viernes, 22 de enero de 2016

Los ocho odiosos


Con el tiempo he aprendido a no tener unas expectativas demasiado altas ante una nueva película de Quentin Tarantino y reconozco que me ha ido bien. Eso no va en perjuicio del interés que pueda tener a priori por una obra de este gran director. Porque Tarantino tendrá defectos, pero poquísimos directores pueden presumir de tener obras maestras en las dos primeras películas de su filmografía. El listón lo puso muy alto en sus inicios y, aunque no ha vuelto a alcanzarlo ni mucho menos superarlo, ha mantenido un nivel aceptable y coherente.

Esta coherencia es el principal problema de The Hateful Eight -o Los Odiosos Ocho, traducción probablemente producto de la aversión de los distribuidores por los retruécanos-. Se trata de un defecto del director, el cual, consciente de las características de sus películas que lo identifican claramente y que -merecidamente- lo han lanzado a la fama, intenta insertarlas en sus nuevos proyectos con mayor o menor fortuna. Por ejemplo, su peor película de largo, Death Proof, no es sino un cúmulo de diálogos intrascendentes -pero atractivos para la dimensión voyeur del espectador- con mucho menos gracia que el inicial de Reservoir Dogs, y de escenas de acción y venganza al más puro estilo Butch y Marsellus Wallace vs los sodomitas.


Gracias a que Tarantino es fiel a su tradición de fraccionar sus obras cinematográficas en capítulos, podemos identificar fácilmente qué parte nos gusta menos, y en este caso es el cuarto capítulo. En los dos primeros nos presentan a los cuatro personajes principales, en el tercero se reúnen todos, en el cuarto el espectador se desorienta, y en el quinto se produce un desenlace notablemente satisfactorio. Se podría diseccionar la película mediante este esquema, pero el punto fuerte de The Hateful Eight no es la historia, sino los personajes. Concretamente -y no demasiado sorprendentemente- ocho:
  • Marquis Warren (Samuel L. Jackson) probablemente sea el protagonista, ya que, mientras unos personajes entran y salen (o mueren) de la escena, él nos acompaña durante toda la película. Aparentemente con buenas intenciones, alguna mentira descabellada pero verosímil puesta al descubierto nos hace desconfiar de él. En el fondo es un hijodeputa, pero nos cae bien y si tuviéramos que alinearnos con algún bando, el suyo sería nuestro más probable destino.
  • Sin embargo John Ruth (Kurt Russel) es mi favorito. Extremadamente desagradable pero carismático, fanático y sádico, desconfiado pero manipulable, su simpleza aporta los mejores toques cómicos de la película. Su muerte en casi la mitad de la historia deja a ésta un poquito coja.
  • Chris Mannix (Walton Goggins) es un personaje más importante de lo que pueda parecer. Hostil y abyecto en gran parte de la proyección, evoluciona de forma que acaba convirtiéndose en uno de los buenos (si es que hay buenos en The Hateful Eight). Aunque nos caiga mal, su papel está tan bien escrito que constantemente nos hace sospechar y nos mantiene alerta porque esperamos que en cualquier momento revele que en realidad no va a ser el sheriff de Red Rock. Nunca sabremos la verdad.
  • La mejor interpretación tal vez sea la de Jennifer Jason Leigh como Daisy Domergue. A pesar de que su personaje sea el epicentro de los acontecimientos a partir de la segunda mitad de la historia, nunca llega a asumir el rol de eje central, es bastante secundario, aunque su intervención en determinados gags aislados es muy destacable.
  • El verdugo inglés Oswaldo Mobray responde al estereotipo creado por Tarantino en sus dos películas anteriores para que Christoph Waltz ganara un Oscar. En este caso está insólitamente interpretado por un Tim Roth que obviamente no ganará la preciada estatuílla. Salvo algún efímero momento de paupérrima gloria, es un personaje de relleno.
  • Como lo es también Joe Gage (Michael Madsen), a quien veríamos, si la historia se trasladara a nuestros días, permanentemente sentado en su butaca con una cerveza de lata en una mano y el mando a distancia en la otra y viendo fútbol americano en la tele. Y cuando tuviera algo de actividad, estaría rebanando la oreja a un agente de policía. Escasa relevancia, antes y después de descubrirse todo el pastel, para un personaje cuyo perfil ya hemos visto antes.
  • El mexicano Bob (Demian Bichir) es parte primordial de la farsa que engaña a los personajes principales y a los espectadores, es una especie de débil bisagra argumental. Pero su escasa participación -a excepción de dichos momentos bisagra- lo convierte en alguien totalmente olvidable y casi prescindible y cuya muerte ni lamentamos ni celebramos.
  • Por último, nuestro querido Bruce Dern interpreta al general Sanford Smithers. El más ubicado pero a la vez el más desubicado de todos. Sin relación con ninguno de los demás personajes, tampoco es un elemento crucial en la trama y no se levanta en ningún momento de la butaca (como haría en nuestros días el personaje de Michael Madsen). Pero para mí es esencial para aportar pequeñas subtramas y detalles imprescindibles en una película de Tarantino.
Hay más personajes: algunos como el cochero O.B. (James Parks) con más peso en la trama de lo prometido, el que interpreta Channing Tatum (que nos importa nada y menos) y secundarios entre los que destaca la recalcitrante Zoë Bell (que sí, pesada, que ya sabemos que eres de Nueva Zelanda...).

En la obsesión/obligación (márquese aquí lo que corresponda) de escribir el guión sin salirse de las pautas tarantinescas, The Hateful Eight se queda corto en dos dimensiones: por un lado, los diálogos. Son buenos, pero no son tan brillantes como los que Tarantino ha demostrado que sabe escribir. En su disculpa reconozco que en muchos casos aluden a temas que, o bien desconocemos, o por culpa de la distancia nos interesan poquito, como la Guerra de Secesión americana. Algo más divertido es la referencia al precio de las personas, en paralelo al valor de la recompensa por su captura, aunque tampoco es para tirar cohetes. Ni siquiera el exuberante racismo en los comentarios e insultos logra escandalizarnos. Al menos a un servidor.

El segundo elemento del guión que se tambalea es la estructura de la historia; ésta es totalmente lineal, lo cual digerimos con muchísimo gusto y naturalidad, hasta el fatídico (en varios sentidos) cuarto capítulo. Lo peor de todo es el ineludible flashback, que tan magistralmente utilizó en Pulp Fiction y de manera aún más anárquica pero muy correcta en Kill Bill, y que aquí supone el principal lastre, rompiendo esa linealidad insólita. En ese flashback, forzado, te explican un misterio que ya había sido desvelado y te interrumpen el seguimiento de la trama, a la que lamentablemente cuesta reengancharse. Esta vuelta de tuerca argumental es lo que ensucia una película que en su primera mitad resultaba altamente prometedora. Realmente la súbita aparición del personaje de Channing Tatum no impresiona por sí misma, ya que no te lo han mostrado antes y el espectador es incapaz de relacionarlo con nada; es una especie de deus ex machina tramposo.

A nivel técnico la película cumple sobradamente, aunque ostenta algún alarde innecesario (pero de innegable éxito comercial). Poca discusión genera la banda sonora de Morricone ni la excelente escena de créditos iniciales. Los medios en general, así como el reparto antes mencionado, son difícilmente superables. Incluso la mezcla de géneros -intriga, suspense, western- es muy acertada. Lástima de la intromisión de esos guiños del director que tan bien funcionan en determinados momentos pero que aquí se evidencia que no necesita aplicar a discreción. 

Es una película de momentos, que podemos visionar parcialmente con muchísimo agrado, pero que verla de nuevo en su conjunto ya no apetece tanto. Y en cuanto al misterio inherente a la trama que podría haber alargado nuestro interés por la misma, poca ayuda le presta el mismo título. Cuando hemos llegado a ocho, dejamos automáticamente de contar. 

domingo, 27 de diciembre de 2015

La Fuerza está muy despierta


Volver a épocas pasadas, hacer productos similares a los que nos cautivaron en nuestra infancia, hoy en día es imposible. La materia prima puede ser parecida pero las herramientas y el proceso productivo son otros; nosotros los consumidores, nuestras retinas, nuestros estómagos, nuestros corazoncitos, aunque no seamos conscientes son distintos. Por eso en cualquier comparación con la trilogía clásica el episodio VII de J.J. Abrams saldrá perdiendo. Y a priori la labor se antojaba extremadamente difícil. Tan difícil como rejuvenecer -no digitalmente- a Harrison Ford o a Carrie Fisher. Pero Abrams ha cumplido con creces. Eso sí, sin rejuvenecer a nadie y sin asumir riesgo alguno y apelando descaradamente a esos sentimientos cautivadores de nuestra infancia.

Sin haber prestado excesiva atención a las infinitas opiniones vertidas en apenas una semana en blogs, redes sociales y podcasts -tras la publicación de este humilde artículo será el momento de contrastar puntos de vista, antes no quería recibir influencias-, puedo afirmar, sin estar exento de voluntad de generar inofensiva polémica, que esta película ha podido suscitar tres tipos de reacciones distintas:

  • Los que no conocen o siguen con el fanatismo necesario la saga; para esta incomprensible minoría, sin duda se trata de una película de aventuras muy correcta, de lo mejorcito del año, a la altura de las últimas de Star Trek, El Planeta de los Simios o Mad Max.
  • Los haters que cándidamente creen que en pleno siglo XXI es posible crear personajes con el carisma de Han Solo o la verborrea amable de C3PO. La odiarán aunque sea una obra maestra -que tampoco lo es (1)- y la vilipendiarán por no estar auspiciada por George Lucas, el artífice de su denostada trilogía moderna (2).
  • Los fans que la adorarían aunque en ella saliera el mismísimo Jar Jar Binks. Han recibido conscientemente un producto idéntico al que ya conocen, levemente adaptado a los nuevos tiempos, pero igualmente lo aplauden con fervor. Tenemos lo que nos gusta y hemos pasado un buen rato viendo la peli... qué hay de malo en ello?


El Despertar de la Fuerza es una película de aventuras espaciales muy divertida. A la altura de la original -la primera, la genuina, el episodio IV- pero sin los precedentes que ésta sentó. Aunque la original había recibido miles de influencias -los cuentos de caballeros y princesas, los westerns, Robin Hood, Flash Gordon y alguna obra de Akira Kurosawa- antes de La Guerra de las Galaxias no había nada igual. Por eso la adoración que muchos sentimos por ella está más que justificada.

Precisamente es esta comparación con el episodio IV (y trazas del V y VI) la mayor pega que admiradores y detractores han encontrado. Porque las similitudes en los elementos y en el esquema narrativo son muy numerosas, hasta el punto de casi convertirse en un ejercicio de comprensión; una lucha entre imperiales bien organizados y rebeldes republicanos algo anárquicos; un droide convertido en un MacGuffin esférico, que guarda un secreto que tanto buenos como malos persiguen; un desconocido, en un planeta desértico, encuentra ese droide y resulta ser la figura mesiánica de la saga; la mayor amenaza para los rebeldes es un planeta artificial que al final acaban destruyendo; tramas familiares, traiciones paterno-filiales... Cada personaje tiene su alter ego con la trilogía clásica: tenemos un Luke Skywalker, un R2-D2, un Han Solo, otro Han Solo, un Peter Cushing (no recuerdo el nombre del personaje) un Darth Vader... incluso un Yoda. Nos gusta, nos entretiene, pero quizás hubiéramos agradecido un poco más de misterio en los acertijos y no tener la solución a determinados enigmas tan sólo por ser militantes de la saga.

Inevitables comparaciones aparte, tenemos dos clases de personajes. Los viejos y los nuevos. Los viejos, stricto sensu, que conocemos después de tantos años como si fueran de la familia, que cuentan con puestas en escena estelares (e indisimuladas pausas dramáticas para el aplauso de los fans), con mucha dignidad ceden el testigo a la nueva generación, formada por jóvenes actores, prácticamente desconocidos (nada de Natalies Portmans ni Ewans McGregors) y que cumplen sobradamente:

  • Finn quizá sea lo más innovador de esta película, ya que nos cuesta establecer una analogía entre él y otro personaje de entregas anteriores. Aún sin tener el medidor de carisma más allá del 60-70%, es un villano tempranamente reconvertido e ignorante, lo que genera automáticamente una instintiva empatía con el espectador. Algunos de los mejores y necesarios gags están protagonizados por él, lo que, a pesar de su constante desubicación en toda la historia, le hace ganar muchos puntos.
  • Poe Dameron es el estereotipo del héroe, del caballero que derrota dragones y rescata princesas. Por desgracia su participación se limita a un relativo protagonismo en el planteamiento de la trama y a ser un discreto trasunto de Luke Skywalker en la destrucción de la nueva Estrella de la Muerte. El poquito crédito que ha ganado debería aumentar en próximas entregas.
  • BB-8. Sin duda, la mejor incorporación de esta película. El listón de R2-D2 estaba muy alto y antes de conocerlo resultaba casi ofensivo pensar que algún robot osara compararse con nuestro tambor de Colón favorito. Pero la gracilidad de sus movimientos y su insólita expresividad ha conquistado nuestros corazones.
  • Rey también merece incorporarse al elenco principal de la saga. Por su estética, por su personalidad y por todo lo que oculta y que ella misma ignora. Es una dignísima sucesora del geriátrico que ha tenido que prestar sus servicios para que nuestra generación no se desenganchara de la franquicia. Los secretos que involuntariamente esconde serán parte del interés de futuras entregas y que sin duda van a suponer motivo de debate en los próximos dos años. Es el mejor nuevo personaje no cibernético.
  • Por último, el nuevo villano, el tal Kylo Ren. Era inevitable que el incomparable Darth Vader tuviera un sucesor pero éste, de momento, les ha quedado algo flojo. Quizá la cicatriz que lucirá en su rostro -cuando se le ocurra quitarse la máscara- le aporte más personalidad, pero por ahora el personaje se asemeja más a un adolescente que no sabe qué hacer con su vida que al atormentado y cruel Anakin Skywalker.
Fuera de lo estrictamente cinematográfico, uno de los éxitos de la saga Star Wars ha sido el diseño de los personajes: robots, extraterrestres, cascos, uniformes... Que Kylo Ren pase tanto tiempo "fuera" de su máscara debilita nuestro fetichismo y, simultáneamente, le resta fuerza al personaje. Adam Driver tampoco tiene demasiada culpa. Es más, debe agradecer que no le han hecho un David Prowse.

Otro de los grandes aciertos es que la película termina con el episodio VIII muy preparado. Los nuevos personajes ya están presentados, estamos familiarizados con ellos y resulta obvio que los viejos -en el buen sentido, y en el estricto también- ya no deben tener tanta relevancia. Resultaría natural que la historia volara del nido, que ya no dependiera tanto de la que escribió George Lucas hace casi 40 años. En cualquier caso, está claro que Luke Skywalker tendrá un papel importante y esperamos que Chewbacca supere su terrible pérdida. Pero no soy en absoluto amigo de las quinielas ni las especulaciones. Si acudí a ver este Despertar de la Fuerza libre de spoilers y valoraciones fue porque me gusta que me sorprendan y dejarme llevar por la aventura sin plantearme lo que va a suceder, por muy evidente que sea para muchos.

Lo mejor que le podemos decir a J.J. Abrams es que ha respondido a la confianza que le habíamos depositado. Es una película divertidísima, que dignifica a esta saga que tanto nos gusta. El problema que tiene es que la dignifica demasiado y que se arriesga poquísimo. Sabía cómo contentar a los fans y lo ha resuelto sin disimulo. Pero es un defecto que fácilmente podemos pasar por alto por el buen rato que hemos pasado. Y, sobre todo, le agradecemos desde el fondo de nuestro corazón que no se haya acordado de los ewoks.





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(1) Y reconozcámoslo. Las películas de la trilogía clásica tampoco son obras maestras, a pesar de todo lo que han aportado a la historia del cine y a la cultura frik... popular.

(2) Esto siempre ha sido motivo de gratuita confusión; la "primera trilogía" cuál es, la de los episodios IV-V-VI ó la de los I-II-II? Para evitar malentendidos, optó por referirme como "trilogía clásica" y "trilogía moderna" a las que ya sabemos cuál es cual de ellas.

sábado, 7 de noviembre de 2015

Queremos remakes!


Por qué no? En algunos casos -más de los que creemos- son buenos productos, que suman, y los que no son buenos no tienen necesariamente por qué restar.
Que el remake de Karate Kid es muy malo? Pues nos olvidamos de él y nos quedamos con la original, la de Ralph Macchio y Pat Morita. Como si Jaden Smith y Jackie Chan no existieran.

La postura de los fans que están en contra de los remakes es muy comprensible porque en la mayoría de casos, aun sin ser malas películas, no superan a la original. Pero hay que tener en cuenta dos cosas: si una película es candidata a tener remake es porque es muy buena y superarla resulta muy difícil; y que si el remake es malo, la original -que tanto nos gusta y a la que veneramos- no tiene por qué verse afectada, son dos películas distintas.

La escasez de ideas en la producción cinematográfica es indiscutible, sobre todo en Hollywood. Remakes, secuelas, reboots, adaptaciones... Pero esto siempre ha existido. Desde la Odisea de Homero, las historias siempre se repiten. Muchas películas que adoramos no dejan de ser remakes o adaptaciones, y en muchos casos ni siquiera somos conscientes. Uno de los casos más paradigmáticos es el de La cosa. Como muchos saben, la maravilla de John Carpenter de 1982 es un remake de una película de 1951 de Howard Hawks. Y a pesar de ser un endemoniado remake es mejor que la original. Y eso que la de 1951 es una gran película, divertidísima y adelantada a su tiempo en muchos aspectos. La posterior y vilipendiada de 2011 no es exactamente un remake sino una precuela, si bien el guión mantiene la estructura de la de Carpenter, de la cual, sin ser nefasta, es obvia y previsiblemente inferior.


Un remake es un arma de doble filo. Por un lado consigue la atención y la recaudación en taquilla que conlleva la etiqueta de la franquicia. Y por el otro, carga con el peso de la comparación, de la cual con muchísima suerte consigue salir empatando.

Aparte de la necesidad comercial, un remake puede ser necesario a nivel creativo. Aunque desde mi punto de vista no lo justifique. A los espectadores actuales, la generación posterior a la nuestra, los efectos especiales, la estructura narrativa, los diálogos de las películas que nos marcaron en nuestra infancia y adolescencia, les resultan desfasados. No les asusta la papilla que usó Sam Raimi en Posesión Infernal o los meritorios efectos especiales de Noche de miedo. Los productores de hoy en día son conscientes de ello y pretenden saciar esa necesidad de buenas historias con recursos actuales bajo la ley del mínimo esfuerzo. Nosotros, que nos criamos con Rick Baker, Tom Savini y Stan Winston, nos creemos aún a día de hoy la transformación de Un hombre lobo americano en Londres. Y nos siguen haciendo gracia los diálogos entre Bill Murray y Dan Aykroid. Pero los tiempos han cambiado. La forma de explicar las historias y, especialmente, la manera en que los espectadores la reciben es más dinámica, más ambiciosa, más crítica. Y superar ese listón no siempre es posible.

En cualquier caso, si repasamos algunos títulos de la lista de remakes de los últimos años encontramos de todo, incluso algún caso en que muchos consideran que ha superado al original, como Las colinas tienen ojos o Piraña(1). Hay casos de remakes a todas luces innecesarios, como el de Poltergeist, Pesadilla en Elm Street o Ultimátum a la Tierra. Y títulos desde mi punto de vista dignos o al menos con algo que aportar, como Robocop, Desafío Total, Dredd, La matanza de Texas o Noche de miedo.



Una cosa buena, que nadie negará, tienen los remakes. Y es que permiten el debate apasionante, la crítica feroz, el despotricamiento, la disección hasta las entrañas, la defensa a ultranza. En definitiva, nos ponen en bandeja un contraste de opiniones tan básico y fundamental como interesante. Que sigan haciendo remakes!

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(1) Las dos de Alexandre Aja, curiosamente. Con Piraña estoy de acuerdo, pero con respecto a Las colinas tienen ojos, me quedo con la de Wes Craven.


sábado, 8 de agosto de 2015

El Hombre Hormiga


No era la película más esperada de Marvel, ni del año, ni probablemente del blockbusteriano verano. Y eso que precisamente este verano está siendo cinematográficamente bastante flojo, hasta el momento y con pocas previsiones de mejorar con títulos como la nueva versión de Los 4 Fantásticos. Ant-Man es una de esas citas eludibles, prescindibles para el espectador que no puede permitirse acudir a todos los estrenos, y cuya única razón de existencia parece que sea la de presentar una pieza más del puzzle gigantesco que están preparando desde Marvel con paciencia, muchísimos medios y -aunque jugueteando peligrosamente con la saturación- podemos decir que con bastante éxito.

A grandes rasgos, Ant-Man tiene una cosa buena y una mala. La buena es que es una película divertida. Durante casi dos horas te entretiene de manera notable y aunque tiene momentos mejores que otros, los bajones no te sacan de la historia. La mala, es que se trata de algo que ya hemos visto muchas veces con anterioridad. De estas -cada vez más frecuentes- sagas de superhéroes, habitualmente las primeras entregas, donde nos narran el génesis del personaje, son las que atraen más la curiosidad del espectador. En las posteriores, con los héroes ya nacidos, crecidos y en algún caso reproducidos, el guionista debe currárselo más. Este Hombre-Hormiga se aprovecha del impulso de esa primera entrega para captar nuestro interés, por lo que la originalidad decae y la estructura de su historia no difiere demasiado de la de Iron Man o Spider-Man. Para colmo, por si no estuviéramos suficientemente avisados, el tráiler sigue la incomprensible tendencia actual y nos ofrece un despliegue de spoilers que, aunque no queramos, nos condiciona durante el visionado de la película.

Tampoco destacan dos elementos habituales de estas producciones; por un lado, los efectos visuales son correctos, pero no impresionan. De hecho, no es algo exclusivo de esta película, el ojo del espectador es cada vez más exigente y, a pesar de ¿loables? intentos de mejorar la experiencia como el 3D, la tarea es complicada. Sin negarle ningún mérito -personalmente, a mí las hormiguitas digitales me gustaron- y salvando las distancias, los efectos a la antigua en historias de miniaturización como El increíble hombre menguante o Dr. Cyclops merecen más elogios.


El otro elemento desaprovechado es el sentido de humor. La desvinculación del proyecto de Edgar Wright tal vez sea la causa de que no se le haya sacado suficiente partido al personaje. Sin que deje de ser un título de acción, en Ant-Man, más que en ningún otro lugar del universo marveliano, los chistes tendrían que haber hecho acto de presencia con más frecuencia. Es obvio que Paul Rudd no tiene el carisma de Robert Downey Jr (quién lo tiene?), pero tampoco se trata de que nos entren ganas de asesinar a Michael Peña...

En cualquier caso, volveremos a encontrarnos con el Hombre-Hormiga en producciones mayores de este tinglado tan programado que están cocinando el tándem Disney-Marvel para los próximos años. Y ésas, independientemente del resultado final, sí que serán citas ineludibles.

sábado, 25 de julio de 2015

Inside Out


La mejor película de Pixar? No. La sombra del sheriff y del ranger espacial son muy alargadas. Una de las mejores de la compañía de John Lasseter, del 2015 y de animación de todos los tiempos? Seguramente.

Sentencias categóricas aparte, uno de los grandes méritos de esta película es el elevado porcentaje de opiniones favorables teniendo en cuenta la amplia oferta de productos aparentemente similares. Cada año comprobamos cómo se estrenan más cintas de animación, un producto que puede tener un coste análogo al de las películas tradicionales pero cuyo público, el infantil, es fiel, numeroso y poco exigente. Lo que se traduce en un éxito asegurado. Pixar también tiene (afortunadamente) un ritmo de estrenos respetable, pero (casi) siempre aporta algo más. Algo que los adultos, que también hemos sido niños pero que las películas excesivamente infantiles, con la fórmula actual, no nos interesan en exceso, detectamos, apreciamos y disfrutamos.

Ejemplos de ideas o elementos incrustados en las películas que los niños obvian, y que parecen enviados como en un mensaje encriptado a los adultos, hay muchos. Pero quizás es en Inside Out donde tienen más presencia. Empezando por el argumento, basado en ideas abstractas y que invitan a una reflexión poco infantil. La pseudoprotagonista es una niña, vale, y los otros personajes son muñecos muy simpáticos que atraen la atención y sin duda provocarán muchas risas en las criaturas. Pero los mejores gags sólo son disfrutados si ya llevamos unos cuantos años paseando por este mundo.

<SPOILER>
Las melodías de los anuncios de televisión, de los que no somos capaces de desengancharnos, el padre pensando en un partido de fútbol, la madre en un piloto brasileño, la habitación del pensamiento abstracto, la fase REM del sueño... Todo son elementos muy familiares para nosotros (lo del piloto brasileño espero que no tanto) pero que aún los críos, o desconocen, o no entienden en su plenitud.
</SPOILER>

A nivel argumental presenta un reto que cumple con mucha brillantez. Las dos historias paralelas, oblicuas y transversales que cuenta -la vida familiar de una niña de 12 años, Riley, y las aventuras dentro de su mente de sus emociones personificadas: Alegría, Tristeza, Asco, Ira y Miedo- mantienen un equilibrio y una coherencia admirable. Todo son sucesos simultáneos, lo que pasa en un sitio tiene su reflejo en el otro. Por ejemplo, a grandes rasgos y sin spoilear, si Tristeza envía un pensamiento negativo, la niña deja de sonreir, llora, tuerce el gesto. Ver cómo lo resuelven con tanta soltura genera una sensación muy agradable en el espectador, de complicidad, de estar controlando la situación. Aunque una de las dos partes nos pueda interesar más que la otra, el relato paralelo es excelente.

La trama, en un análisis más directo, tiene todos los ingredientes: aventuras, sorpresas, momentos emotivos (y relativamente lacrimógenos)... El ritmo es altísimo, quizá decae levemente de manera forzosa en algún punto de inflexión, pero los espectadores de bien en ningún momento dejan de estar atentos a la pantalla.

Dejando a un lado la estructura de la historia, la abundancia de detalles es abrumador. El despliegue de ideas nos conduce a pensar que muchas de ellas se desarrollan parcialmente y que sólo se completarían con un metraje más largo, lo que hubiera sido claramente un error. En cualquier caso, es preferible dejarlo así que plantearse el riesgo de una secuela. Pixar puede tener muchos defectos, pero en los tiempos de escasez de ideas que corren y comparándolos con sus ¿hermanos? ¿padres? ¿cuñados? de Disney, es sin duda un soplo de aire fresco, especialmente en la creación de personajes. Probablemente la segunda fuente más prolífica del cine, por detrás de Star Wars.


Inside Out no es la mejor película de Pixar por algunos, pocos, motivos.
<SPOILER>
En relación a la creatividad ilimitada antes mencionada, los personajes habichuela que habitan en la mente de Riley son demasiado tópicos. Recuerdan a los currantes de Monsters, Inc., o a los curris de los Fraggle... incluso a los terribles Minions!
El desenlace también es algo previsible, en las dos dimensiones. Riley tiene que pasar por un trauma, el verse sola, en un autobús camino de Minnesota, para darse cuenta del amor de sus padres. Y Tristeza, el loser por antonomasia, se convierte en la heroína de la historia.
</SPOILER>

Sin embargo, estos defectillos no desmerecen en absoluto una película excelente, completa y prácticamente sin desperdicio.
Y con multitud de análisis y conclusiones. Algo muy positivo y enriquecedor si no fuera porque algunas interpretaciones resultan absurdas, perversas y con la única finalidad de generar controversia y consolidar personalidades virtuales en las redes sociales. Lo que no nos quita, ni por asomo, el buen sabor de boca y el rato tan agradable que pasamos durante la proyección.

sábado, 11 de julio de 2015

Terminator Génesis


Auténtico pavor experimenté cuando anunciaron, ya bien entrado el siglo XXI, una nueva entrega de la saga Terminator. Una saga compuesta por dos genuinas obras maestras y otras dos que, sin ser malas me dejaron algo frío, no merecía a priori un estiramiento excesivo. Y cuando me enteré de que Arnold Schwarzenegger, a su edad, iba a representar de nuevo al robot que -junto a algún que otro bárbaro- lo lanzó a la fama en sus años mozos, no pude evitar echarme las manos a la cabeza (con una sonrisilla maligna oculta).

Una vez vista puedo afirmar que este pesimismo estaba injustificado. Efectivamente, no llega ni por asomo a la calidad de las dos primeras entregas, pero tiene básicamente dos puntos a su favor. En primer lugar, es muy entretenida. Recoge muchos de los clichés de las películas de acción: disparos infinitos, explosiones, cuentas atrás y situaciones límite, persecuciones... También contempla la típica traición de un personaje aparentemente benevolente, que no desvelaré pero que todo el mundo habrá averiguado viendo el tráiler o incluso algún póster. Pero a pesar de estos tópicos y de que en algún momento el espectador pueda deducir sin temor a equivocarse lo que va a suceder a continuación, no recuerdo ningún pasaje especialmente tedioso.

El segundo factor digno de mención es el respeto por la saga. Las entregas previas (sobre todo, insisto, las dos primeras) tenían unos guiones excelentes, con pocas fisuras, poco amigables para las secuelas. En Terminator Génesis tenían la ocasión de destrozar toda la mitología terminatoriana para dar cabida a nuevos eventos y personajes, pero no lo han hecho, al menos descaradamente, y se agradece. Los personajes son los mismos y, salvo alguna frívola licencia, los acontecimientos son relativamente coherentes con las ideas iniciales de James Cameron. Por si fuera poco, tienen el detalle de lanzarnos una flecha al corazoncito de los fans con una primera media hora de homenaje especialmente a la primera Terminator (Pseudospoiler: con Bill Paxton ya hubiera sido la monda). También hace un guiño a Terminator 2 con la aparición de otro (1) T-1000.

No nos engañemos, el reclamo de esta película indudablemente es Arnold Schwarzenegger. Sin él, sería una película de acción más de las que se realizan actualmente y probablemente un servidor no estaría escribiendo este artículo. La autoparodia y la referencia a su personaje en las precuelas es uno de los puntos más fuertes de Terminator Génesis, si no el que más. El problema del envejecimiento de un androide que tanto nos preocupaba se resuelve con tanta sencillez como efectividad y el cambio en la voz del doblaje se acaba superando muy pronto. Con respecto al resto de personajes, tanto Emilia Clarke como Jai Courtney cumplen a pesar de mis reticencias iniciales. El que no acaba de congeniar con el personaje de John Connor es Jason Clarke. Tal vez la sombra de Edward Furlong es demasiado alargada...


La dirección de Alan Taylor es correcta, se limita a cumplir el expediente en este tipo de productos. El guión, analizado de forma superficial y sin entrar al detalle, también tiene un aprobado. Los viajes en el tiempo siempre han sido algo delicado y no todo el mundo tiene el talento de Robert Zemeckis y Bob Gale, así que probablemente haya alguna laguna argumental que los que vamos al cine simplemente a pasar el rato, con pocas ganas de mirar con lupa los agujeros de guión, no hayamos percibido. De todas maneras, parece que en esta vorágine de saltos temporales ha quedado un cabo suelto que deberá atarse en alguna posible nueva secuela.

Una vez más, a pesar de su edad, actores como Schwarzenegger, Stallone o Willis vencen como el T-800 a sus versiones más actualizadas. Utilizando la metáfora de las máquinas y la frase que repite el Abuelo más de una vez durante la película, los héroes de acción de los ochenta están viejos, pero no obsoletos.




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(1) El T-1000 por antonomasia siempre será Robert Patrick y los efectos especiales, 20 años de evolución tecnológica y producción audiovisual más tarde, han sido igualados pero no superados.

viernes, 26 de junio de 2015

El Monstruo Alado (The Deadly Mantis, 1957)


Gorilas gigantes, monstruos prehistóricos, cangrejos, tarántulas, extraños pajarracos... incluso una mujer de 50 pies. Criaturas de muy diversas formas y colores (al menos en blanco, negro e infinita gama de grises) procedentes de nuestro querido planeta se unían a la amenaza extraterrestre para amenizar cinematográficamente el convulso período central del siglo XX, y, de paso, lanzar mensajes propagandísticos muy inofensivos actualmente pero supuestamente bien ocultos en su momento.

Lógicamente, la mantis religiosa, una de las criaturas más voraces y despiadadas del catálogo de nuestra zoología no podía librarse de convertirse en una bestia sembradora de terror. Eso sí, aumentándola considerablemente de tamaño para colectivizar el pánico. Aparte de la novedad del bicho en cuestión, el argumento de The Deadly Mantis (Nathan Juran, 1957) difiere muy poco de otros títulos: la erupción de un volcán en el Atlántico Sur provoca, por un científicamente probado efecto mariposa, la ruptura de un iceberg en Groenlandia que contenía congelado a un supuesto animal prehistórico, una mantis gigante. Una vez despierta de un letargo de millones de años, comete sus primeras fechorías en el Polo Norte, devorando militares y espantando esquimales, pero poco a poco, atravesando Canadá sin mayor novedad, acaba en Estados Unidos, donde [SPOILER] es finalmente derrotada [/SPOILER]. En este caso, el hecho de que sean militares los primeros testigos de las huellas del monstruo hace que el increíble relato de su existencia resulte mucho más verosímil que si el autor del hallazgo hubiera sido una aventurera eminencia científica (nótese aquí la ironía).

El Monstruo Alado no tiene mucho más argumento que las películas de acción actuales. No hay prácticamente definición ni evolución de los personajes, ni giros inesperados en la trama. Seguramente en su día su atractivo se centraría en la tensión por el avance del monstruo en su camino hacia zonas más tropicales y pobladas y en el morbo de ver un insecto gigante. Un insecto que hoy en día, obviamente, asusta bien poquito y que según el plano parece que cambie de tamaño. Sus apariciones, especialmente cuando no está volando, son moderadamente explícitas y se abusa del montaje y de la repetición descarada de planos como métodos descriptivos. Pero a pesar de todo, teniendo en cuenta los medios técnicos y creativos de la época, resulta bastante digno.


El tema de la propaganda política aquí tal vez resulte un poco más evidente que en otros casos. El alarde de la masiva presencia de radares estadounidenses y de la excelencia en las comunicaciones por radio entre toda la estructura militar, desconecta de la película al espectador ajeno a este contexto y que sólo quiere ver cómo en un entorno de ciencia-ficción un insecto de colosales proporciones destruye ciudades y devora neoyorquinos. También llama la atención algún detalle de machismo; el revuelo que genera la presencia de la fotógrafa en una base militar con la testosterona a flor de piel nos puede resultar exagerado en la actualidad.

sábado, 16 de mayo de 2015

The Willies (1990)

Las películas basadas en recopilaciones de relatos breves, básicamente de género fantástico y de terror, estuvieron muy de moda en los años ochenta, con ejemplos muy ilustres como Creepshow, En los límites de la realidad, Los ojos del gato, Cuentos asombrosos e incluso, de un modo bastante sui generisWaxwork o Amazonas en la luna. En la actualidad, las estériles mentes de guionistas y productores intentan rescatar esta fórmula con productos como V/H/S o The ABC of Death, los cuales comparten únicamente el formato, en absoluto el espíritu.

The Willies (Brian Peck, 1990), la película que nos ocupa hoy, puede considerarse como uno de los últimos coletazos en la oleada ochentera del género. El planteamiento, que sirve como nexo y excusa para explicarnos algunas historias asombrosas, es uno de los más estereotipados de la cultura occidental: unos chavales, acercándose en su ciclo vital a una línea de meta donde les espera el trofeo de la adolescencia, se cuentan historias reales de terror en una tienda de campaña con deficiencias en la iluminación.


En una breve introducción pre-créditos ya nos cuentan dos brevísimas historias independientes, protagonizadas por el extraño menú de una cadena de comida rápida y las consecuencias de visitar en edad avanzada una atracción del pasaje del terror. Tras los créditos iniciales, los jóvenes campistas nos cuentan otro par de historias increíbles de cuya veracidad tienen fidedigna constancia.

La primera está protagonizada por el típico nerd en ciernes en el típico elementary school americano, que como no podía ser de otra forma es víctima del típico bullying. El bedel que en un principio sale en su auxilio y que promete defenderlo resulta ser [SPOILER] un terrible monstruo [/SPOILER]. Exceptuando el inusual contexto, el argumento no resulta excesivamente revolucionario, ni tampoco su desenlace. Sin embargo, las peripecias del crío para informar de lo que sucede en el lavabo de los chicos, luchando contra el escepticismo de la profesora y las collejas de los macarras, son realmente divertidas. También su dulce venganza supone un pequeño y cómplice placer para el espectador.

La segunda historia probablemente sea más morbosa. Gordy Belcher es -como Danny Hollister, el protagonista de la historia anterior- un muchacho solitario, un loser, sin amigos y con menos popularidad que la profesora de Latín. La revelación tardía de su extravagante afición, no consumada hasta transcurridos bastantes minutos, nos mantiene en vilo y hace que sigamos sus evoluciones con interés. Si en el primer relato sufrimos por Danny en sus idas y venidas entre el servicio de caballeros y un aula inmersa en un examen de quebrados, aquí deseamos saber con todas nuestras fuerzas para qué quiere Gordy el fertilizante robado al apestoso granjero Spivey. Una vez sabemos a qué dedica su tiempo libre, el interés no decae en absoluto, se mantiene a un alto nivel, como la actitud canallesca de Gordy. Al final, la moraleja no se aleja mucho de la esperada, pero eso, ni los altamente mejorables efectos especiales, no reducen nuestra satisfacción por tal desenlace.



The Willies es, por supuesto, una mala película. Por eso inauguramos con ella la etiqueta "Cine Cutre" de nuestro blog. Pero incluso tratándose de una serie B casi canónica encontramos elementos a destacar. La temática es plenamente juvenil; tanto los tres chicos que cuentan las historias, como los protagonistas de las dos principales, se sitúan en la amplia frontera que separa la infancia de la adolescencia. Esto nos conduce a pensar que si la hubiéramos visto en el momento de su estreno hubiéramos disfrutado aún más al sentirnos mucho más identificados (como nos pasa, salvando por supuesto las distancias, con E.T., Los Goonies, Exploradores, etc.).

El reparto tampoco es trivial; tenemos a un Sean Astin que aquí, a pesar de lo que digan los almanaques, está más cercano a Samsagaz Gamyi que a Mikey, a la monja de los Blues Brothers Kathleen Freeman y al entrañable James Karen, protagonista de esas dos joyas que son La divertida noche de los zombies y sobre todo El regreso de los muertos vivientes. Por otro lado, no nos entusiasma demasiado el inesperado cameo de Kirk Cameron y su hermana, interpretando a sus personajes de Los problemas crecen, así como el hermano pequeño de los Seaver como uno de los matones de la primera historia, pero ahí están y suponemos que en la época tendría su gracia.

Por lo demás, la banda sonora cumple su función sin estridencias ni emociones y los efectos especiales quizás estén por encima de la media de los productos de este tipo (con alguna que otra ayuda del montaje). Es una película cutre y previsible, sí, pero con monstruos dignos (aunque escasos), incoherentes gags ochenteros y sobre todo extrañamente divertida. Qué demonios, os la recomendamos con absoluta impunidad.

domingo, 10 de mayo de 2015

La efímera Era de Ultrón

En los últimos siete años, probablemente desde la primera de Iron Man (las de Hulk no cuentan y las de X-Men y Spiderman, por razones empresariales, menos) antes de ir a ver cada nueva película del Universo Marvel recitamos idéntico mantra: va a ser lo de siempre, un despliegue de efectos digit... especiales y personajes carismáticos, con un elenco de caras conocidas, argumento correcto pero sin alardes, chistes provocados por el cinismo de Tony Stark o el paletismo cuasiprovinciano de Thor o Steve Rogers, el religioso cameo de Stan Lee y poca cosa más. Y podemos afirmar que acertamos de pleno con esta última entrega de la franquicia estrella, Los Vengadores.


En La Era de Ultrón, Stark rebaja un pelín su sarcasmo (el fregao en el que se mete no invita a los chistecitos) y tanto el dios nórdico como el supersoldado muestran síntomas de acostumbrarse al enigmático siglo XXI. Que la frecuencia de gags sea inferior a la media de la factoría no la convierte en una película más seria. La empatía hacia personajes que ya nos han presentado, que conocemos y son como de la familia (como los primos frikis a los que les gusta construir cachivaches o practicar el tiro con arco) aporta la dosis de complicidad necesaria para hacer sentir cómodo al espectador. Una expresión del inexpresivo Hemsworth al chafar un juguete infantil o la reprimenda de Evans a los exabruptos de Downey Jr (y viceversa) son elementos suficientes para provocar la sonrisa a una audiencia ávida de guiños de este tipo. Los Vengadores son de los nuestros, los conocemos, tenemos nuestro favorito/a y nos gusta que luchen juntos pero, confesémoslo, también entre ellos.

Estamos ante un eslabón más en la larguísima cadena marveliana que Disney nos ha programado. Al parecer, el presunto agotamiento de la fórmula no parece ser una variable de demasiada importancia en la ecuación. La generación del -siempre malsano- hype a través de imágenes, teasers, tráilers a tutiplén y escenas post-créditos supone una garantía de éxito, por lo menos comercial. Muy seguros están los directivos de Disney del triunfo de la explotación del Universo Marvel. De momento, todos los índices que pueden representar dicho éxito les están dando la razón.

Y de manera merecida. Con sus defectos, Los Vengadores. La Era de Ultrón es una película muy divertida. No desmerece en absoluto a su antecesora, es más, nos atrevemos a decir que la supera. Si en la anterior una de las atracciones (y distracciones) se centraba en el trabajo de los guionistas para reunir a personajes tan dispares, en ésta, al estar los Vengadores ya reunidos, nos podemos concentrar más en la acción, en la lucha contra el enemigo común y en las relaciones de los protagonistas, constituyendo éstas una mezcla de perpetuo recelo, bromas asimétricas, frágil compañerismo y algún romance desconcertante.

El gran mérito de esta película es la dosificación de los personajes; no es tarea fácil repartir el protagonismo entre tanto superhéroe. Para colmo, en esta entrega hacen su debut tres más, dos de ellos de relativa importancia dentro del grupo. Alguno tiene más peso que otro, pero cada uno mantiene su cuota de pantalla a un nivel aceptable. Por ejemplo, el Capitán América y Thor, sin ser determinantes en la trama, tienen una participación muy activa en las escenas de acción. Los más débiles, como la Viuda Negra u Ojo de Halcón, no se limitan a ser meros comparsas sino que aportan matices destacables a la historia y a las relaciones de los personajes. Incluso algún gag que otro. El carisma sigue estando a cargo de Iron Man, así como el motivo de la crisis que da lugar a la historia. Probablemente en los cómics será el preferido de muy pocos, pero la personalidad del Tony Stark cinematográfico se merienda a los demás con bastante soltura. Y Hulk, nuestro Jeckyll y Hyde, el más débil pero a la vez el más poderoso, en formato verde se prodiga demasiado poco para nuestro gusto, pero el sufrimiento como doctor Banner queda bastante bien transmitido. A un personaje que es capaz de ganar una guerra él solito los guionistas deben cuidarlo (lo que no significa necesariamente que deban dosificarlo).

El villano de turno es otro de los puntos fuertes. De todas maneras, sus intenciones no acaban de quedar bien reflejadas; es el malo y quiere acabar con los Vengadores y, luego, con el planeta, y punto. Por su naturaleza existe un trasfondo, una motivación, un error informático, que queda plasmado en más de una ocasión pero con relativa confusión. En cualquier caso no es obstáculo para disfrutar de un villano con el alma de una inteligencia artificial instrumentada en un amasijo robótico que evoluciona y que llega a controlar a un ejército casi ilimitado de clones.

Lo demás no difiere mucho de lo que ya nos han ofrecido antes. El descomunal presupuesto tiene su reflejo en unas escenas de acción prácticamente insuperables, sin respiro para el espectador y de una coreografía impecable. Están tan bien realizadas que en ningún momento permiten el bostezo gratuito. Sin duda son increíbles, inverosímiles, pero forman parte de un juego cuyas reglas aceptamos en el momento de comprar la entrada.

Como hemos dicho, estamos ante un eslabón más, la maquinaria va a un ritmo vertiginoso y no se detiene. Pronto tendremos más aventuras por separado del Capitán América, Thor y quien tercie. Sabremos qué ha pasado con Hulk (puestos a pedir, no estaría mal una peli de Planet Hulk) y con esos versátiles (y poco carismáticos, no nos engañemos) nuevos Vengadores, con una Bruja Escarlata -personaje crucial en el Universo Marvel- más que digna pese a nuestra desconfianza inicial.

viernes, 17 de abril de 2015

Los tráilers (no) me convencen


Efectivamente, muchos aficionados al cine y prácticamente la totalidad de fanáticos de la saga Star Wars hemos podido disfrutar de estos casi dos minutos nuevos de contenido de la pel... del acontecimiento cinematográfico del año. La publicación, propagación y expansión de este teaser (1) ha tenido, tiene y tendrá más repercusión que la mayoría de películas estrenadas por estas fechas. No nos atrevemos a afirmar que la frase pronunciada al final del mismo por un envejecido (pero no tanto como nos temíamos) Han Solo pasará a la historia del Séptimo Arte, pero estamos convencidos de que será un merecido hashtag mundial durante semanas. Este hecho, el de que un tráiler sea casi tan esperado como una película, nos ha hecho reflexionar sobre la evolución en la producción y el uso de este instrumento, antaño comercial y hoy en día también artístico y social.

Queremos aclarar que el tráiler (o teaser!) que ilustra el primer párrafo de este humilde artículo no es en absoluto el desencadenante, al menos principal, de esta reflexión. Sería la excepción, pues consideramos -huyendo del fanatismo, o no- que todo lo que está generando está plenamente justificado.

Como siempre en estos casos, debemos comenzar por el principio. O por lo menos desde el momento que alcanza nuestra memoria. Antiguamente veíamos los tráilers principalmente en las salas de cine. Como ahora, más o menos, sólo que por aquel entonces formaban parte de una ceremonia muy esperada por la audiencia, con su cortinilla de MovieRecord incluida. También podíamos ver tráilers por televisión, de un formato más breve que los rebajaban a la categoría de anuncio. Ahora estos tráilers, por la voracidad comercial de las televisiones privadas, vienen insertados en los informativos disfrazados de noticia.

Incluso en muchas de las cintas que alquilábamos en los videoclubs podíamos disfrutar de aquel suculento contenido extra que suponían los tráilers justo antes de la típica pantalla azul con el número de registro y la clasificación legal. En este caso la efectividad era menor, porque cuando veíamos una película de una antigüedad media, los tráilers, grabados a fuerza de impulso magnético en aquella cinta e imposibles de actualizar, habían perdido vigencia.

Por aquella época tenían un elevado componente romántico. En infinidad de ocasiones llegamos a aprendérnoslos de memoria porque, aunque fueran superproducciones de presupuestos estratosféricos, el tráiler era siempre el mismo. Posteriormente, al ver por fin la película, disfrutábamos, con algún que otro fiasco del cual culpábamos al doblaje, del ejercicio de reconocer las memorizadas escenas del tráiler. Ahora salvo contadas excepciones como "Chewie, we're home" o "We have a Hulk", nos obligan a consumir las imágenes a tal velocidad que el sujeto y el predicado de los diálogos a duras penas aúnan fuerzas para incrustarse en nuestra selectivísima memoria.

Si hace 30 años sólo podíamos contar con uno, dos a lo sumo, tráilers por película, la proliferación actual es abrumante. Suponen un acompañante en paralelo a la producción, que sueltan imágenes a cuentagotas cada cierto tiempo para mantener el interés, las ganas de verla, el contradictoriamente perverso hype, en los espectadores. Cada nuevo estreno -sí, ya no sólo se estrenan películas, también se estrenan tráilers- es un acontecimiento aplaudido por esa masa tan abstracta pero a la vez tan concreta como son las redes sociales.

Sin ir más lejos, el lunes pasado pudimos ver nada menos que 4 tráilers nuevos, de 4 blockbusters (otro palabro) de este año: Ant-Man, Jurassic World, Los Vengadores y Terminator Genisys.



Los primeros teasers no dejan de ser fragmentos del material ya rodado, conectados con una lógica precaria, o un despliegue de efectos especiales no apto para retinas sensibles. Conforme se acerca la fecha del estreno estos avances cada vez van mostrando más -obviamente deben mostrar algo que no hemos visto hasta entonces-, hasta prácticamente revelarte la trama de la película entera. En el 99% de los casos no dejamos de ir a verla por esta circunstancia, por lo que es una práctica que no caerá en desuso por parte de los productores, pero sí que es inevitable el sentimiento de decepción o incomprensión desde el punto de vista del espectador.

Hay varios factores que han influído en la evolución de este producto -gratuito y, por tanto, extremadamente popular-, pero nos gustaría destacar dos. Por un lado, la digitalización. A nivel técnico es mucho más fácil ahora montar una película (lo que no significa que tenga menos mérito). Por consiguiente, se puede preparar un teaser en cualquier momento, en cuanto se tenga un mínimo de material grabado. Como una máquina de hacer churros...

El otro elemento que ha facilitado la masiva presencia de estas dosis de hype son los blogs y las redes sociales. No necesitamos ir al cine o esperar a que en la tele nos pongan el anuncio para ver a un Schwarzenegger casi septuagenario soltar mamporros a su alter ego ochentero en la nueva de Terminator, o para aprendernos el nuevo chascarrillo de Robert Downey Jr. como Tony Stark. En cuanto la productora lo vomite, en cuanto exista, podemos verlo ipso facto, tantas veces como queramos.

Nuestra humilde moraleja es que hay que consumir los tráilers con moderación. Es un tipo de producto audiovisual que ha evolucionado de manera paralela al cine, sobre todo el comercial hollywoodiense, por lo que no hay que denostarlo en exceso. Pero sí que tenemos que verlos con prudencia, sin que nos perjudique la actitud previa, sin olvidar que lo verdaderamente importante, lo que nos gusta y emociona y nos hace pagar una entrada y sentarnos en una butaca, es la película.



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1. En su momento nos costó asumir que la palabra trailer no designaba únicamente un camión muy grande y ahora nos implantan nuevos términos plagados de matices...

martes, 30 de diciembre de 2014

Las mejores del 2014

En época de ránkings y resúmenes del año, me vais a permitir ofreceros una lista de las 10 mejores películas que he podido ver con fecha de estreno en España (s.e.u.o) en 2014.
Siempre según el extraño criterio de @mermecolion.
Para darle emoción, las citaré de la última a la primera.

10. Snowpiercer (Bong Joon-ho)

9. Her (Spike Jonze)

8. Al filo del mañana (Doug Liman)

7. Coherence (James Ward Byrkit)

6. El Hobbit. La Batalla de los Cinco Ejércitos (Peter Jackson)

5. El Amanecer del Planeta de los Simios (Matt Reeves)

4. El Lobo de Wall Street (Martin Scorsese)

3. Perdida (David Fincher)

2. Interstellar (Christopher Nolan)

1. Guardianes de la Galaxia (James Gunn)



sábado, 6 de diciembre de 2014

Cinco razones por las que (no) nos gustará Star Wars VII


Hace aproximadamente una semana pudimos ver las primeras migajas de lo que será el nuevo episodio de una de las sagas del cine con mayor número de fans (si no la que más), Star Wars o La Guerra de las Galaxias. Del escaso material que enseñaron, para todos los gustos y recurriendo a elementos icónicos de la franquicia para garantizar el hype, pocas conclusiones podemos extraer. Algo muy lógico a estas alturas, nunca mejor dicho, de la película.

La presentación de este tráiler no ha supuesto otra cosa que un hito más en el largo camino que comenzó cuando Disney compró Lucasfilm, continuó cuando se anunció que la exitosa (y lucrativa) saga creada por George Lucas iba a tener más entregas, y que finalizará (temporalmente) a finales de 2015 con el estreno de este séptimo episodio. En todo este recorrido las opiniones en blogs y redes sociales, como no podía ser de otra manera, se han vertido como cataratas. Y en un porcentaje inusitadamente alto, las valoraciones han tenido una connotación negativa y pesimista, algo muy curioso teniendo en cuenta que se trataba de opinar sobre una película que ni siquiera se había empezado a rodar.

No obstante, este pesimismo, que no compartimos en absoluto, puede estar justificado aunque sea de manera inconsciente e irracional. En un ejercicio de abogacía diabólica, vamos a enumerar cinco posibles razones por las que fans y no fans de Star Wars pueden prescindir del entusiasmo mientras esperan el estreno de esta nueva entrega.

1. Expectativas demasiado altas...


... y por tanto demasiado difíciles de satisfacer. Sin duda es la razón principal y está directamente relacionada con las otras cuatro y con casi todo el resto de posibles argumentos. Los espectadores esperan mucho con razón, porque es una franquicia con gran repercusión en la historia del cine y de la ciencia-ficción, con influencia en otras películas y en otros medios como la literatura, los cómics o la televisión. Llegar al nivel de todo lo que ha conseguido la trilogía inicial de Lucas es prácticamente imposible.

2. El trekkie J.J. Abrams.


Para añadir más controversia al proyecto, a los magnates de Disney no se les ocurrió otra cosa que contratar a J.J. Abrams como director y guionista. No es suficiente con que haya recuperado de una manera tan brillante la saga Star Trek para el cine, ni sea el responsable de películas como Super 8. Siempre le recordaremos con rencor por el desastroso final de la serie Lost. Es más, se ha llegado a decir que el hecho de dirigir Star Trek era incompatible con la dirección de Star Wars.
Suerte que tenemos al bueno de Larry Kasdan pululando por ahí.

3. La anterior trilogía.


Gran parte del escepticismo ante este nuevo episodio está provocado por la decepción que supuso la anterior trilogía. A nivel argumental hacer una precuela supone todo un reto, ya que el espectador conoce de antemano el statu quo resultante y la capacidad de motivar y sorprender se reduce. A pesar de contar con un reparto espectacular, la pobre historia, la falta de carisma de algunos personajes -el carisma es algo que surge, no se puede forzar- y la lejanía con la esencia de la trilogía inicial convirtieron a las tres películas, sin ser rematadamente malas, en una mera sucesión de efectos digitales.

4. La adaptación a los tiempos modernos.



Sin duda uno de los grandes retos del Episodio VII es conseguir que los efectos digitales no solapen el resto de aspectos de la película, como ya pasó -y hemos mencionado en el punto anterior- en la anterior trilogía. Los efectos especiales deben ser una herramienta al servicio del guión y no al revés. Por desgracia en el cine actual de acción y ciencia-ficción se está sustituyendo con demasiada frecuencia la creatividad por el alarde visual que permiten los ordenadores. Cierto es que no esperamos ver, o intuir, a otro Kenny Baker dentro de R2-D2 (es mentira, lo deseamos), pero tampoco queremos ver una película de animación por ordenador o un videojuego.

5. El recurso a las viejas glorias


Sería inconcebible asistir a la evolución de la historia en esta galaxia muy, muy lejana sin la familia Skywalker, sin Luke, Leia o Han Solo. Necesitamos personajes carismáticos, que conozcamos y con los que sintamos afinidad. En las precuelas echamos un poco de menos a nuestros héroes, apenas teníamos a Yoda, a los jóvenes Obi Wan Kenobi y Anakin Skywalker y a los androides. Además ahora el tiempo juega a nuestro favor, los actores están notoriamente más viejos, paralelamente a los personajes que interpretan. Por tanto, sería lógico y agradecido por los fans contar de nuevo en el elenco con Mark Hamill, Carrie Fisher y Harrison Ford, entre otros. Sin embargo, tenemos una mala experiencia con la resurrección de viejas glorias. Sin ir más lejos, el propio Ford en la cuarta parte de Indiana Jones, Arnold Schwarzenegger en las últimas Terminators o Bruce Willis en la innecesaria quinta entrega de La Jungla. En todas ellas han tenido que ceder gran parte de su monopolio de protagonismo a otros personajes, a actores más jóvenes, y en esta Star Wars seguramente también sucederá. Es algo tan comprensible como encomiable es el esfuerzo que hacen estos actores por seguir interpretando a los personajes que les dieron la fama. En cualquier caso, la carencia de personalidad de esta nueva hornada de actores debe ser suplida por otros aspectos en la película, que permitan crearnos nuevos héroes y doten de consistencia a la franquicia.

A pesar de todo, el día del estreno acudiremos con ilusión y expectación, conscientes de la posibilidad de que haya cosas que no resulten totalmente fieles al universo creado por Lucas por la inevitable adaptación a la nueva generación de espectadores, pero esperando recibir en nuestra butaca lo que siempre esperamos cuando acudimos a una sala de cine: entretenimiento.

sábado, 11 de octubre de 2014

Fincher lo ha vuelto a hacer


Es muy difícil decir nada sobre Perdida sin que se escape algún temido spoiler, pero lo intentaré. Porque David Fincher lo ha vuelto a hacer. Ha vuelto a sorprendernos. En Perdida abundan las sorpresas y los giros inesperados y puedo decir que, en el año 2014, Fincher aún consigue plantearnos situaciones imprevisibles, en las que no tenemos ni una ligera sospecha de lo que va a pasar a continuación.

Naturalmente, la intensidad de estas sospechas depende de cada espectador. Hay a quien le gusta especular, decir con rotundidad quién es el asesino, y disfruta con ello. Yo prefiero dejarme llevar, seguir las pistas que te va soltando a cuentagotas el guión y elaborar mi teoría sin descartar el resto de alternativas. Y también disfruto con ello. Esta película no sigue el típico esquema cronológico ni mucho menos; no revela quién es "el malo" al final de la película desmoronando nuestras modestas pero convencidas elucubraciones. O no necesariamente. Y ahí reside para mí la orginalidad y la capacidad para sorprender a una audiencia tan experimentada. Lo que sí utiliza es el recurso que funciona tan bien de ir ofreciendo pistas, algunas por casualidad y otras gracias a deducciones más o menos verosímiles de los personajes. Eso sí, siempre contradictorias unas con otras, para despistarnos y para engancharnos a la trama por el deseo de saber la solución al enigma.

Porque los personajes son engañados, pero nosotros, hasta el momento en que a Fincher le da la gana y con determinados elementos -alguno aparentemente intrascendente y cuya única utilidad parece la de un mero instrumento narrativo-, también. Está muy presente el juego de no saber qué es verdad y qué mentira, o hasta qué punto tal personaje dice la verdad. Pero con moderación, en su justa medida. Hay revelaciones críticas al espectador que, por otro lado, no desembocan en una pérdida de tensión o de interés. Aún sin escenas de acción, en dos horas y media no hay ni un momento para el bostezo.


Paralelamente a la investigación de un presunto crimen coexiste una crítica social. Se expone, rozando la ridiculización, cómo los medios de comunicación influyen en la opinión de los ciudadanos y, especialmente, cómo condicionan la forma de actuar de las víctimas de la tragedia. Condicionan porque hasta una simple sonrisa puede conducirte a la inyección letal. Las masas juzgan, pasan de la inocencia a la culpabilidad con la misma velocidad con la que se pasa del amor al odio en un matrimonio. Nosotros lo vemos desde lejos, resguardados en nuestra cómoda butaca, convencidos de que lo que nos separa de ellos no son las filas de distancia con la pantalla sino todo el Océano Atlántico. Nos gusta pensar en lo raros que son los americanos. Nosotros jamás seremos así...

David Fincher tiene varias películas excelentes en su filmografía y Perdida es una más. Es de las que apetece un revisionado a corto plazo, algo de lo que muy pocas películas pueden presumir. Como he dicho, la capacidad de sorpresa depende del espectador, pero lo que no se puede negar es que engancha, es muy entretenida e incluso invita a la reflexión. Fíjense, me ha gustado tanto que ni siquiera he criticado a Ben Affleck.

sábado, 20 de septiembre de 2014

El tiempo no pasa tan deprisa en 'Boyhood'


Sin ser una película del perfil que más me gusta, la avalancha de elogios, alabanzas y orgasmos colectivos que Boyhood (Richard Linklater, 2014) estaba acumulando hizo que mi curiosidad se despertara. Ya sabía a lo que me enfrentaba: una película rodada durante más de una década, siempre con los mismos actores, que narra los distintos momentos de la infancia y la adolescencia de Mason, un chaval cualquiera. Así que ayer aproveché para de paso rememorar viejos tiempos acudiendo al antigo Cine Florida de Barcelona (hoy los Renoir Floridablanca), concretamente a la sala 2, la única que permanece estructuralmente intacta desde los tiempos en que la visitaba con una periodicidad prácticamente mensual.

A priori, el planteamiento es original -en el sentido de que, por culpa de la urgencias de la industria, es algo que casi nunca se ha hecho- y el esfuerzo de todo el equipo notable y aparentemente admirable. Una vez reconocido esto, que no es poco, nos queda disfrutar del producto. El grado de satisfacción, no obstante, es diferente en los tres ámbitos en que podemos dividir, a grandes rasgos, la película: el mensaje, la emoción y el entretenimiento.

El mensaje que transmite va intrínsecamente ligado a su peculiar estructura. Y lo resume excelentemente una excelente Patricia Arquette casi al final de la película. Tanto ella, como el desconcertante Ethan Hawke y el resto de personajes adultos, así como nosotros los espectadores, somos testigos del inexorable paso del tiempo a través de la evolución de la personalidad y la anatomía de Mason. Mientras él vive el momento (a su manera), nosotros nos percatamos de que cada vez somos más viejos cuando observamos sus "estirones". Tengo que reconocer que las transiciones de un momento de su vida a otro, el salto temporal, está realizado de una manera muy sutil, en absoluto abrupto, sin cortar el ritmo. Es suficiente con que nos muestren un corte distinto de pelo o la "pelusilla" de la pubertad que asoma bajo su nariz para indicarnos que ha transcurrido un año (ó dos, ó sólo meses, no importa), sin necesidad de puntos críticos ni situaciones traumáticas. Aunque en algún caso éstas efectivamente se producen.

En cuanto a la emotividad, que dada la ausencia de argumento debería ser el punto fuerte de Boyhood, tiene muchos altibajos. Hay algún momento de tensión, otros mínimamente cómicos y los supuestamente emocionantes se ahogan por el carácter con tendencia al monosilabismo de Mason. La mayor carga de emotividad la aporta su madre y las distintas vicisitudes (profesionales, económicas, sentimentales) a las que se enfrenta, siendo, efectivamente, el niño y su hermana víctimas de ello. En ese sentido, y me adelanto al siguiente párrafo, se puede decir que la película refleja a la perfección lo anodino de la vida de un adolescente. El personaje que interpreta la Arquette es de lo mejor de la película; como su hijo también evoluciona y casi todo lo que a él le pasa -y por tanto, la enjundia de la historia- es producto de las decisiones de ella. El personaje del padre intenta aportar el toque desenfadado en apariencia con drama familiar subyacente, pero adolece de la voluntariosa mediocridad de Ethan Hawke. La hermana, Samantha, se diluye como un azucarillo en la historia. Como en la vida misma, los hermanos comparten durante la infancia casi las 24 horas del día, domicilio familiar (incluso dormitorio), excursiones, tragedias, escasos momentos de alegría. Luego, como dicta el ciclo vital, los caminos divergen. En ese sentido la utilización del personaje es bastante correcta. El resto de secundarios tienen poco carisma y me parecen infrautilizados. Teniendo en cuenta las dificultades técnicas del proyecto (es posible que no se pudiera contar con tal actor en tal momento del rodaje), se echa en falta una mayor conexión entre los distintos puntos temporales de la historia, un mayor anclaje a través de personajes distintos a la madre o el padre; que alguien con relevancia al comienzo (hermanastros, compañeros de colegio, etc.) apareciera al final para reforzar la idea principal, la de la rapidez del paso del tiempo.

Una pintura que quiere abarcar 13 años requiere un lienzo considerable; resulta inconcebible explicar lo que pretende Boyhood en la duración estándar de un largometraje. La duración es adecuada para la magnitud y naturaleza del producto, sin embargo, acusa una irregularidad injustificada. En su conjunto no es una película aburrida, pero sí hay momentos en los que se puede hacer pesada. La primera mitad se consume bien, con agrado, pasan cosas más o menos interesantes. Pero cuando el chaval ya es adolescente y no tan entrañable, la hermana desaparece y con ella sus trifulcas, la madre comete errores que nos resultan familiares y el padre se deja bigote, empiezan a aflorar los pasajes en los que el tiempo ya no pasa tan deprisa. Para mi gusto, el recurso ¿fácil? del gag que nos extrae una sonrisa está infrautilizado y nos hubiera ayudado a digerir algunas escenas especialmente insustanciales. Quizás hubiera sido demasiado comercial pero la película sin duda se presta a ello.

Como conclusión, Boyhood es un experimento muy meritorio, con una dirección y producción impecable. Por desgracia se olvida de los espectadores que, en nuestra modestia e ignorancia, consideramos el cine como un entretenimiento.