clasificación, ya que podrían incluirse en más de una categoría: unos son los robots, los cuales mayormente son creación humana (en un laboratorio o un garaje terrestre), pero no exentos de ser gestados en un planeta lejano. Los alienígenas no tienen por qué estar privados de conocimientos de Física, Mecánica y Robótica.

El otro monstruo variopinto, muy presente en la actualidad en sentido figurado pero también literal, es el zombi. Cualquiera de nosotros puede convertirse en candidato a comecerebros sólo con haber sido contaminado con algún virus espacial (en forma de gas tóxico, sustancia pseudoláctea o babosa), recibido una maldición gitana o haber tenido contacto con alegres experimentos para resucitar muertos.

Este tema podría dar incluso para un libro (aquí dejo gratuitamente la idea). Aún limitándonos a películas de hace 30-40 años, la lista es extremadamente representativa. Si ampliamos el período comprobamos cómo incluso los monstruos clásicos de la Universal se engloban dentro de estas categorías: el monstruo de Frankenstein y el hombre invisible en la 2, Drácula en la 3, El hombre lobo y la momia en la 4, etc. Por muy descabellado y absurdo que parezca, todo tiene un origen: los guiones cinematográficos, los monstruos, los sueños, las leyendas, la inspiración... por eso clasificar y diseccionar resulta tan divertido.




sábado, 7 de noviembre de 2015

Queremos remakes!


Por qué no? En algunos casos -más de los que creemos- son buenos productos, que suman, y los que no son buenos no tienen necesariamente por qué restar.
Que el remake de Karate Kid es muy malo? Pues nos olvidamos de él y nos quedamos con la original, la de Ralph Macchio y Pat Morita. Como si Jaden Smith y Jackie Chan no existieran.

La postura de los fans que están en contra de los remakes es muy comprensible porque en la mayoría de casos, aun sin ser malas películas, no superan a la original. Pero hay que tener en cuenta dos cosas: si una película es candidata a tener remake es porque es muy buena y superarla resulta muy difícil; y que si el remake es malo, la original -que tanto nos gusta y a la que veneramos- no tiene por qué verse afectada, son dos películas distintas.

La escasez de ideas en la producción cinematográfica es indiscutible, sobre todo en Hollywood. Remakes, secuelas, reboots, adaptaciones... Pero esto siempre ha existido. Desde la Odisea de Homero, las historias siempre se repiten. Muchas películas que adoramos no dejan de ser remakes o adaptaciones, y en muchos casos ni siquiera somos conscientes. Uno de los casos más paradigmáticos es el de La cosa. Como muchos saben, la maravilla de John Carpenter de 1982 es un remake de una película de 1951 de Howard Hawks. Y a pesar de ser un endemoniado remake es mejor que la original. Y eso que la de 1951 es una gran película, divertidísima y adelantada a su tiempo en muchos aspectos. La posterior y vilipendiada de 2011 no es exactamente un remake sino una precuela, si bien el guión mantiene la estructura de la de Carpenter, de la cual, sin ser nefasta, es obvia y previsiblemente inferior.


Un remake es un arma de doble filo. Por un lado consigue la atención y la recaudación en taquilla que conlleva la etiqueta de la franquicia. Y por el otro, carga con el peso de la comparación, de la cual con muchísima suerte consigue salir empatando.

Aparte de la necesidad comercial, un remake puede ser necesario a nivel creativo. Aunque desde mi punto de vista no lo justifique. A los espectadores actuales, la generación posterior a la nuestra, los efectos especiales, la estructura narrativa, los diálogos de las películas que nos marcaron en nuestra infancia y adolescencia, les resultan desfasados. No les asusta la papilla que usó Sam Raimi en Posesión Infernal o los meritorios efectos especiales de Noche de miedo. Los productores de hoy en día son conscientes de ello y pretenden saciar esa necesidad de buenas historias con recursos actuales bajo la ley del mínimo esfuerzo. Nosotros, que nos criamos con Rick Baker, Tom Savini y Stan Winston, nos creemos aún a día de hoy la transformación de Un hombre lobo americano en Londres. Y nos siguen haciendo gracia los diálogos entre Bill Murray y Dan Aykroid. Pero los tiempos han cambiado. La forma de explicar las historias y, especialmente, la manera en que los espectadores la reciben es más dinámica, más ambiciosa, más crítica. Y superar ese listón no siempre es posible.

En cualquier caso, si repasamos algunos títulos de la lista de remakes de los últimos años encontramos de todo, incluso algún caso en que muchos consideran que ha superado al original, como Las colinas tienen ojos o Piraña(1). Hay casos de remakes a todas luces innecesarios, como el de Poltergeist, Pesadilla en Elm Street o Ultimátum a la Tierra. Y títulos desde mi punto de vista dignos o al menos con algo que aportar, como Robocop, Desafío Total, Dredd, La matanza de Texas o Noche de miedo.



Una cosa buena, que nadie negará, tienen los remakes. Y es que permiten el debate apasionante, la crítica feroz, el despotricamiento, la disección hasta las entrañas, la defensa a ultranza. En definitiva, nos ponen en bandeja un contraste de opiniones tan básico y fundamental como interesante. Que sigan haciendo remakes!

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(1) Las dos de Alexandre Aja, curiosamente. Con Piraña estoy de acuerdo, pero con respecto a Las colinas tienen ojos, me quedo con la de Wes Craven.


viernes, 17 de abril de 2015

Los tráilers (no) me convencen


Efectivamente, muchos aficionados al cine y prácticamente la totalidad de fanáticos de la saga Star Wars hemos podido disfrutar de estos casi dos minutos nuevos de contenido de la pel... del acontecimiento cinematográfico del año. La publicación, propagación y expansión de este teaser (1) ha tenido, tiene y tendrá más repercusión que la mayoría de películas estrenadas por estas fechas. No nos atrevemos a afirmar que la frase pronunciada al final del mismo por un envejecido (pero no tanto como nos temíamos) Han Solo pasará a la historia del Séptimo Arte, pero estamos convencidos de que será un merecido hashtag mundial durante semanas. Este hecho, el de que un tráiler sea casi tan esperado como una película, nos ha hecho reflexionar sobre la evolución en la producción y el uso de este instrumento, antaño comercial y hoy en día también artístico y social.

Queremos aclarar que el tráiler (o teaser!) que ilustra el primer párrafo de este humilde artículo no es en absoluto el desencadenante, al menos principal, de esta reflexión. Sería la excepción, pues consideramos -huyendo del fanatismo, o no- que todo lo que está generando está plenamente justificado.

Como siempre en estos casos, debemos comenzar por el principio. O por lo menos desde el momento que alcanza nuestra memoria. Antiguamente veíamos los tráilers principalmente en las salas de cine. Como ahora, más o menos, sólo que por aquel entonces formaban parte de una ceremonia muy esperada por la audiencia, con su cortinilla de MovieRecord incluida. También podíamos ver tráilers por televisión, de un formato más breve que los rebajaban a la categoría de anuncio. Ahora estos tráilers, por la voracidad comercial de las televisiones privadas, vienen insertados en los informativos disfrazados de noticia.

Incluso en muchas de las cintas que alquilábamos en los videoclubs podíamos disfrutar de aquel suculento contenido extra que suponían los tráilers justo antes de la típica pantalla azul con el número de registro y la clasificación legal. En este caso la efectividad era menor, porque cuando veíamos una película de una antigüedad media, los tráilers, grabados a fuerza de impulso magnético en aquella cinta e imposibles de actualizar, habían perdido vigencia.

Por aquella época tenían un elevado componente romántico. En infinidad de ocasiones llegamos a aprendérnoslos de memoria porque, aunque fueran superproducciones de presupuestos estratosféricos, el tráiler era siempre el mismo. Posteriormente, al ver por fin la película, disfrutábamos, con algún que otro fiasco del cual culpábamos al doblaje, del ejercicio de reconocer las memorizadas escenas del tráiler. Ahora salvo contadas excepciones como "Chewie, we're home" o "We have a Hulk", nos obligan a consumir las imágenes a tal velocidad que el sujeto y el predicado de los diálogos a duras penas aúnan fuerzas para incrustarse en nuestra selectivísima memoria.

Si hace 30 años sólo podíamos contar con uno, dos a lo sumo, tráilers por película, la proliferación actual es abrumante. Suponen un acompañante en paralelo a la producción, que sueltan imágenes a cuentagotas cada cierto tiempo para mantener el interés, las ganas de verla, el contradictoriamente perverso hype, en los espectadores. Cada nuevo estreno -sí, ya no sólo se estrenan películas, también se estrenan tráilers- es un acontecimiento aplaudido por esa masa tan abstracta pero a la vez tan concreta como son las redes sociales.

Sin ir más lejos, el lunes pasado pudimos ver nada menos que 4 tráilers nuevos, de 4 blockbusters (otro palabro) de este año: Ant-Man, Jurassic World, Los Vengadores y Terminator Genisys.



Los primeros teasers no dejan de ser fragmentos del material ya rodado, conectados con una lógica precaria, o un despliegue de efectos especiales no apto para retinas sensibles. Conforme se acerca la fecha del estreno estos avances cada vez van mostrando más -obviamente deben mostrar algo que no hemos visto hasta entonces-, hasta prácticamente revelarte la trama de la película entera. En el 99% de los casos no dejamos de ir a verla por esta circunstancia, por lo que es una práctica que no caerá en desuso por parte de los productores, pero sí que es inevitable el sentimiento de decepción o incomprensión desde el punto de vista del espectador.

Hay varios factores que han influído en la evolución de este producto -gratuito y, por tanto, extremadamente popular-, pero nos gustaría destacar dos. Por un lado, la digitalización. A nivel técnico es mucho más fácil ahora montar una película (lo que no significa que tenga menos mérito). Por consiguiente, se puede preparar un teaser en cualquier momento, en cuanto se tenga un mínimo de material grabado. Como una máquina de hacer churros...

El otro elemento que ha facilitado la masiva presencia de estas dosis de hype son los blogs y las redes sociales. No necesitamos ir al cine o esperar a que en la tele nos pongan el anuncio para ver a un Schwarzenegger casi septuagenario soltar mamporros a su alter ego ochentero en la nueva de Terminator, o para aprendernos el nuevo chascarrillo de Robert Downey Jr. como Tony Stark. En cuanto la productora lo vomite, en cuanto exista, podemos verlo ipso facto, tantas veces como queramos.

Nuestra humilde moraleja es que hay que consumir los tráilers con moderación. Es un tipo de producto audiovisual que ha evolucionado de manera paralela al cine, sobre todo el comercial hollywoodiense, por lo que no hay que denostarlo en exceso. Pero sí que tenemos que verlos con prudencia, sin que nos perjudique la actitud previa, sin olvidar que lo verdaderamente importante, lo que nos gusta y emociona y nos hace pagar una entrada y sentarnos en una butaca, es la película.



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1. En su momento nos costó asumir que la palabra trailer no designaba únicamente un camión muy grande y ahora nos implantan nuevos términos plagados de matices...

sábado, 6 de diciembre de 2014

Cinco razones por las que (no) nos gustará Star Wars VII


Hace aproximadamente una semana pudimos ver las primeras migajas de lo que será el nuevo episodio de una de las sagas del cine con mayor número de fans (si no la que más), Star Wars o La Guerra de las Galaxias. Del escaso material que enseñaron, para todos los gustos y recurriendo a elementos icónicos de la franquicia para garantizar el hype, pocas conclusiones podemos extraer. Algo muy lógico a estas alturas, nunca mejor dicho, de la película.

La presentación de este tráiler no ha supuesto otra cosa que un hito más en el largo camino que comenzó cuando Disney compró Lucasfilm, continuó cuando se anunció que la exitosa (y lucrativa) saga creada por George Lucas iba a tener más entregas, y que finalizará (temporalmente) a finales de 2015 con el estreno de este séptimo episodio. En todo este recorrido las opiniones en blogs y redes sociales, como no podía ser de otra manera, se han vertido como cataratas. Y en un porcentaje inusitadamente alto, las valoraciones han tenido una connotación negativa y pesimista, algo muy curioso teniendo en cuenta que se trataba de opinar sobre una película que ni siquiera se había empezado a rodar.

No obstante, este pesimismo, que no compartimos en absoluto, puede estar justificado aunque sea de manera inconsciente e irracional. En un ejercicio de abogacía diabólica, vamos a enumerar cinco posibles razones por las que fans y no fans de Star Wars pueden prescindir del entusiasmo mientras esperan el estreno de esta nueva entrega.

1. Expectativas demasiado altas...


... y por tanto demasiado difíciles de satisfacer. Sin duda es la razón principal y está directamente relacionada con las otras cuatro y con casi todo el resto de posibles argumentos. Los espectadores esperan mucho con razón, porque es una franquicia con gran repercusión en la historia del cine y de la ciencia-ficción, con influencia en otras películas y en otros medios como la literatura, los cómics o la televisión. Llegar al nivel de todo lo que ha conseguido la trilogía inicial de Lucas es prácticamente imposible.

2. El trekkie J.J. Abrams.


Para añadir más controversia al proyecto, a los magnates de Disney no se les ocurrió otra cosa que contratar a J.J. Abrams como director y guionista. No es suficiente con que haya recuperado de una manera tan brillante la saga Star Trek para el cine, ni sea el responsable de películas como Super 8. Siempre le recordaremos con rencor por el desastroso final de la serie Lost. Es más, se ha llegado a decir que el hecho de dirigir Star Trek era incompatible con la dirección de Star Wars.
Suerte que tenemos al bueno de Larry Kasdan pululando por ahí.

3. La anterior trilogía.


Gran parte del escepticismo ante este nuevo episodio está provocado por la decepción que supuso la anterior trilogía. A nivel argumental hacer una precuela supone todo un reto, ya que el espectador conoce de antemano el statu quo resultante y la capacidad de motivar y sorprender se reduce. A pesar de contar con un reparto espectacular, la pobre historia, la falta de carisma de algunos personajes -el carisma es algo que surge, no se puede forzar- y la lejanía con la esencia de la trilogía inicial convirtieron a las tres películas, sin ser rematadamente malas, en una mera sucesión de efectos digitales.

4. La adaptación a los tiempos modernos.



Sin duda uno de los grandes retos del Episodio VII es conseguir que los efectos digitales no solapen el resto de aspectos de la película, como ya pasó -y hemos mencionado en el punto anterior- en la anterior trilogía. Los efectos especiales deben ser una herramienta al servicio del guión y no al revés. Por desgracia en el cine actual de acción y ciencia-ficción se está sustituyendo con demasiada frecuencia la creatividad por el alarde visual que permiten los ordenadores. Cierto es que no esperamos ver, o intuir, a otro Kenny Baker dentro de R2-D2 (es mentira, lo deseamos), pero tampoco queremos ver una película de animación por ordenador o un videojuego.

5. El recurso a las viejas glorias


Sería inconcebible asistir a la evolución de la historia en esta galaxia muy, muy lejana sin la familia Skywalker, sin Luke, Leia o Han Solo. Necesitamos personajes carismáticos, que conozcamos y con los que sintamos afinidad. En las precuelas echamos un poco de menos a nuestros héroes, apenas teníamos a Yoda, a los jóvenes Obi Wan Kenobi y Anakin Skywalker y a los androides. Además ahora el tiempo juega a nuestro favor, los actores están notoriamente más viejos, paralelamente a los personajes que interpretan. Por tanto, sería lógico y agradecido por los fans contar de nuevo en el elenco con Mark Hamill, Carrie Fisher y Harrison Ford, entre otros. Sin embargo, tenemos una mala experiencia con la resurrección de viejas glorias. Sin ir más lejos, el propio Ford en la cuarta parte de Indiana Jones, Arnold Schwarzenegger en las últimas Terminators o Bruce Willis en la innecesaria quinta entrega de La Jungla. En todas ellas han tenido que ceder gran parte de su monopolio de protagonismo a otros personajes, a actores más jóvenes, y en esta Star Wars seguramente también sucederá. Es algo tan comprensible como encomiable es el esfuerzo que hacen estos actores por seguir interpretando a los personajes que les dieron la fama. En cualquier caso, la carencia de personalidad de esta nueva hornada de actores debe ser suplida por otros aspectos en la película, que permitan crearnos nuevos héroes y doten de consistencia a la franquicia.

A pesar de todo, el día del estreno acudiremos con ilusión y expectación, conscientes de la posibilidad de que haya cosas que no resulten totalmente fieles al universo creado por Lucas por la inevitable adaptación a la nueva generación de espectadores, pero esperando recibir en nuestra butaca lo que siempre esperamos cuando acudimos a una sala de cine: entretenimiento.

domingo, 8 de junio de 2014

Días del Futuro Pasado



Aviso a la población. Este artículo, aunque tremendamente humilde, puede contener algo conocido como spoiler. Si no has visto la película y te interesa verla, te recomendamos que lo leas una vez la hayas visto.



Tal como sucedió el año pasado con El Hombre de Acero, los pronósticos no han sido del todo acertados y éste no ha sido el estreno del año, lo que significa que los Guardianes de la Galaxia lo tienen mucho más fácil ahora.

Porque éste es el principal problema de X-Men: Días del futuro pasado, las expectativas (lo que se conoce ahora en la jerga del pueblo como hype, para que todo el mundo lo entienda) eran muy altas. Sin duda se trata de una excelente película, que consolida la que probablemente sea la mejor saga cinematográfica de superhéroes (con permiso del murciélago de Nolan). Pero desgraciadamente se queda lejos de su predecesora, X-Men: Primera Generación. Las comparaciones entre ambas son su segundo problema.

Primera Generación es una película redonda desde las escenas iniciales, donde nos muestran los primeros pasos de los dos líderes mutantes, pasando por un villano que no porque tenga el rostro ultraconocido de Kevin Bacon deja de hacernos sentir admiración, e incluso respeto, hasta terminar con una apoteosis de destrucción y de exhibición de poderes. Días del Futuro Pasado también comparte la mayoría de estos elementos, pero muchos nos resultan ya pelín recalentados. La novedad, la frescura, la aporta Lobezno, el mejor personaje de Marvel junto a Spiderman, pero con el rostro de un Hugh Jackman que exhibe ciertos síntomas de agotamiento. Quizá sea por la falta de adamantium en su esqueleto, quién sabe...

Se echa mucho de menos más escenas de acción. Una de las más memorables, que todos tenemos en mente, la protagoniza nuestro querido Mercurio, el cual estamos deseando que cambie de década para verlo con un look menos teenager. El guiño hacia la presunta paternidad de Magneto es también de agradecer. Aparte de dicha fuga de Magneto del Pentágono (acusado del asesinato de Kennedy, claro que sí), nos queda la secuencia final del ataque final a la Casa Blanca, intercalada con la resistencia de la cuadrilla de mutantes con los Centinelas en el futuro. Poca cosa para lo que Marvel y el cine de acción actual nos tiene acostumbrados.

Sin duda Magneto, a pesar de -el irregular en la elección de sus papeles- Michael Fassbender, es el mejor personaje de la película. No obstante, el hecho de aparecer a mitad de la historia y no acaparar su merecido protagonismo hasta la última media hora, puede despistar a los (escasísimos) espectadores que no hayan visto las precuelas ni conozcan los entresijos de estos mutantes. El ataque final es brutal, es sublime, pero en la primera hora de la película todos seguíamos las -interesantes, sin duda- andaduras de Logan, que en ese momento estaba ahogándose en el fondo del Potomac.

Luego están las tirrias personales. Nicholas Hoult no acaba de convencer para representar a Bestia, uno de los mutantes más importantes, ni siquiera en su modo berserker. Y en cuanto a Mística, la Lawrence es la monda, pero nos quedamos con la Romjin por motivos obvios:


Resumiendo, es una película divertidísima y altamente recomendable, que hará las delicias de fans y no fans de la saga de los mutantes. Pero que tiene la elevada presión de su predecesora y de unas expectativas que llegan a alcanzar, pero sin soltar el lastre de una capacidad de sorpresa cada vez más escasa entre los espectadores.


viernes, 7 de junio de 2013

Cine y Realidad


El cine nació como una forma de registrar y reflejar la realidad. Y lo sigue siendo, pero no tanto. En la actualidad, en la mayoría de películas con grandes presupuestos se introducen elementos inverosímiles que, gracias a las casi infinitas posibilidades de los medios digitales, no nos impiden seguir la acción y el argumento. Nos involucramos sin esfuerzo en la historia que nos cuentan a través de la pantalla, al mismo nivel que a principios del siglo XX y nos quedamos cerca de aquellas primeras proyecciones hiperrealistas de los hermanos Lumière.

Tenemos una paradójica sensación de realidad hacia elementos que sabemos a ciencia cierta que no existen: alienígenas, robots, incumplimientos de leyes físicas, etc. Gran parte de culpa de esto lo tiene el cine digital y la creación de efectos especiales a través del ordenador. Con la evolución de la tecnología digital, los píxeles cada vez se notan menos y, hasta cierto punto, nos olvidamos de que estamos viendo una película. Se consigue que determinados elementos se integren en un paisaje real, como los dinosaurios de Parque Jurásico, o bien que establezcan un elevado contraste con ese paisaje, como el T-1000 de Terminator 2.


En definitiva, la composición digital permite tanto viajar al pasado, al Jurásico, como al futuro de un adulto John Connor, y de manera creíble durante las dos horas que dura la película.

La sensación de realidad que nos aporta el lenguaje cinematográfico ha tenido varias etapas en la historia del Séptimo Arte. En los primeros años, durante el cine primitivo, el realismo era tal que los espectadores se integraban en los acontecimientos narrados casi a nivel físico; poco les faltaba para huir despavoridos ante la inminente llegada de la locomotora. Poco después, con la llegada del cine clásico, la pantalla llegó para quedarse. El mundo virtual quedó limitado a su superfície rectangular, haciendo que los espectadores obviaran el resto del espacio físico. Además, con elementos como el montaje, bien utilizados, se superaban las limitaciones espacio-temporales. Las historias eran reales, cotidianas, verosímiles.

No obstante, poco tardó en llegar la fantasía, de la mano del mago George Méliès. Aprovechándose de las posibilidades del nuevo medio y de la candidez de un público desacostumbrado, junto con una muy fértil imaginación, utilizaba el cine para plasmar sus trucos de magia con mayor facilidad e impacto. Por primera vez, y a muy temprana edad, el cine mostraba imágenes que no eran reales.
A nivel artístico y comercial, estos trucos no acabaron de triunfar y el cine realista se impuso rotundamente. Los efectos especiales -definidos como los trucos e instrumentos a disposición del cineasta para mostrar algo que no es real, es decir, para engañar al espectador- se consideraron un componente marginal, una herramienta innecesaria para la verdadera esencia del cine: el reflejo de la realidad. Obras magníficas que los utilizaban, como King Kong u otras del maestro Ray Harryhausen tuvieron éxito, pero eran escasas y suponían prácticamente un subgénero.

La llegada del vídeo a mediados del siglo XX y su aplicación en la técnica cinematográfica supuso un salto de calidad en los efectos especiales. Éstos no dejaron de ser algo marginales, pero, dada la sencillez y comodidad del vídeo, comenzaron a ser más frecuentes. Pero en el cine seguían siendo despreciados y las bondades del nuevo medio se concentraron especialmente en la televisión (obviamente) y los videoclips.

No fue hasta la década de los 90 cuando, gracias a la composición digital, los efectos especiales ganaron importancia hasta el punto de modificar la visión cinematográfica de la representación de la realidad. Fue tan importante la evolución, y tan rápida la adaptación del ojo del espectador, que la percepción de aquellos efectos especiales artesanales, de Méliès, de Harryhausen, que tan creíbles parecían al público de la época, para la generación actual de espectadores puede resultar hasta ridícula. Los efectos que antes se elaboraban delante de la cámara ahora se insertan no ya detrás, sino después, en post-producción.

Una reivindicación parecida experimenta actualmente la animación. Antes de la aparición de los aparatos de Edison o los Lumière existía una serie de artilugios, sencillos pero muy ingeniosos, que se considera el embrión del cine. En una época donde la fotografía comenzaba a popularizarse, surgieron como los primeros intentos de reflejar la imagen en movimiento: thaumátropo, fenakistoscopio, estroboscopio, zoótropo, praxinoscopio, etc. Consistían básicamente en series de dibujos que, gracias a un mecanismo manual, se sucedían en un bucle y -utilizando la persistencia retiniana- otorgaban al cerebro humano la sensación de movimiento.

Sabemos que la animación continuó tras el advenimiento del cine. Pero como sus imágenes no eran realistas, se basaban en meros dibujos y los movimientos eran toscos e inverosímiles, pasó, como los efectos especiales, a un segundo plano. Con la llegada del cine digital, la animación ha resurgido con fuerza. No ha sustituido al cine realista, pero prácticamente se ha equiparado a él a nivel comercial y creativo. Los defensores del cine hiperrealista, de aquél que parecía único (según el cineasta ruso Andréi Tarkovski, el cine abstracto era imposible), han visto cómo el registro de la vida cotidiana no supone la única forma de pasar un buen rato delante de una pantalla.

Más información:
Manovich, Lev. El lenguaje de los nuevos medios de comunicación. Editorial Paidós.