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viernes, 2 de febrero de 2018

La Furia del Planeta Rojo



Es indudable que para los autores del cine de ciencia-ficción de los años 50 la Tierra se les había quedado pequeña. La mayoría de veces eran los aburridos extraterrestres los que no tenían otro pasatiempo mejor que invadirnos, pero también había casos en los que la imaginaria tecnología terrícola permitía algún periplo más allá de la Luna. Para hacer el relato un poquito más verosímil los viajeros espaciales no iban mucho más allá de lo concebible. Se quedaban, por ejemplo, en Marte.

Un viaje de ida y vuelta a Marte es lo que nos cuenta La Furia del Planeta Rojo (The Angry Red Planet, 1959), escrita y dirigida por Ib Melchior, y protagonizada por Gerald Mohr, Nora Hayden, Les Tremayne y Jack Kruschen.

Un cohete enviado a Marte había perdido la comunicación con la Tierra y se daba por perdido. Sin embargo, un día se detecta su presencia cerca de la atmósfera terrestre y se consigue su aterrizaje. Contra todo pronóstico, de los cuatro tripulantes que iniciaron la misión hay dos supervivientes: la doctora Iris Ryan y el piloto O'Bannion, gravemente contaminado por una extraña sustancia en su brazo. Al tratarse de una afección desconocida en nuestro planeta, la única manera de salvarlo es que la doctora Ryan recupere la memoria. Y así comienzan a relatarnos tan curioso y pintoresco viaje.

Tras un trayecto insólitamente breve -hay elipses temporales representadas por un calendario que indica los días transcurridos que no evita sin embargo la sensación de que aquello se ha rodado en una mañana-, el aterrizaje (o amartizaje?) del claustrofóbico vehículo espacial en el planeta rojo se realiza sin problemas. Permanecen un tiempo observando por la ventana, sorprendidos por la exuberancia de la vegetación autóctona y por la ausencia de cualquier tipo de movimiento o sonido. Como en el cohete ya han pasado muchos días y no consideran necesario que ningún miembro de la tripulación permanezca allí dentro como medida de auxilio, salen los cuatro de expedición, hacia lo desconocido. Y, por supuesto, en la superficie de Marte no hay únicamente plantas.

Técnicamente la película es muy irregular; combina efectos sorprendentes para la época como el "famoso" Cinemagic, ese filtro rojo que dota de una atmósfera muy convincente a nuestro planeta vecino, con voluntariosos cutreríos como dibujos no excesivamente logrados suplantando maquetas de la nave o el propio decorado de la cabina. Eso sí, los monstruos marcianos, que es lo que en el fondo nos interesa, son más que dignos y merecen un puesto en las listas de criaturas célebres de la ciencia-ficción cincuentera. Destaca la planta carnívora, la ameba amorfa, el caudillo de tres ojos y, especialmente, la maravillosa rata-araña-murciélago.

Pese a su frívola apariencia, La Furia del Planeta Rojo cuenta con su conato de moraleja. Al final, los malvados marcianos, tras acosar a los frágiles misioneros terrestres y acabar con la vida de alguno, permiten que dos de ellos regresen a su hogar con el fin de entregar un mensaje; una amenaza de que pagarán las consecuencias si vuelven a molestar a los poderosos habitantes de Marte, si se les ocurre regresar a ese planeta sin haber sido invitados.

viernes, 30 de diciembre de 2016

Una historia de Star Wars


Una historia de Star Wars (para bien o para mal, lo de "La guerra de las galaxias" suena hoy en día muy geriátrico), eso es lo que es justamente este caro entremés que nos sirve Disney este 2016 para calmarnos el hambre de más episodios de la saga galáctica por antonomasia. Por un lado, es una película de aventuras espaciales que sin el reclamo de la franquicia pasaría bastante desapercibida, desgraciadamente; parece que el interés de los magnates de Disney es suficiente y necesario para el éxito comercial y subyuga cualquier motivación creativa. Y por otro, encaja lo suficiente y necesariamente bien dentro del universo como para ser merecedor del emblema y aplacar la potencial ira del fan (apócope de fanático) que acude a la sala con lupa y microscopio.

Conscientes de ese contexto, mientras vemos la película inevitablemente dedicamos un porcentaje de nuestra atención a captar las referencias a precuelas y secuelas en forma de personajes, topónimos, acontecimientos, religiones y naves espaciales. Las encontramos efectivamente, y sin escrutar en exceso, en una medida bastante adecuada que no nos impide seguir una trama correcta pero algo escasa.

Se trata de una historia "externa" o "paralela", prescindible para la completa comprensión de la trama principal pero que cronológicamente resulta importante; es la manifestación cinematográfica de la elipsis entre el episodio III y el IV, la representación audiovisual de uno de los párrafos que progresan hacia el horizonte al comienzo de Una nueva esperanza. Y eso hace más bien que mal, aporta información adicional y coherente a la historia que tenemos grabada a fuego en nuestros corazones desde la infancia.

Sin embargo, el papel dentro de la saga del evento que relata Rogue One es tan minúsculo a nivel narrativo -como hemos dicho, apenas un par de líneas en las célebres letras espaciales del comienzo del episodio IV- que dos horas de metraje se presumen excesivas y acusa demasiado el relleno. Especialmente en su primera mitad, donde presentan unos personajes bastante tibios y una relación entre ellos de interés moderado, intercalado con unas escenas de acción que sirven una fácil desconexión a nuestro díscolo cerebro. La segunda mitad (o el último tercio aproximadamente, si contamos en minutos) es radicalmente diferente; minutos de acción con varios frentes abiertos, con tensión, con emoción, con elementos inverosímiles pero que digerimos con agrado, en los que resulta imposible desconectar ni un instante. Son tan brillantes que la pertenencia a la saga Star Wars resulta hasta irrelevante.

Como en toda historia, hay que hablar de los personajes. Al principio cuesta un poco conectar con ellos -Jyn Erso, por favor, tu vida ha sido una catástrofe pero sonríe de vez en cuando-; incluso llegamos a empatizar con el bufón, el alivio cómico de K-2SO, casi por obligación. Esto es Star Wars y necesitamos Han Solos, C3POes y compañías. De nuevo, con la aventura final, es cuando nos emocionamos y sufrimos por la integridad de nuestros recién creados héroes. El desenlace, obvio e inexorable, es para mí lo mejor de la película. Sabemos con certeza que toda la clandestina tipulación del Rogue One morirá -son personajes que ni siquiera se mencionan en las cuatro entregas posteriores estrenadas hasta ahora-, pero aún así su trágico y heroico final, justo cuando empezaban a caernos bien, nos pone los pelos un poquito de punta.

Se produce forzosamente y por exigencias de la coherencia en este fantástico universo, pero se echa en falta más momentos impactantes de esta magnitud. No pasa nada por matar a determinado personaje, no tenemos que esperar 30 años a que el actor que lo encarna ronde la jubilación para hacerlo; los personajes, como la imaginación, son gratis. Si tenemos el talento adecuado, podemos crear más, e incluso mejores.

Luego están las apariciones de celebridades y cameos. Darth Vader interviene poco y sin excesivas estridencias (la escena final es una frivolidad relativamente aceptable). El hecho de que su voz no sea por motivos obvios la del gran Constantino Romero tampoco me ha resultado tan nefasto; no tiene muchas frases y se asemeja bastante a la del doblador albaceteño. El digitalizado Gobernador Tarkin "canta" un poquito, pero porque los talluditos como nosotros sabemos que, a pesar de que tenga el mismo rostro al 90-95%, es imposible que sea nuestro querido Peter Cushing el que encarna el personaje. Y el cameo a lo Hitchcock o Stan Lee de los droides es absolutamente innecesario.

A nivel artístico, la película cumple y sigue a rajatabla el dogma de la trilogía clásica de LucasMichael Giacchino conduce la música siguiendo la estela del mejor compositor de bandas sonoras de la Historia del Cine con bastante dignidad, y no es en absoluto tarea fácil. Eso sí, la carne de gallina asoma sólo en momentos puntuales, en los que reconocemos nota a nota las fanfarrias de John Williams. De nuevo, los efectos especiales se moderan en cuanto a su contenido en CGI y las maquetas son una presencia tan agradecida como lo fueron el año pasado en El Despertar de la Fuerza. Algo que el paso del tiempo juzgará, pero que en el presente, que es lo que nos importa, merece un aplauso.

Rogue One es una película correcta, pero menor. Si fuera una de las oficiales de la saga supondría una gran decepción, pero es muy consciente de su papel y de su relevancia dentro de este universo que Disney se han empeñado -sabiamente desde un punto de vista comercial- en expandir. Por eso hay que verla, sin duda, pero no hace falta revisionarla, ni mucho menos aprenderla de memoria como deberíamos hacer con los episodios del IV al VII.



sábado, 17 de septiembre de 2016

Robot Monster



En los años cincuenta recibimos numerosas visitas de seres del espacio exterior, algunos con pacíficas intenciones, con voluntad de compartir conocimientos e incluso ayudar desinteresadamente a la especie humana; en cambio otros ven a los terrícolas, bien como una amenaza, bien como un enemigo demasiado fácil de derrotar e indigno de poblar un planeta tan apetitoso como la Tierra, lo que les lleva a una actitud más beligerante.

Pero ninguno de ellos es tan demoledor como los Ro-Mans, los malvados marcianos con casco espacial con antenitas y cuerpo de gorila de la película Robot Monster (Phil Tucker, 1953). Éstos, ni cortos ni perezosos, aniquilan por completo a la raza humana, directamente con sus Rayos-Q Cósmicos o sembrando la confusión entre naciones en una época nuclear donde apretar el botoncito de lanzamiento de misiles es muy fácil. La especie humana se ha extinguido? NO! El artilugio para contar personas del Jefe Supremo de los Ro-Mans le indica que el agente enviado a la Tierra no ha completado su misión, aún quedan 8 humanos con vida.

Éstos, casi todos miembros de una misma familia, sobreviven a los letales rayos Q gracias a un suero experimental del padre, un eminente científico. Un suero cuya función inicial es nada menos que curar todas las enfermedades. También consiguen aislar su refugio de los detectores de Ro-Man, de manera que, aunque la cueva donde éste ha instalado su campamento está a un tiro de piedra de ellos, el alienígena es incapaz de localizarlos.

Ante esta situación, las comunicaciones entre el Jefe Supremo (o Gran Guía) y el Ro-Man terrestre, de apellido XJ2, y entre éste y la familia, son constantes. Entre los primeros, para que el mando reafirme (y reoriente) los parámetros de la misión a su subordinado, que no son otros que liquidar a los humanos que siguen vivos. La comunicación (por la misma pantalla!) con la familia superviviente consiste básicamente en peticiones de rendición.


Naturalmente, la familia no puede aguantar mucho tiempo aislada en su refugio (del cual sólo vemos la esquina de un patio rodeado por un muro) y algunos de sus miembros van realizando salidas al exterior, lo que aprovecha el alien para estrangularlos o por lo menos perseguirlos ridículamente. Mientras, en una de las comunicaciones por la pantalla, XJ2 ve a Alice, la hija mayor. Y sin tener muy claro lo que está pasando, comienza a experimentar sentimientos demasiado humanos para los Ro-Mans. De modo que se rebela y no sigue estrictamente el Plan impuesto por el Gran Guía, pues, cuando captura a la chica, demora todo lo posible su ejecución.

Así que el Gran Guía se cabrea y lanza de nuevo los rayos Q, que matan a XJ2, y cuyo otro de sus efectos es devolver a los dinosaurios a la Tierra. Quien dice dinosaurios dice dos tricerátops luchando entre ellos, un cocodrilo con una aleta dorsal pegada enzarzado en una pelea con una especie de iguana, e incluso un armadillo. Los humanos (se supone) se han extinguido, pero el planeta ya no les sirve a los Ro-Mans. Tras todos estos despropósitos hay una pequeña sorpresa al final, de la cual no vamos a hacer spoiler, pero que la incoherencia de la trama invita a sospechar de qué se trata.

Es posible que Robot Monster figure en muchas listas de peores películas de la historia, pero la (presumiblemente) buena voluntad, el carisma del gorila espacial, los efectos especiales cutres y las irregulares interpretaciones la convierten en un objeto de cierto interés. Además, viéndola sólo pierdes 62 minutos de tu tiempo!



lunes, 30 de mayo de 2016

Sucesos en la Cuarta Fase


Una vez transcurrida la trepidante década de los cincuenta, en la que un torrente de gigantescas amenazas biológicas arrasaron ciudades y continentes dentro de pantallas de cine, las criaturas mutantes con deseos de exterminar la Humanidad vieron que hacerse grande no era garantía de éxito. Mantis, tarántulas, reptiles, incluso mujeres de 50 pies, exploraron otras vías para dominar la Tierra. Al menos en Occidente, porque en el cine japonés los monstruos colosales no se rindieron tan fácilmente.

Las hormigas ya lo habían intentado infructuosamente en Them! (o La Humanidad en peligro) (Gordon Douglas, 1954), pero su proverbial constancia les obligaba al menos a volver a intentarlo. Esta vez de manera mucho más sigilosa... y más verosímil.

Phase IV (Saul Bass, 1974) describe, como indica el título, a lo largo de su metraje las cuatro fases de la evolución de unas hormigas en una colonia en pleno desierto de Arizona, un proceso cuya siniestra culminación es la subyugación de la raza humana. Todo comienza con un extraño fenómeno astronómico con consecuencias aparentemente inocuas para los habitantes de la Tierra... a excepción de estas hormigas. Éstas comienzan a alterar su comportamiento; las distintas especies -otrora irreconciliables- empiezan a cooperar, mientras que la población de sus más célebres depredadores (arañas, mantis...) se ve drásticamente mermada.

Un científico, el doctor Hubbs, y un especialista en cifrado de mensajes de ballenas, James Lesko, acuden a la zona a investigar -y si es necesario, aplacar- el problema de las hormigas. En un principio, la principal traba a la que se enfrentan son de índole burocrática; la investigación tiene un coste económico demasiado alto y un horizonte temporal demasiado breve como para depender del libre albedrío de unos insectos. Sin embargo, ése se convierte en un problema menor, pronto todo se vuelve en su contra y la ventaja inicial de los humanos, en aspectos como el intelecto, el tamaño o la tecnología, se reduce en paralelo al crecimiento de la colonia de hormigas como entidad intelectualmente unitaria.

Las hormigas boicotean las instalaciones de los científicos, destruyendo la comunicación con el exterior o edificando extrañas construcciones alrededor de la cúpula donde viven y trabajan Hubbs, Lesko y Kendra -la nieta de unos granjeros de la zona a la que rescatan- que, recibiendo oportunamente los rayos solares, incrementan notablemente la temperatura en el interior del recinto. Poco a poco las hormigas se van haciendo con el control de la situación. La claustrofobia que provoca estar en medio de un desierto, rodeados de gas tóxico -producto de un ataque preventivo hacia las hormigas- y la amenaza de un enemigo insignificante individualmente pero aterrador cuando va acompañado generan una inquietud mayor que la que provocarían unos bichos de veinte metros de altura.

La inteligencia de esa entidad formada por millones de hormigas alcanza niveles muy altos, hasta el punto de ser capaces de comunicarse, no sólo entre todos y cada uno de los miembros de su organismo, sino con los propios humanos. Éstos, en cambio, sufren el proceso contrario; el doctor Hubbs, que ha sufrido una letal picadura en la mano, enloquece en su intento de acabar con la reina de la colonia, el nexo de unión de todo un sistema nervioso con obreras y machos alados como neuronas. Lesko, sin embargo, más pragmático, asume la derrota y llegando al hormiguero es testigo del inicio de la Cuarta Fase: la esclavización de la raza humana.

Este final apocalíptico y pesimista tiene como epílogo un metraje inédito que los directivos de la Paramount obligaron a Saul Bass a recortar. Estuvo "perdido" mucho tiempo, pero en tiempos de YouTube casi todo tiene solución.



Phase IV es un clásico de esa ciencia-ficción setentera que tanto nos gusta. En algunos momentos se asemeja a un peculiar documental de insectos, gracias a la excelente aportación de Ken Middleham, aunque la mayoría de las veces las imágenes no están exentas de cierta contribución dramática. Pese a su aparente sencillez, aborda temas filosóficos y políticos, e incluso hay momentos catalogables dentro del género de terror. Nosotros nos quedamos con ese toque de ciencia-ficción previa a un futuro distópico, donde nos gobernarán las hormigas, y con ese final catastrófico. Porque las películas de este tipo tienen que acabar mal, porque los humanos hacemos las cosas mal y tenemos que aprender de nuestros errores.

domingo, 27 de diciembre de 2015

La Fuerza está muy despierta


Volver a épocas pasadas, hacer productos similares a los que nos cautivaron en nuestra infancia, hoy en día es imposible. La materia prima puede ser parecida pero las herramientas y el proceso productivo son otros; nosotros los consumidores, nuestras retinas, nuestros estómagos, nuestros corazoncitos, aunque no seamos conscientes son distintos. Por eso en cualquier comparación con la trilogía clásica el episodio VII de J.J. Abrams saldrá perdiendo. Y a priori la labor se antojaba extremadamente difícil. Tan difícil como rejuvenecer -no digitalmente- a Harrison Ford o a Carrie Fisher. Pero Abrams ha cumplido con creces. Eso sí, sin rejuvenecer a nadie y sin asumir riesgo alguno y apelando descaradamente a esos sentimientos cautivadores de nuestra infancia.

Sin haber prestado excesiva atención a las infinitas opiniones vertidas en apenas una semana en blogs, redes sociales y podcasts -tras la publicación de este humilde artículo será el momento de contrastar puntos de vista, antes no quería recibir influencias-, puedo afirmar, sin estar exento de voluntad de generar inofensiva polémica, que esta película ha podido suscitar tres tipos de reacciones distintas:

  • Los que no conocen o siguen con el fanatismo necesario la saga; para esta incomprensible minoría, sin duda se trata de una película de aventuras muy correcta, de lo mejorcito del año, a la altura de las últimas de Star Trek, El Planeta de los Simios o Mad Max.
  • Los haters que cándidamente creen que en pleno siglo XXI es posible crear personajes con el carisma de Han Solo o la verborrea amable de C3PO. La odiarán aunque sea una obra maestra -que tampoco lo es (1)- y la vilipendiarán por no estar auspiciada por George Lucas, el artífice de su denostada trilogía moderna (2).
  • Los fans que la adorarían aunque en ella saliera el mismísimo Jar Jar Binks. Han recibido conscientemente un producto idéntico al que ya conocen, levemente adaptado a los nuevos tiempos, pero igualmente lo aplauden con fervor. Tenemos lo que nos gusta y hemos pasado un buen rato viendo la peli... qué hay de malo en ello?


El Despertar de la Fuerza es una película de aventuras espaciales muy divertida. A la altura de la original -la primera, la genuina, el episodio IV- pero sin los precedentes que ésta sentó. Aunque la original había recibido miles de influencias -los cuentos de caballeros y princesas, los westerns, Robin Hood, Flash Gordon y alguna obra de Akira Kurosawa- antes de La Guerra de las Galaxias no había nada igual. Por eso la adoración que muchos sentimos por ella está más que justificada.

Precisamente es esta comparación con el episodio IV (y trazas del V y VI) la mayor pega que admiradores y detractores han encontrado. Porque las similitudes en los elementos y en el esquema narrativo son muy numerosas, hasta el punto de casi convertirse en un ejercicio de comprensión; una lucha entre imperiales bien organizados y rebeldes republicanos algo anárquicos; un droide convertido en un MacGuffin esférico, que guarda un secreto que tanto buenos como malos persiguen; un desconocido, en un planeta desértico, encuentra ese droide y resulta ser la figura mesiánica de la saga; la mayor amenaza para los rebeldes es un planeta artificial que al final acaban destruyendo; tramas familiares, traiciones paterno-filiales... Cada personaje tiene su alter ego con la trilogía clásica: tenemos un Luke Skywalker, un R2-D2, un Han Solo, otro Han Solo, un Peter Cushing (no recuerdo el nombre del personaje) un Darth Vader... incluso un Yoda. Nos gusta, nos entretiene, pero quizás hubiéramos agradecido un poco más de misterio en los acertijos y no tener la solución a determinados enigmas tan sólo por ser militantes de la saga.

Inevitables comparaciones aparte, tenemos dos clases de personajes. Los viejos y los nuevos. Los viejos, stricto sensu, que conocemos después de tantos años como si fueran de la familia, que cuentan con puestas en escena estelares (e indisimuladas pausas dramáticas para el aplauso de los fans), con mucha dignidad ceden el testigo a la nueva generación, formada por jóvenes actores, prácticamente desconocidos (nada de Natalies Portmans ni Ewans McGregors) y que cumplen sobradamente:

  • Finn quizá sea lo más innovador de esta película, ya que nos cuesta establecer una analogía entre él y otro personaje de entregas anteriores. Aún sin tener el medidor de carisma más allá del 60-70%, es un villano tempranamente reconvertido e ignorante, lo que genera automáticamente una instintiva empatía con el espectador. Algunos de los mejores y necesarios gags están protagonizados por él, lo que, a pesar de su constante desubicación en toda la historia, le hace ganar muchos puntos.
  • Poe Dameron es el estereotipo del héroe, del caballero que derrota dragones y rescata princesas. Por desgracia su participación se limita a un relativo protagonismo en el planteamiento de la trama y a ser un discreto trasunto de Luke Skywalker en la destrucción de la nueva Estrella de la Muerte. El poquito crédito que ha ganado debería aumentar en próximas entregas.
  • BB-8. Sin duda, la mejor incorporación de esta película. El listón de R2-D2 estaba muy alto y antes de conocerlo resultaba casi ofensivo pensar que algún robot osara compararse con nuestro tambor de Colón favorito. Pero la gracilidad de sus movimientos y su insólita expresividad ha conquistado nuestros corazones.
  • Rey también merece incorporarse al elenco principal de la saga. Por su estética, por su personalidad y por todo lo que oculta y que ella misma ignora. Es una dignísima sucesora del geriátrico que ha tenido que prestar sus servicios para que nuestra generación no se desenganchara de la franquicia. Los secretos que involuntariamente esconde serán parte del interés de futuras entregas y que sin duda van a suponer motivo de debate en los próximos dos años. Es el mejor nuevo personaje no cibernético.
  • Por último, el nuevo villano, el tal Kylo Ren. Era inevitable que el incomparable Darth Vader tuviera un sucesor pero éste, de momento, les ha quedado algo flojo. Quizá la cicatriz que lucirá en su rostro -cuando se le ocurra quitarse la máscara- le aporte más personalidad, pero por ahora el personaje se asemeja más a un adolescente que no sabe qué hacer con su vida que al atormentado y cruel Anakin Skywalker.
Fuera de lo estrictamente cinematográfico, uno de los éxitos de la saga Star Wars ha sido el diseño de los personajes: robots, extraterrestres, cascos, uniformes... Que Kylo Ren pase tanto tiempo "fuera" de su máscara debilita nuestro fetichismo y, simultáneamente, le resta fuerza al personaje. Adam Driver tampoco tiene demasiada culpa. Es más, debe agradecer que no le han hecho un David Prowse.

Otro de los grandes aciertos es que la película termina con el episodio VIII muy preparado. Los nuevos personajes ya están presentados, estamos familiarizados con ellos y resulta obvio que los viejos -en el buen sentido, y en el estricto también- ya no deben tener tanta relevancia. Resultaría natural que la historia volara del nido, que ya no dependiera tanto de la que escribió George Lucas hace casi 40 años. En cualquier caso, está claro que Luke Skywalker tendrá un papel importante y esperamos que Chewbacca supere su terrible pérdida. Pero no soy en absoluto amigo de las quinielas ni las especulaciones. Si acudí a ver este Despertar de la Fuerza libre de spoilers y valoraciones fue porque me gusta que me sorprendan y dejarme llevar por la aventura sin plantearme lo que va a suceder, por muy evidente que sea para muchos.

Lo mejor que le podemos decir a J.J. Abrams es que ha respondido a la confianza que le habíamos depositado. Es una película divertidísima, que dignifica a esta saga que tanto nos gusta. El problema que tiene es que la dignifica demasiado y que se arriesga poquísimo. Sabía cómo contentar a los fans y lo ha resuelto sin disimulo. Pero es un defecto que fácilmente podemos pasar por alto por el buen rato que hemos pasado. Y, sobre todo, le agradecemos desde el fondo de nuestro corazón que no se haya acordado de los ewoks.





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(1) Y reconozcámoslo. Las películas de la trilogía clásica tampoco son obras maestras, a pesar de todo lo que han aportado a la historia del cine y a la cultura frik... popular.

(2) Esto siempre ha sido motivo de gratuita confusión; la "primera trilogía" cuál es, la de los episodios IV-V-VI ó la de los I-II-II? Para evitar malentendidos, optó por referirme como "trilogía clásica" y "trilogía moderna" a las que ya sabemos cuál es cual de ellas.

sábado, 8 de agosto de 2015

El Hombre Hormiga


No era la película más esperada de Marvel, ni del año, ni probablemente del blockbusteriano verano. Y eso que precisamente este verano está siendo cinematográficamente bastante flojo, hasta el momento y con pocas previsiones de mejorar con títulos como la nueva versión de Los 4 Fantásticos. Ant-Man es una de esas citas eludibles, prescindibles para el espectador que no puede permitirse acudir a todos los estrenos, y cuya única razón de existencia parece que sea la de presentar una pieza más del puzzle gigantesco que están preparando desde Marvel con paciencia, muchísimos medios y -aunque jugueteando peligrosamente con la saturación- podemos decir que con bastante éxito.

A grandes rasgos, Ant-Man tiene una cosa buena y una mala. La buena es que es una película divertida. Durante casi dos horas te entretiene de manera notable y aunque tiene momentos mejores que otros, los bajones no te sacan de la historia. La mala, es que se trata de algo que ya hemos visto muchas veces con anterioridad. De estas -cada vez más frecuentes- sagas de superhéroes, habitualmente las primeras entregas, donde nos narran el génesis del personaje, son las que atraen más la curiosidad del espectador. En las posteriores, con los héroes ya nacidos, crecidos y en algún caso reproducidos, el guionista debe currárselo más. Este Hombre-Hormiga se aprovecha del impulso de esa primera entrega para captar nuestro interés, por lo que la originalidad decae y la estructura de su historia no difiere demasiado de la de Iron Man o Spider-Man. Para colmo, por si no estuviéramos suficientemente avisados, el tráiler sigue la incomprensible tendencia actual y nos ofrece un despliegue de spoilers que, aunque no queramos, nos condiciona durante el visionado de la película.

Tampoco destacan dos elementos habituales de estas producciones; por un lado, los efectos visuales son correctos, pero no impresionan. De hecho, no es algo exclusivo de esta película, el ojo del espectador es cada vez más exigente y, a pesar de ¿loables? intentos de mejorar la experiencia como el 3D, la tarea es complicada. Sin negarle ningún mérito -personalmente, a mí las hormiguitas digitales me gustaron- y salvando las distancias, los efectos a la antigua en historias de miniaturización como El increíble hombre menguante o Dr. Cyclops merecen más elogios.


El otro elemento desaprovechado es el sentido de humor. La desvinculación del proyecto de Edgar Wright tal vez sea la causa de que no se le haya sacado suficiente partido al personaje. Sin que deje de ser un título de acción, en Ant-Man, más que en ningún otro lugar del universo marveliano, los chistes tendrían que haber hecho acto de presencia con más frecuencia. Es obvio que Paul Rudd no tiene el carisma de Robert Downey Jr (quién lo tiene?), pero tampoco se trata de que nos entren ganas de asesinar a Michael Peña...

En cualquier caso, volveremos a encontrarnos con el Hombre-Hormiga en producciones mayores de este tinglado tan programado que están cocinando el tándem Disney-Marvel para los próximos años. Y ésas, independientemente del resultado final, sí que serán citas ineludibles.

sábado, 11 de julio de 2015

Terminator Génesis


Auténtico pavor experimenté cuando anunciaron, ya bien entrado el siglo XXI, una nueva entrega de la saga Terminator. Una saga compuesta por dos genuinas obras maestras y otras dos que, sin ser malas me dejaron algo frío, no merecía a priori un estiramiento excesivo. Y cuando me enteré de que Arnold Schwarzenegger, a su edad, iba a representar de nuevo al robot que -junto a algún que otro bárbaro- lo lanzó a la fama en sus años mozos, no pude evitar echarme las manos a la cabeza (con una sonrisilla maligna oculta).

Una vez vista puedo afirmar que este pesimismo estaba injustificado. Efectivamente, no llega ni por asomo a la calidad de las dos primeras entregas, pero tiene básicamente dos puntos a su favor. En primer lugar, es muy entretenida. Recoge muchos de los clichés de las películas de acción: disparos infinitos, explosiones, cuentas atrás y situaciones límite, persecuciones... También contempla la típica traición de un personaje aparentemente benevolente, que no desvelaré pero que todo el mundo habrá averiguado viendo el tráiler o incluso algún póster. Pero a pesar de estos tópicos y de que en algún momento el espectador pueda deducir sin temor a equivocarse lo que va a suceder a continuación, no recuerdo ningún pasaje especialmente tedioso.

El segundo factor digno de mención es el respeto por la saga. Las entregas previas (sobre todo, insisto, las dos primeras) tenían unos guiones excelentes, con pocas fisuras, poco amigables para las secuelas. En Terminator Génesis tenían la ocasión de destrozar toda la mitología terminatoriana para dar cabida a nuevos eventos y personajes, pero no lo han hecho, al menos descaradamente, y se agradece. Los personajes son los mismos y, salvo alguna frívola licencia, los acontecimientos son relativamente coherentes con las ideas iniciales de James Cameron. Por si fuera poco, tienen el detalle de lanzarnos una flecha al corazoncito de los fans con una primera media hora de homenaje especialmente a la primera Terminator (Pseudospoiler: con Bill Paxton ya hubiera sido la monda). También hace un guiño a Terminator 2 con la aparición de otro (1) T-1000.

No nos engañemos, el reclamo de esta película indudablemente es Arnold Schwarzenegger. Sin él, sería una película de acción más de las que se realizan actualmente y probablemente un servidor no estaría escribiendo este artículo. La autoparodia y la referencia a su personaje en las precuelas es uno de los puntos más fuertes de Terminator Génesis, si no el que más. El problema del envejecimiento de un androide que tanto nos preocupaba se resuelve con tanta sencillez como efectividad y el cambio en la voz del doblaje se acaba superando muy pronto. Con respecto al resto de personajes, tanto Emilia Clarke como Jai Courtney cumplen a pesar de mis reticencias iniciales. El que no acaba de congeniar con el personaje de John Connor es Jason Clarke. Tal vez la sombra de Edward Furlong es demasiado alargada...


La dirección de Alan Taylor es correcta, se limita a cumplir el expediente en este tipo de productos. El guión, analizado de forma superficial y sin entrar al detalle, también tiene un aprobado. Los viajes en el tiempo siempre han sido algo delicado y no todo el mundo tiene el talento de Robert Zemeckis y Bob Gale, así que probablemente haya alguna laguna argumental que los que vamos al cine simplemente a pasar el rato, con pocas ganas de mirar con lupa los agujeros de guión, no hayamos percibido. De todas maneras, parece que en esta vorágine de saltos temporales ha quedado un cabo suelto que deberá atarse en alguna posible nueva secuela.

Una vez más, a pesar de su edad, actores como Schwarzenegger, Stallone o Willis vencen como el T-800 a sus versiones más actualizadas. Utilizando la metáfora de las máquinas y la frase que repite el Abuelo más de una vez durante la película, los héroes de acción de los ochenta están viejos, pero no obsoletos.




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(1) El T-1000 por antonomasia siempre será Robert Patrick y los efectos especiales, 20 años de evolución tecnológica y producción audiovisual más tarde, han sido igualados pero no superados.

viernes, 26 de junio de 2015

El Monstruo Alado (The Deadly Mantis, 1957)


Gorilas gigantes, monstruos prehistóricos, cangrejos, tarántulas, extraños pajarracos... incluso una mujer de 50 pies. Criaturas de muy diversas formas y colores (al menos en blanco, negro e infinita gama de grises) procedentes de nuestro querido planeta se unían a la amenaza extraterrestre para amenizar cinematográficamente el convulso período central del siglo XX, y, de paso, lanzar mensajes propagandísticos muy inofensivos actualmente pero supuestamente bien ocultos en su momento.

Lógicamente, la mantis religiosa, una de las criaturas más voraces y despiadadas del catálogo de nuestra zoología no podía librarse de convertirse en una bestia sembradora de terror. Eso sí, aumentándola considerablemente de tamaño para colectivizar el pánico. Aparte de la novedad del bicho en cuestión, el argumento de The Deadly Mantis (Nathan Juran, 1957) difiere muy poco de otros títulos: la erupción de un volcán en el Atlántico Sur provoca, por un científicamente probado efecto mariposa, la ruptura de un iceberg en Groenlandia que contenía congelado a un supuesto animal prehistórico, una mantis gigante. Una vez despierta de un letargo de millones de años, comete sus primeras fechorías en el Polo Norte, devorando militares y espantando esquimales, pero poco a poco, atravesando Canadá sin mayor novedad, acaba en Estados Unidos, donde [SPOILER] es finalmente derrotada [/SPOILER]. En este caso, el hecho de que sean militares los primeros testigos de las huellas del monstruo hace que el increíble relato de su existencia resulte mucho más verosímil que si el autor del hallazgo hubiera sido una aventurera eminencia científica (nótese aquí la ironía).

El Monstruo Alado no tiene mucho más argumento que las películas de acción actuales. No hay prácticamente definición ni evolución de los personajes, ni giros inesperados en la trama. Seguramente en su día su atractivo se centraría en la tensión por el avance del monstruo en su camino hacia zonas más tropicales y pobladas y en el morbo de ver un insecto gigante. Un insecto que hoy en día, obviamente, asusta bien poquito y que según el plano parece que cambie de tamaño. Sus apariciones, especialmente cuando no está volando, son moderadamente explícitas y se abusa del montaje y de la repetición descarada de planos como métodos descriptivos. Pero a pesar de todo, teniendo en cuenta los medios técnicos y creativos de la época, resulta bastante digno.


El tema de la propaganda política aquí tal vez resulte un poco más evidente que en otros casos. El alarde de la masiva presencia de radares estadounidenses y de la excelencia en las comunicaciones por radio entre toda la estructura militar, desconecta de la película al espectador ajeno a este contexto y que sólo quiere ver cómo en un entorno de ciencia-ficción un insecto de colosales proporciones destruye ciudades y devora neoyorquinos. También llama la atención algún detalle de machismo; el revuelo que genera la presencia de la fotógrafa en una base militar con la testosterona a flor de piel nos puede resultar exagerado en la actualidad.

viernes, 30 de agosto de 2013

Mundos Futuros

En el cine y la literatura de ciencia-ficción, la mayoría de historias comparten una misma ubicación temporal: el futuro. La incertidumbre del ser humano acerca de lo que sucederá dentro de siglos y milenios, o incluso la semana que viene, conceden al autor una imprescindible flexibilidad y una enorme libertad creativa. Pocas historias del género se remiten a hechos acontecidos en el pasado y, las que lo hacen, guardan una inevitable relación con el fenómeno de los viajes en el tiempo. En el futuro todo es posible; si contamos cualquier barbaridad científica ambientada en el futuro, resulta hasta verosímil.

Otra cosa muy distinta es la cuestión de la ubicación espacial. En este sentido, existen dos posibilidades: contextualizar la historia en mundos lejanos a los que sólo es posible acceder a través del hiperespacio o viajes a una velocidad superior a la de la luz; o bien, contamos las peripecias de nuestros protagonistas en nuestro querido planeta Tierra, el cual ha sufrido un lavado de cara utópico o distópico en función del mensaje a transmitir por parte del autor.

En el primer caso, las posibilidades son tan ilimitadas como la imaginación de artistas y guionistas a la hora de diseñar planetas y extraterrestres. Para los autores que prefieren permanecer en el Planeta Azul, la creatividad básicamente se limita a imaginar, en el peor de los casos, cómo sería nuestro planeta tras una invasión alienígena, la caída de un meteorito, una guerra nuclear o una rebelión de robots. Si la evolución de la civilización va viento en popa y no sufrimos este tipo de infortunios, lo máximo a lo que podemos aspirar es a una sociedad como de la que intenta fugarse Logan o algo peor, más huxleyano.

Este verano del 2013, cinematográficamente hablando y en lo que respecta a superproducciones, ha sido especialmente generoso con el género de la ciencia-ficción, con un resultado de aprobado alto. Lo que resulta curioso, teniendo en cuenta el abanico tan amplio (casi infinito) de posibilidades, es que salvo la excelente Star Trek: En la Oscuridad (por motivos entendemos que obvios), todas las películas han optado por esta segunda alternativa de ambientar la trama en la Tierra.

Películas como Guerra Mundial Z o Pacific Rim, si bien suceden en nuestro castigado planeta y responden al patrón de respuesta y lucha contra una amenaza concreta y poderosa (zombis y kaijus respectivamente), las podemos obviar del análisis al situarse temporalmente en un futuro no demasiado lejano. Pueden catalogarse dentro de la ciencia-ficción, pero de un tipo bastante light.

Son tres las películas que han motivado esta reflexión y, en consecuencia, este artículo. Películas que transcurren en una Tierra devastada, en un futuro lejano y muy diferente al presente, y que impregnan a la historia ese pesimismo que nos resulta tan morbosamente atractivo.


After Earth, del otrora prometedor director M. Night Shyamalan, es una película pésima. El estatismo del (aún) admirado Will Smith y la absoluta falta de carisma de su hijo Jaden no contribuyen en absoluto a entusiasmar al espectador. A pesar de esto, la destacamos porque el contexto donde sucede la acción tenía un enorme potencial: un planeta Tierra donde la propia naturaleza y unos alienígenas muy poderosos (pero en el fondo realmente absurdos) han obligado al ser humano a emigrar a otros mundos. Smith e hijo acaban aterrizando por accidente en un planeta ahora hostil y la única forma de escapar es vencer el miedo. Y ya está. Previsible hasta para un alma cándida como la nuestra.


Muy diferente es Oblivion, de Joseph Kosinski. Aquí, la tecnología se nos vuelve a ir de las manos y nos vemos obligados a buscar un refugio fuera de nuestra atmósfera. Una película muy correcta, entretenida e interesante, que utiliza elementos de la ciencia-ficción (lo que nos gusta mucho) para contribuir a la intriga y a desenlaces inesperados. Criticada por la omnipresencia de Tom Cruise, algo que resulta sistemático y recalcitrante (la crítica, no la presencia de Cruise) y por la lentitud de algunas secuencias, contiene elementos algo tópicos, es cierto, y alguna incomodidad en el guión, pero el contexto es digno de análisis y la historia concede sorpresas que no son mayúsculas pero que consiguen engancharnos.


Un gran equilibrio entre película de acción y mensaje catastrófico lo encontramos en Elysium, del sorprendente Neill Blomkamp. La Tierra es de nuevo un puñetero desastre y los pocos que viven bien (y muy bien) lo hacen en una particular estación espacial. De las analizadas es la más completa, ya que combina con éxito una transmisión muy contundente de un mensaje político, muy acertado en los tiempos actuales, con dosis de acción, efectos especiales y puñetazos que satisfarán a los que sólo buscan honestamente lo superficial. Le falta algo de solemnidad y el pulido de algunos trazos del guión para convertirse en un clásico del género

Como hemos podido ver, este año no nos hemos tenido que ir muy lejos para vivir en las salas de cine un futuro donde nos dominan las máquinas o hemos sido subyugados por robots o alienígenas. Serán estos robots o alienígenas, que nos obligan a marcharnos o a agachar la cabeza, algún tipo de metáfora? Nunca lo sabremos. Éste es precisamente el poder de la ciencia-ficción.

sábado, 1 de diciembre de 2012

Haciendo un Logan

La saga Star Wars probablemente tenga hoy en día tantos detractores como seguidores. Aunque no es el momento de analizarla, cinematográficamente es excelente pero tiene sus defectos. De lo que no cabe duda es de su enorme aportación a la cultura popular, al fenómeno conocido como frikismo y, sobre todo, al género de la ciencia-ficción en el cine. Tal es su impacto que nos atrevemos a afirmar que existe un antes y un después de la fecha del estreno de la primera entrega, el Episodio IV. Las películas cronológicamente anteriores -salvo honrosas excepciones como La Naranja Mecánica, 2001: Una Odisea del Espacio o El Planeta de los Simios- pertenecían a un subgénero de bajos presupuestos y aficionados fieles pero escasos. El éxito de las tramas políticas de la familia Skywalker nos ha permitido dotar al género de una merecida dignidad y saborear obras como Alien, Blade Runner o Terminator.

La Fuga de Logan pertenece al conjunto de pequeñas joyas, como las anteriormente mencionadas, que supieron sobrevivir en el ostracismo al que fueron enviadas todas aquellas películas que osaban explicar historias en un contexto descaradamente fantástico durante la era pre-George Lucas.

Antes de los años 80 existían películas basadas en novelas de ciencia-ficción pero, salvo las mencionadas en el primer párrafo y alguna más, apenas tuvieron relevancia. En una sociedad donde el cine y la televisión se imponían de una manera apabullante en la cultura colectiva, en estos casos el resultado era que la novela seguía teniendo más relevancia. Con La Fuga de Logan se comenzó a vislumbrar el prometedor horizonte; la película se hizo más célebre que su homólogo literario.

Como muchas obras del género, el mundo donde vive Logan se sitúa en un futuro lejano, pero en este mismo planeta Tierra. La vida en el mundo exterior es imposible debido a las secuelas de guerras nucleares, ataques alienígenas, rebeliones de las máquinas o el uso indiscriminado de aerosoles, poco importa. Unas computadoras dominan el cotarro y los seres humanos como los conocemos viven en ciudades protegidas por una cúpula, con todas sus necesidades cubiertas y placeres satisfechos. Siguen una filosofía de vida huxleyana donde no existe el amor ni el dolor y el hedonismo es la ley imperante.

Pero todo lujo tiene un precio. Las leyes demográficas -o el capricho de unas computadoras malvadas- establecen que todo humano, al alcanzar la edad de 30 años, debe someterse a un ritual conocido como Carrusel, donde se concede la oportunidad de la reencarnación en un ser clonado (como en Huxley, el concepto de padres y reproduccción vivípara es casi tabú). El que no lo supera, expira en aquel momento como todo hijo de vecino. La angustia por el fin programado de la propia existencia ya lo vimos recientemente de una manera bastante desafortunada en In Time (2011).



Obviamente en toda sociedad, por muy paradigmática que sea, siempre hay quien no está conforme. Y para subyugar a los que intentan esquivar el esquema establecido están los Vigilantes. Entre ellos nuestro héroe, Logan 5, interpretado por el entrañable Michael York. Estos Vigilantes se encargan de detectar, capturar y, en un 100% de los casos, eliminar a aquellos que pretenden escapar de la cúpula desacatando las idílicas normas sociales.

En una de sus capturas Logan recoge un amuleto en forma de ankh, que resulta ser la llave para acceder al Santuario, un lugar pseudomitológico donde las leyes de longevidad programada no existen y los humanos pueden vivir en libertad. Las computadoras encargan a Logan la tarea de desmantelar esta amenazadora sedición y para ello debe fingir que quiere huir con y como ellos. Y para hacer más verosímil el disfraz, o quizá como medida de coacción, adelantan el reloj biológico de Logan hasta casi los fatídicos 30 años.

En ese momento, Logan descubre que la prometida reencarnación en la parafernalia del Carrusel es falsa (no lo consideramos spoiler, se revela antes de la primera media hora de película). A partir de ahí, el fiel y efectivo vigilante se convierte en el individuo con más deseos de escapar de aquel lugar y de aquella situación.

Acompañado por Jessica 6 -interpretada por Jenny Agutter, a quien también vimos socorrer al hombre-lobo de John Landis-, la mujer que le abre los ojos (y otras cosas?) y perseguido por su fiel y otrora compañero Francis 7, Logan supera mil y un obstáculos, amigos y enemigos, dentro de la ciudad cubierta por la cúpula para saber más sobre el Santuario y así evitar su fatal y programado destino.


En esta fuga, nos gustaría destacar dos personajes: el robot Box (en la foto superior), cuyo enigmático alegato nos desconcierta de la misma manera que su aparentemente frágil atuendo; y el anciano, interpretado por nuestro querido Peter Ustinov, con sus libros y sus gatos, sus padres difuntos y su ascética vida en solitario. Un personaje entrañable y crucial para la historia y para el mensaje que pretende transmitir.

En definitiva, una aventura muy divertida, con su trasfondo filosófico para quienes lo prefieran, y que demuestra que la ciencia-ficción no es un género residual ni para minorías; ni cuando los medios eran tan precarios como en 1976, ni como ahora, donde los medios técnicos desgraciadamente superan a la voluntad y a la capacidad de contar buenas historias. La Fuga de Logan es una película maravillosa, un clásico de esa ciencia-ficción que tanto nos gusta.

sábado, 15 de septiembre de 2012

Total Recall vs Total Recall

Lo primero de todo, advertir sobre la presencia de SPOILERS en este artículo, por lo que se aconseja que sea leído una vez visionada Total Recall, de 2012. Damos por hecho que usted ya ha hecho los deberes y ha visto la versión de 1990 (la de Schwarzenegger, la de Verhoeven). Si no es así, con todo el dolor de nuestro corazón, le aseguramos que este blog no es un lugar adecuado para usted.

Total Recall (2012) es una digna película de acción, con escenas trepidantes, correctos efectos especiales y pocas fisuras en un guión no demasiado complejo. Honestamente, si no fuera por la referencia a su antecesora (basada en una obra del gran Philip K. Dick), se trataría de una película más del género y se hubiera visto obligada a añadir algún elemento original y diferenciador. Cierto es que aporta elementos interesantes (la "Catarata", la vía más corta hacia las antípodas, o las persecuciones verticales y horizontales en los ascensores), pero no deja de ser una peli futurista más.



Ése es su principal problema, la comparación inevitable (y obviamente intencionada) con la del gran Paul Verhoeven, la cual es indudable que posee una enorme personalidad dentro de la ciencia-ficción y fue concebida en un momento donde este género gozaba de una popularidad, podríamos decir, similar a la actual.

En casi todos los aspectos, la cinta de 1990 nos parece más digna de convertirse en clásico (como creemos que así ha sido) y de engendrar remakes como precisamente el que nos ocupa. Es decir, si dentro de otros 20 años nos vuelve a relatar la crisis de identidad de Douglas Quaid, estamos convencidos de que se basarán más en Arnold Schwarzenegger que en Colin Farrell. Siendo la primera también eminentemente de acción, al menos durante el primer visionado nos ofrecen dudas sobre cuál de las dos realidades entre las que se debate Quaid es la verídica. En ésta, tenemos muy claro en todo momento que Quaid es la tapadera de Hauser. Si tan sólo en Rekall (versión 2.0 de Memory Call) hubieran esperado unos segundos antes de desvelarnos la naturaleza de espía de un modesto operario de una cadena de montaje, alguna pequeña duda nos hubieran sembrado. Al no ser así, no logramos empatizar con la convicción de Farrell de que sigue siendo un montador de robots. Lamentablemente se elimina el suspense y se centra todo en la acción, cuando podíamos tener ambas cosas por el precio de una.


Comparar los efectos especiales resulta ridículo e injusto, pero los que hemos visto películas de este tipo desde hace demasiado mucho tiempo sentimos un cariño especial hacia los efectos de andar por casa, artesanales, de esos que no nos recuerden a videojuegos. Por eso, aunque el contexto de la historia no deja de ser satisfactorio y convincente, la omisión del viaje a Marte, con la consecuente desaparición de los mutantes y de nuestro querido Kuato, nos deja un pelín frustrados.

Aunque sea un remake queremos algo nuevo, sí, pero nos gusta tanto Marte...

Capítulo especial merecen los personajes femeninos. Los productores de la presente se han visto obligados a recurrir nada menos que a Jessica Biel y Kate Beckinsale para estar a la altura de Sharon Stone. Y sí, en este tema no tenemos absolutamente ninguna queja. Incluso aceptamos que, sobre todo la Beckinsale, luzca un inmaculado maquillaje después de haber repartido mamporros a diestro y siniestro. Lo perdonamos. También somos benevolentes con que prescindan del personaje interpretado por nuestro estimado Michael Ironside, ya que esto supone una mayor cuota de protagonismo para la actriz inglesa (y casualmente esposa del director, Len Wiseman).

Los espectadores veteranos podemos contemplar con agrado especialmente un par de "homenajes", y auténticos iconos del cine de ciencia-ficción, como son la prostituta de tres pechos (aparición algo forzada pero agradecida) y nuestra querida turista que quiere pasar sus "dos semanas" en Marte.

Hace un tiempo pude leer, en un recopilatorio encabezado por 'Minority Report', el relato de Philip K. Dick en que se basa la historia, 'Podemos recordarlo por usted al por mayor' (gran amigo, Dick, de los títulos escuetos, como el de los androides que sueñan con ovejas eléctricas), y recuerdo que encontré escasas semejanzas con la película, sobre todo en el desarrollo. En ésta aún menos, pero reconforta encontrar la alusión en los créditos a uno (para mí, uno de los dos, a la espera de que GRRM retome el género) de los grandes autores de la ciencia-ficción.