sábado, 20 de septiembre de 2014

El tiempo no pasa tan deprisa en 'Boyhood'


Sin ser una película del perfil que más me gusta, la avalancha de elogios, alabanzas y orgasmos colectivos que Boyhood (Richard Linklater, 2014) estaba acumulando hizo que mi curiosidad se despertara. Ya sabía a lo que me enfrentaba: una película rodada durante más de una década, siempre con los mismos actores, que narra los distintos momentos de la infancia y la adolescencia de Mason, un chaval cualquiera. Así que ayer aproveché para de paso rememorar viejos tiempos acudiendo al antigo Cine Florida de Barcelona (hoy los Renoir Floridablanca), concretamente a la sala 2, la única que permanece estructuralmente intacta desde los tiempos en que la visitaba con una periodicidad prácticamente mensual.

A priori, el planteamiento es original -en el sentido de que, por culpa de la urgencias de la industria, es algo que casi nunca se ha hecho- y el esfuerzo de todo el equipo notable y aparentemente admirable. Una vez reconocido esto, que no es poco, nos queda disfrutar del producto. El grado de satisfacción, no obstante, es diferente en los tres ámbitos en que podemos dividir, a grandes rasgos, la película: el mensaje, la emoción y el entretenimiento.

El mensaje que transmite va intrínsecamente ligado a su peculiar estructura. Y lo resume excelentemente una excelente Patricia Arquette casi al final de la película. Tanto ella, como el desconcertante Ethan Hawke y el resto de personajes adultos, así como nosotros los espectadores, somos testigos del inexorable paso del tiempo a través de la evolución de la personalidad y la anatomía de Mason. Mientras él vive el momento (a su manera), nosotros nos percatamos de que cada vez somos más viejos cuando observamos sus "estirones". Tengo que reconocer que las transiciones de un momento de su vida a otro, el salto temporal, está realizado de una manera muy sutil, en absoluto abrupto, sin cortar el ritmo. Es suficiente con que nos muestren un corte distinto de pelo o la "pelusilla" de la pubertad que asoma bajo su nariz para indicarnos que ha transcurrido un año (ó dos, ó sólo meses, no importa), sin necesidad de puntos críticos ni situaciones traumáticas. Aunque en algún caso éstas efectivamente se producen.

En cuanto a la emotividad, que dada la ausencia de argumento debería ser el punto fuerte de Boyhood, tiene muchos altibajos. Hay algún momento de tensión, otros mínimamente cómicos y los supuestamente emocionantes se ahogan por el carácter con tendencia al monosilabismo de Mason. La mayor carga de emotividad la aporta su madre y las distintas vicisitudes (profesionales, económicas, sentimentales) a las que se enfrenta, siendo, efectivamente, el niño y su hermana víctimas de ello. En ese sentido, y me adelanto al siguiente párrafo, se puede decir que la película refleja a la perfección lo anodino de la vida de un adolescente. El personaje que interpreta la Arquette es de lo mejor de la película; como su hijo también evoluciona y casi todo lo que a él le pasa -y por tanto, la enjundia de la historia- es producto de las decisiones de ella. El personaje del padre intenta aportar el toque desenfadado en apariencia con drama familiar subyacente, pero adolece de la voluntariosa mediocridad de Ethan Hawke. La hermana, Samantha, se diluye como un azucarillo en la historia. Como en la vida misma, los hermanos comparten durante la infancia casi las 24 horas del día, domicilio familiar (incluso dormitorio), excursiones, tragedias, escasos momentos de alegría. Luego, como dicta el ciclo vital, los caminos divergen. En ese sentido la utilización del personaje es bastante correcta. El resto de secundarios tienen poco carisma y me parecen infrautilizados. Teniendo en cuenta las dificultades técnicas del proyecto (es posible que no se pudiera contar con tal actor en tal momento del rodaje), se echa en falta una mayor conexión entre los distintos puntos temporales de la historia, un mayor anclaje a través de personajes distintos a la madre o el padre; que alguien con relevancia al comienzo (hermanastros, compañeros de colegio, etc.) apareciera al final para reforzar la idea principal, la de la rapidez del paso del tiempo.

Una pintura que quiere abarcar 13 años requiere un lienzo considerable; resulta inconcebible explicar lo que pretende Boyhood en la duración estándar de un largometraje. La duración es adecuada para la magnitud y naturaleza del producto, sin embargo, acusa una irregularidad injustificada. En su conjunto no es una película aburrida, pero sí hay momentos en los que se puede hacer pesada. La primera mitad se consume bien, con agrado, pasan cosas más o menos interesantes. Pero cuando el chaval ya es adolescente y no tan entrañable, la hermana desaparece y con ella sus trifulcas, la madre comete errores que nos resultan familiares y el padre se deja bigote, empiezan a aflorar los pasajes en los que el tiempo ya no pasa tan deprisa. Para mi gusto, el recurso ¿fácil? del gag que nos extrae una sonrisa está infrautilizado y nos hubiera ayudado a digerir algunas escenas especialmente insustanciales. Quizás hubiera sido demasiado comercial pero la película sin duda se presta a ello.

Como conclusión, Boyhood es un experimento muy meritorio, con una dirección y producción impecable. Por desgracia se olvida de los espectadores que, en nuestra modestia e ignorancia, consideramos el cine como un entretenimiento.

domingo, 8 de junio de 2014

Días del Futuro Pasado



Aviso a la población. Este artículo, aunque tremendamente humilde, puede contener algo conocido como spoiler. Si no has visto la película y te interesa verla, te recomendamos que lo leas una vez la hayas visto.



Tal como sucedió el año pasado con El Hombre de Acero, los pronósticos no han sido del todo acertados y éste no ha sido el estreno del año, lo que significa que los Guardianes de la Galaxia lo tienen mucho más fácil ahora.

Porque éste es el principal problema de X-Men: Días del futuro pasado, las expectativas (lo que se conoce ahora en la jerga del pueblo como hype, para que todo el mundo lo entienda) eran muy altas. Sin duda se trata de una excelente película, que consolida la que probablemente sea la mejor saga cinematográfica de superhéroes (con permiso del murciélago de Nolan). Pero desgraciadamente se queda lejos de su predecesora, X-Men: Primera Generación. Las comparaciones entre ambas son su segundo problema.

Primera Generación es una película redonda desde las escenas iniciales, donde nos muestran los primeros pasos de los dos líderes mutantes, pasando por un villano que no porque tenga el rostro ultraconocido de Kevin Bacon deja de hacernos sentir admiración, e incluso respeto, hasta terminar con una apoteosis de destrucción y de exhibición de poderes. Días del Futuro Pasado también comparte la mayoría de estos elementos, pero muchos nos resultan ya pelín recalentados. La novedad, la frescura, la aporta Lobezno, el mejor personaje de Marvel junto a Spiderman, pero con el rostro de un Hugh Jackman que exhibe ciertos síntomas de agotamiento. Quizá sea por la falta de adamantium en su esqueleto, quién sabe...

Se echa mucho de menos más escenas de acción. Una de las más memorables, que todos tenemos en mente, la protagoniza nuestro querido Mercurio, el cual estamos deseando que cambie de década para verlo con un look menos teenager. El guiño hacia la presunta paternidad de Magneto es también de agradecer. Aparte de dicha fuga de Magneto del Pentágono (acusado del asesinato de Kennedy, claro que sí), nos queda la secuencia final del ataque final a la Casa Blanca, intercalada con la resistencia de la cuadrilla de mutantes con los Centinelas en el futuro. Poca cosa para lo que Marvel y el cine de acción actual nos tiene acostumbrados.

Sin duda Magneto, a pesar de -el irregular en la elección de sus papeles- Michael Fassbender, es el mejor personaje de la película. No obstante, el hecho de aparecer a mitad de la historia y no acaparar su merecido protagonismo hasta la última media hora, puede despistar a los (escasísimos) espectadores que no hayan visto las precuelas ni conozcan los entresijos de estos mutantes. El ataque final es brutal, es sublime, pero en la primera hora de la película todos seguíamos las -interesantes, sin duda- andaduras de Logan, que en ese momento estaba ahogándose en el fondo del Potomac.

Luego están las tirrias personales. Nicholas Hoult no acaba de convencer para representar a Bestia, uno de los mutantes más importantes, ni siquiera en su modo berserker. Y en cuanto a Mística, la Lawrence es la monda, pero nos quedamos con la Romjin por motivos obvios:


Resumiendo, es una película divertidísima y altamente recomendable, que hará las delicias de fans y no fans de la saga de los mutantes. Pero que tiene la elevada presión de su predecesora y de unas expectativas que llegan a alcanzar, pero sin soltar el lastre de una capacidad de sorpresa cada vez más escasa entre los espectadores.


viernes, 30 de agosto de 2013

Mundos Futuros

En el cine y la literatura de ciencia-ficción, la mayoría de historias comparten una misma ubicación temporal: el futuro. La incertidumbre del ser humano acerca de lo que sucederá dentro de siglos y milenios, o incluso la semana que viene, conceden al autor una imprescindible flexibilidad y una enorme libertad creativa. Pocas historias del género se remiten a hechos acontecidos en el pasado y, las que lo hacen, guardan una inevitable relación con el fenómeno de los viajes en el tiempo. En el futuro todo es posible; si contamos cualquier barbaridad científica ambientada en el futuro, resulta hasta verosímil.

Otra cosa muy distinta es la cuestión de la ubicación espacial. En este sentido, existen dos posibilidades: contextualizar la historia en mundos lejanos a los que sólo es posible acceder a través del hiperespacio o viajes a una velocidad superior a la de la luz; o bien, contamos las peripecias de nuestros protagonistas en nuestro querido planeta Tierra, el cual ha sufrido un lavado de cara utópico o distópico en función del mensaje a transmitir por parte del autor.

En el primer caso, las posibilidades son tan ilimitadas como la imaginación de artistas y guionistas a la hora de diseñar planetas y extraterrestres. Para los autores que prefieren permanecer en el Planeta Azul, la creatividad básicamente se limita a imaginar, en el peor de los casos, cómo sería nuestro planeta tras una invasión alienígena, la caída de un meteorito, una guerra nuclear o una rebelión de robots. Si la evolución de la civilización va viento en popa y no sufrimos este tipo de infortunios, lo máximo a lo que podemos aspirar es a una sociedad como de la que intenta fugarse Logan o algo peor, más huxleyano.

Este verano del 2013, cinematográficamente hablando y en lo que respecta a superproducciones, ha sido especialmente generoso con el género de la ciencia-ficción, con un resultado de aprobado alto. Lo que resulta curioso, teniendo en cuenta el abanico tan amplio (casi infinito) de posibilidades, es que salvo la excelente Star Trek: En la Oscuridad (por motivos entendemos que obvios), todas las películas han optado por esta segunda alternativa de ambientar la trama en la Tierra.

Películas como Guerra Mundial Z o Pacific Rim, si bien suceden en nuestro castigado planeta y responden al patrón de respuesta y lucha contra una amenaza concreta y poderosa (zombis y kaijus respectivamente), las podemos obviar del análisis al situarse temporalmente en un futuro no demasiado lejano. Pueden catalogarse dentro de la ciencia-ficción, pero de un tipo bastante light.

Son tres las películas que han motivado esta reflexión y, en consecuencia, este artículo. Películas que transcurren en una Tierra devastada, en un futuro lejano y muy diferente al presente, y que impregnan a la historia ese pesimismo que nos resulta tan morbosamente atractivo.


After Earth, del otrora prometedor director M. Night Shyamalan, es una película pésima. El estatismo del (aún) admirado Will Smith y la absoluta falta de carisma de su hijo Jaden no contribuyen en absoluto a entusiasmar al espectador. A pesar de esto, la destacamos porque el contexto donde sucede la acción tenía un enorme potencial: un planeta Tierra donde la propia naturaleza y unos alienígenas muy poderosos (pero en el fondo realmente absurdos) han obligado al ser humano a emigrar a otros mundos. Smith e hijo acaban aterrizando por accidente en un planeta ahora hostil y la única forma de escapar es vencer el miedo. Y ya está. Previsible hasta para un alma cándida como la nuestra.


Muy diferente es Oblivion, de Joseph Kosinski. Aquí, la tecnología se nos vuelve a ir de las manos y nos vemos obligados a buscar un refugio fuera de nuestra atmósfera. Una película muy correcta, entretenida e interesante, que utiliza elementos de la ciencia-ficción (lo que nos gusta mucho) para contribuir a la intriga y a desenlaces inesperados. Criticada por la omnipresencia de Tom Cruise, algo que resulta sistemático y recalcitrante (la crítica, no la presencia de Cruise) y por la lentitud de algunas secuencias, contiene elementos algo tópicos, es cierto, y alguna incomodidad en el guión, pero el contexto es digno de análisis y la historia concede sorpresas que no son mayúsculas pero que consiguen engancharnos.


Un gran equilibrio entre película de acción y mensaje catastrófico lo encontramos en Elysium, del sorprendente Neill Blomkamp. La Tierra es de nuevo un puñetero desastre y los pocos que viven bien (y muy bien) lo hacen en una particular estación espacial. De las analizadas es la más completa, ya que combina con éxito una transmisión muy contundente de un mensaje político, muy acertado en los tiempos actuales, con dosis de acción, efectos especiales y puñetazos que satisfarán a los que sólo buscan honestamente lo superficial. Le falta algo de solemnidad y el pulido de algunos trazos del guión para convertirse en un clásico del género

Como hemos podido ver, este año no nos hemos tenido que ir muy lejos para vivir en las salas de cine un futuro donde nos dominan las máquinas o hemos sido subyugados por robots o alienígenas. Serán estos robots o alienígenas, que nos obligan a marcharnos o a agachar la cabeza, algún tipo de metáfora? Nunca lo sabremos. Éste es precisamente el poder de la ciencia-ficción.

miércoles, 7 de agosto de 2013

En la Oscuridad

Con relativo optimismo acudimos a ver la nueva entrega de la cinematográficamente remodelada saga Star Trek. El buen sabor de boca que nos dejó la anterior y las excelentes críticas constituían nuestro principal argumento. También la admiración por la saga en cuestión, la pasión por la ciencia ficción y la curiosidad por contemplar el nuevo trabajo del injustamente denostado J.J. Abrams contribuyeron a mantener nuestro interés a un nivel muy alto.
Tal es la tirria que muchos fans profesan hacia Abrams que ya, a día de hoy, vaticinan un rotundo fracaso al futuro (no tan, tan lejano) de la saga rival Star Wars una vez publicado que él era el principal responsable. Por un lado, la adopción de Lucasfilm por parte de Disney provocó no pocos chistes y crossovers (Darth Vader + Mickey Mouse, ya me entienden) al respecto. Por otro lado, J.J. Abrams es un cineasta que ha sabido entusiasmar y decepcionar a sus seguidores casi a partes iguales. A pesar de sus -casi imperdonables- deslices, es un hombre valiente, consciente de la responsabilidad que conlleva tomar las riendas de una franquicia con millones de fans apasionados, que llevarán al paroxismo la minuciosidad con la que observarán cualquier detalle de su trabajo. Un tercer argumento en contra de la asunción de Abrams al universo Star Wars era su implicación en el universo -incomprensiblemente incompatible- Star Trek.

Dada la absurdidad de esta argumentación, nosotros optamos por esperar a que las salas proyecten las nuevas aventuras de la familia Skywalker (o lo que nos tengan deparado los guionistas) para pronunciarnos. Y confesamos que la presencia de Abrams supone una garantía de que no nos dejará indiferentes. Para bien o para mal. Es más, creemos firmemente que será difícil que sean inferiores a los resultados que nos ofreció el propio padre de la saga, el incuestionable George Lucas, con sus episodios I, II y III.

De momento tenemos dos entregas de Star Trek, ambas excelentes. Incluso esta segunda, Star Trek: En la Oscuridad es superior a la anterior. Y es superior a la mayoría de películas de acción y ciencia ficción que hemos visto últimamente.

El comienzo no puede ser más espectacular e indicativo de lo que nos espera, con los tripulantes de la Enterprise jugándose literalmente la vida. El desenlace de esta secuencia inicial, emocionante pero aparentemente trivial, supondrá un importante condicionante en las relaciones personales de los protagonistas. A partir de aquí se sucederán una serie de actos terroristas y de espionaje que hemos visto en infinidad de ocasiones pero que conservan su prestancia de una manera muy sólida.

La película mantiene un ritmo muy elevado durante las aproximadamente dos horas de duración. Son pocos los momentos de respiro que deja al espectador con planos largos o diálogos extremadamente filosóficos. Y eso nos complace, sin duda. En el terreno interpretativo destaca sobremanera el actor inglés Benedict Cumberbatch, hasta ahora conocido por su papel de Holmes en la serie Sherlock pero del que seguramente oiremos hablar mucho de aquí en adelante. Su presencia, en el papel del villano Khan, incrementa el prestigio de la narración a niveles casi shakesperianos. En el otro lado nos encontramos haciendo del Capitán Kirk con un voluntarioso Chris Pine en busca del carisma que sin duda ha alcanzado Zachary Quinto en su papel de Spock. No se trata de una aventura de un solo héroe, en la tripulación de la Enterprise hay miembros para todos los gustos, pero en esta película, aparte de Kirk y Spock, únicamente destacaríamos los personajes interpretados por Simon Pegg y Karl Urban. El resto apenas resultan importantes para la trama y, especialmente, empáticos para el espectador. Tal vez la aparición de Alice Eve aportaría algo de frescura, siempre sin quitar protagonismo a los tres personajes principales.

La historia contiene alicientes interesantes y que siempre encuentran el gancho con el espectador: enemigos que se vuelven aliados, traidores, revelaciones sorprendentes... Tal vez estas sorpresas no sean del todo imprevisibles y se abuse un poco de los momentos de tensión, como las famosas cuentas atrás que se detienen en el momento justo (confiamos en que esto no será un spoiler), pero cumplen sobradamente su función y no estropean en absoluto el producto final.

Un producto elaborado con cariño. Técnicamente impecable. En las películas de ciencia-ficción, donde se muestran elementos que no existen en la realidad como androides o naves espaciales, los efectos por ordenador son menos escandalosos, siempre es más fácil y agradecido el uso de la tecnología digital. Pero para conseguir la ansiada y ambigua verosimilitud hacen falta recursos económicos, que los hay, y artísticos. Y de estos segundos también hay de sobra.

En conclusión, Star Trek: En la Oscuridad es una película que cumple el propósito mínimo, entretener, y que además emociona y nos mantiene en tensión sin dejar de recompensarnos con esos gags necesarios para rebajarla (mención especial a la particular personalidad del señor Spock y al bueno de Simon Pegg).
Señores, estamos ante una de las mejores películas del año.

viernes, 28 de junio de 2013

Y la kriptonita?


Con cierta impaciencia esperábamos el estreno de El Hombre de Acero, la última producción del aclamado cineasta británico Christopher Nolan. Tras el rotundo éxito cosechado por la trilogía de Batman, esta incursión en el otro gran icono del Universo DC tenía un listón muy alto que superar. Además, el hecho de que la dirección corriera a cargo de Zack Snyder elevaba un poco más ese listón. Un director con una carrera no muy longeva pero caracterizada por obras de indudable solvencia estética. Obviamente, la preocupación de Snyder por elementos poco convencionales en sus producciones le ha reportado más críticas que elogios, lo que no impide que se mantenga fiel y coherente a unos principios de manera realmente encomiable. Con él, sabemos que el despliegue visual está asegurado, más allá de que la historia que subyace nos acabe o no de convencer. Y para terminar de justificar su elección no hay que olvidar a esas dos grandes películas (también con sus furibundos detractores y recalcitrantes parodias incorporadas) basadas, como Superman, en cómics, como son 300 o Watchmen.


La historia del superhéroe más famoso de todos los tiempos la conoce todo el mundo. Y quien no sea aficionado a los cómics habrá podido ver sin duda la maravillosa película de Richard Donner de 1978, Superman. Tal vez sea esta sabiduría popular, junto a la voluntad de no aburrir al espectador con los archiconocidos orígenes del héroe, lo que haya motivado el planteamiento narrativo de la primera parte del film. Tras un prólogo muy convincente, donde Russell Crowe ejerce de un Jor-El ciertamente digno y nos presentan al antagonista de la historia, un General Zod encarnado por un también indóneo Michael Shannon (Lex Luthor sin duda será un as en la manga para futuras entregas), nos encontramos con un Kal-El-Clark Kent-Superman en el presente, ya adulto. Las evoluciones de niñez y adolescencia se nos van ofreciendo a través de flashbacks, los cuales en algún momento pueden resultar algo repetitivos o inoportunos, pero que nos resultan interesantes porque aportan una manera novedosa de explicar esa historia tan conocida del crío extraterrestre que aterriza en un rancho de Kansas y se convierte en una especie de marginado en el colegio e instituto. En esta ruptura de la linealidad en la presentación y disección del personaje se nota mucho la mano de Nolan.

Ya hemos destacado la prestancia de Jor-El y Zod, siendo su rivalidad uno de los ingredientes más atractivos de la película. Amy Adams, interpretando a Lois Lane, también cumple sobradamente con un interesante papel aunque, en algunos momentos, su presencia en determinadas situaciones pueda resultar desconcertante. En el otro lado de la balanza situamos a Henry Cavill. Un gancho para el público por su físico impecable, cumple con su rol de insensible extraterrestre pero carece del carisma que sin duda poseía su antecesor en el cargo de kriptoniano, Christopher Reeve. Probablemente uno de los motivos sea la testimonial presencia del reportero Clark Kent. Entre las cualidades más conocidas y reconocidas de Superman una es su dualidad, su doble personalidad de héroe-ciudadano, lo que transporta al espectador a situaciones a medio camino entre el suspense (por mantener en secreto su identidad) y la comedia. Y en El Hombre de Acero no se explota. Sí, buscamos la novedad, que nos expliquen la historia que conocemos al dedillo de manera diferente, pero también nos hace gracia que el superhéroe creado por Jerry Siegel y Joe Shuster visite de vez en cuando una cabina telefónica.

La aportación de otros secundarios de renombre, como Kevin Costner, Laurence Fishburne o Diane Lane, es suficiente pero escasamente conmovedora. En este sentido, el único que debe sentirse plenamente satisfecho y puede incluir esta película en su currículum -tampoco sin excesivos alardes- es Russell Crowe.



Precisamente otro elemento del que carece El Hombre de Acero es el toque cómico. Es verdad que Superman no es tan sarcástico como Iron Man, pero tampoco debe ser tan sublimemente serio como Batman. Los gags no son un ingrediente que Nolan y Goyer utilicen para romper la tensión en momentos determinados de la trama, recurso demasiado académico pero efectivo. Podemos contar dos, a lo sumo tres. Y relativamente gratuitos. Y eso que el espectador aguarda morbosamente los momentos en que el muchacho de Krypton sorprende con sus poderes a los incautos humanos que lo desafían. No sólo no se abusa de este gag fácil pero resultón, sino que es lamentablemente testimonial.

Lo que parecía una película trascendental, con mensaje filosófico y/o religioso -algunas analogías con Jesucristo, por ejemplo, son evidentes-, no es más que otra película de superhéroes. La segunda mitad es un imparable despliegue de medios técnicos, efectos especiales y acción a raudales. Combate, ira y destrucción es lo único que van a procesar nuestras retinas. Esto quizá decepcione a los que esperaban una versión kriptoniana del vigilante de Gotham City, pero sin duda hará las delicias de los aficionados al cine de acción sin pretensiones. Probablemente esta búsqueda del equilibrio no satisfaga a unos, los que buscan una historia profunda, ni a otros, los amantes de los mamporros por doquier. Visualmente pocas pegas se le pueden poner e, independientemente de las expectativas con las que uno entra a la sala con su entrada y sus (ignominiosas) palomitas, no se trata de una película aburrida. El problema principal que encontramos es que las comparaciones, siempre, son odiosas. Y a los padres de Kal-El, por mucho que nos pese, no los mató un atracador a la salida del teatro en Gotham City.

viernes, 7 de junio de 2013

Cine y Realidad


El cine nació como una forma de registrar y reflejar la realidad. Y lo sigue siendo, pero no tanto. En la actualidad, en la mayoría de películas con grandes presupuestos se introducen elementos inverosímiles que, gracias a las casi infinitas posibilidades de los medios digitales, no nos impiden seguir la acción y el argumento. Nos involucramos sin esfuerzo en la historia que nos cuentan a través de la pantalla, al mismo nivel que a principios del siglo XX y nos quedamos cerca de aquellas primeras proyecciones hiperrealistas de los hermanos Lumière.

Tenemos una paradójica sensación de realidad hacia elementos que sabemos a ciencia cierta que no existen: alienígenas, robots, incumplimientos de leyes físicas, etc. Gran parte de culpa de esto lo tiene el cine digital y la creación de efectos especiales a través del ordenador. Con la evolución de la tecnología digital, los píxeles cada vez se notan menos y, hasta cierto punto, nos olvidamos de que estamos viendo una película. Se consigue que determinados elementos se integren en un paisaje real, como los dinosaurios de Parque Jurásico, o bien que establezcan un elevado contraste con ese paisaje, como el T-1000 de Terminator 2.


En definitiva, la composición digital permite tanto viajar al pasado, al Jurásico, como al futuro de un adulto John Connor, y de manera creíble durante las dos horas que dura la película.

La sensación de realidad que nos aporta el lenguaje cinematográfico ha tenido varias etapas en la historia del Séptimo Arte. En los primeros años, durante el cine primitivo, el realismo era tal que los espectadores se integraban en los acontecimientos narrados casi a nivel físico; poco les faltaba para huir despavoridos ante la inminente llegada de la locomotora. Poco después, con la llegada del cine clásico, la pantalla llegó para quedarse. El mundo virtual quedó limitado a su superfície rectangular, haciendo que los espectadores obviaran el resto del espacio físico. Además, con elementos como el montaje, bien utilizados, se superaban las limitaciones espacio-temporales. Las historias eran reales, cotidianas, verosímiles.

No obstante, poco tardó en llegar la fantasía, de la mano del mago George Méliès. Aprovechándose de las posibilidades del nuevo medio y de la candidez de un público desacostumbrado, junto con una muy fértil imaginación, utilizaba el cine para plasmar sus trucos de magia con mayor facilidad e impacto. Por primera vez, y a muy temprana edad, el cine mostraba imágenes que no eran reales.
A nivel artístico y comercial, estos trucos no acabaron de triunfar y el cine realista se impuso rotundamente. Los efectos especiales -definidos como los trucos e instrumentos a disposición del cineasta para mostrar algo que no es real, es decir, para engañar al espectador- se consideraron un componente marginal, una herramienta innecesaria para la verdadera esencia del cine: el reflejo de la realidad. Obras magníficas que los utilizaban, como King Kong u otras del maestro Ray Harryhausen tuvieron éxito, pero eran escasas y suponían prácticamente un subgénero.

La llegada del vídeo a mediados del siglo XX y su aplicación en la técnica cinematográfica supuso un salto de calidad en los efectos especiales. Éstos no dejaron de ser algo marginales, pero, dada la sencillez y comodidad del vídeo, comenzaron a ser más frecuentes. Pero en el cine seguían siendo despreciados y las bondades del nuevo medio se concentraron especialmente en la televisión (obviamente) y los videoclips.

No fue hasta la década de los 90 cuando, gracias a la composición digital, los efectos especiales ganaron importancia hasta el punto de modificar la visión cinematográfica de la representación de la realidad. Fue tan importante la evolución, y tan rápida la adaptación del ojo del espectador, que la percepción de aquellos efectos especiales artesanales, de Méliès, de Harryhausen, que tan creíbles parecían al público de la época, para la generación actual de espectadores puede resultar hasta ridícula. Los efectos que antes se elaboraban delante de la cámara ahora se insertan no ya detrás, sino después, en post-producción.

Una reivindicación parecida experimenta actualmente la animación. Antes de la aparición de los aparatos de Edison o los Lumière existía una serie de artilugios, sencillos pero muy ingeniosos, que se considera el embrión del cine. En una época donde la fotografía comenzaba a popularizarse, surgieron como los primeros intentos de reflejar la imagen en movimiento: thaumátropo, fenakistoscopio, estroboscopio, zoótropo, praxinoscopio, etc. Consistían básicamente en series de dibujos que, gracias a un mecanismo manual, se sucedían en un bucle y -utilizando la persistencia retiniana- otorgaban al cerebro humano la sensación de movimiento.

Sabemos que la animación continuó tras el advenimiento del cine. Pero como sus imágenes no eran realistas, se basaban en meros dibujos y los movimientos eran toscos e inverosímiles, pasó, como los efectos especiales, a un segundo plano. Con la llegada del cine digital, la animación ha resurgido con fuerza. No ha sustituido al cine realista, pero prácticamente se ha equiparado a él a nivel comercial y creativo. Los defensores del cine hiperrealista, de aquél que parecía único (según el cineasta ruso Andréi Tarkovski, el cine abstracto era imposible), han visto cómo el registro de la vida cotidiana no supone la única forma de pasar un buen rato delante de una pantalla.

Más información:
Manovich, Lev. El lenguaje de los nuevos medios de comunicación. Editorial Paidós.

martes, 14 de mayo de 2013

Kiss Kiss Bang Bang

Recientemente se ha estrenado la tercera entrega de Iron Man, con la que casi todo el mundo parece entusiasmado. No es que me parezca mala, pero si que posiblemente sea el peor trabajo de su director, Shane Black.
Aunque podría hablarles largo y tendido de dos de sus trabajos más reconocidos, como son los guiones de Arma Letal y El Último Boy Scout, posiblemente dos obras maestras de su genero, les hablaré de otra película de colegas, menos conocida en España, aunque no funciono mal es EEUU, la película es Kiss Kiss Bang Bang.


Para mi parecer, esta película sería al genero policiaco y de colegas, los dos generos de los que bebe la cinta, lo que Scream fue al genero de terror.
Utiliza todos los tópicos, narrador, tramas que no tienen nada que ver, que luego lo tienen que ver todo, mujeres fatales, ambientes turbios...., con un talento y gracia que pocas veces hemos podido disfrutar en muchos años. Los diálogos son chispeantes, con un ritmo sobresaliente. Los protagonistas encajan en los personajes perfectamente. Robert Downey Jr. fantástico como siempre y Val Kilmer con una ambigüedad divertidisima. Michelle Monaghan nunca ha estado tan guapa.
Si no la han visto, se la recomiendo encarecidamente. No se arrepentirán.

viernes, 3 de mayo de 2013

Muertos vivientes

Los muertos vivientes están de moda. Y la causa principal, hay que reconocerlo, es el gran éxito de la serie de la AMC The Walking Dead. La irrupción del género de terror -el cual cuenta con una gran fidelidad por parte de los fans y un extraño magnetismo por los que no son tan aficionados- en un medio tan en auge actualmente como las series de televisión aseguraba prácticamente el triunfo.
 

Sin embargo, la forma en que han añadido el ingrediente del terror a la fórmula ha desatado casi tantas pasiones como animadversiones. Como ya comentamos a través de alguna pincelada en el blog El Meollo de la Enjundia, en The Walking Dead los muertos vivientes (o, como los llaman para ¿deshorrorizarlos?, simplemente caminantes) dan la impresión de que suponen únicamente un contexto para ubicar al espectador en la trama realmente importante (para los guionistas): las relaciones interpersonales entre los protagonistas y con el resto de humanidad.


Estas relaciones no dejan de mantener cierto interés; el problema son los excesivos altibajos. Escenas vibrantes y de máxima tensión se combinan con episodios de auténtico sopor. Paradójicamente, el espectacular inicio de la primera temporada, con un par de capítulos a un nivel equiparable al de una gran película de terror, ha sido su mayor inconveniente. Es comprensible que, debido a su longitud, una serie no pueda ni deba mantener ese ritmo frenético. Pero lo que resultó algo decepcionante fue que ese ritmo cayó
estrepitosamente, hasta el punto de hacer olvidar por momentos al espectador que estaba viendo una historia donde los zombies habían conquistado Estados Unidos (y el mundo, suponemos).

 
Afortunadamente, el género de los muertos vivientes no es reciente ni nació con el cómic de Kirkman. En su versión más popular se suele atribuir el origen en la excelente película La noche de los muertos vivientes, de George A. Romero. Este film, muy modesto en apariencia, creó nada menos que un género que, según lo que actualmente podemos comprobar, sigue siendo exitoso. Los protagonistas, gente indefensa, ciudadanos comunes con los cuales el espectador en seguida empatiza, son asediados por unos seres lentos, torpes, débiles pero rabiosamente numerosos.

La grandeza de la película de Romero radica en que, tras mucha ingesta que hayamos podido tener de películas de muertos que se levantan, el desarrollo de la trama, la fotografía, la iluminación, siguen inquietando. Su mayor reconocimiento, es cierto, es la ostentación del título de pionera en el género de zombies, pero eso no es obstáculo para que nos siga dando un miedo relativo. La comparación con la serie de la AMC resulta ignominiosa y abusiva. teniendo en cuenta que The Walking Dead ha tenido más de 40 años para aprender y mejorar la historia. Sin ser mala -al contrario, es una serie muy recomendable-, está a años luz de la obra de Romero.

De nuevo insistiremos en que en las series, por su duración, es necesario dosificar las escenas de acción. Pero éstas tienen una duración mucho más variable que un largometraje. De hecho, en ésta la primera temporada dura solamente seis capítulos, algo inusual. The Walking Dead, a pesar de la ventaja que puede tener por la experiencia y por la evolución tecnológica, no sabe aprovecharla. La noche de los muertos vivientes es mucho más trepidante a nivel global. El gore y los efectos especiales sí, en The Walking Dead están muy presentes, y en casi todo momento impecablemente implementados, pero éstos sólo generan impacto a corto plazo, algo insatisfactorio en una narración tan longeva. La película de 1968 también tiene detalles de gore, poco desagradable para nuestros acostumbrados estómagos pero sinceramente muy digno. También son importantes las relaciones entre los personajes, que en un entorno hostil donde la prioridad debe ser la supervivencia rivalizan y hasta se liquidan entre ellos. Y resultando mucho más dinámico y sin necesidad de recurrir a largos capítulos para moldear las distintas personalidades. También el elemento infantil, algo imprescindible, al parecer, para dar miedo, es mucho más tenebroso en la película de George A. Romero.
Dicen que las comparaciones son odiosas. Tampoco se debe emitir un juicio de algo que aún no ha concluido. Sin embargo, una serie es un producto de consumo prolongado y debe mantener un ritmo y una satisfacción constantes, ya que es muy fácil abandonarlo antes de su conclusión. Y viendo la evolución de los acontecimientos, y comparándola con el excelente final de La noche de los muertos vivientes -el cual combina, todo en uno, un final para el mundo, otro para el espectador y otro para los protagonistas-, los guionistas de The Walking Dead deben, en sentido figurado por supuesto, resucitar.


jueves, 28 de marzo de 2013

Viejas Glorias

Son diversas las circunstancias que están marcando la procelosa tendencia del cine actual. La principal y más obvia es la profunda crisis creativa y escasez de ideas que, unida al potencial económico de determinados productos de moda (o como se dice ahora, mainstream), convierte el presente panorama cinematográfico del cine que nos gusta, de simple diversión y entretenimiento, en un árido páramo de nuevas ideas. Los que, pese a nuestra relativa juventud, llevamos décadas acudiendo a las salas de cine -esquivando siempre las temibles palomitas, por supuesto- respondiendo al reclamo de este tipo de producciones, tenemos hoy en día la capacidad de sorpresa y emoción bajo mínimos alarmantes.

En este contexto no es de extrañar que, en el mejor de los casos, comercialmente sólo triunfen proyectos como: adaptaciones literarias con cosas que dicen llamarse vampiros; explotaciones hasta la saciedad de sagas procedentes de otros medios -superhéroes de Marvel o DC con sus correspondientes reboots o crossovers, robots que se convierten en medios de locomoción, etc.-; requeteadaptaciones del otrora brillante Tim Burton; y, claro, los satánicos remakes.

De las mismas entrañas de este entorno casi apocalíptico, dos acontecimientos han arrojado algo de luz y esperanza a nuestros castigados ojos cinéfilos: en primer lugar, la idea de crear un producto algo frívolo pero sin duda valiente como Los Mercenarios. La primera parte, sin defraudar, tal vez no satisfizo plenamente nuestras elevadas expectativas; sin embargo, esa pequeña frustración fue rápidamente subsanada con una apoteósica segunda entrega. No duden que para la tercera, que debería ser impuesta por ley, acudiremos fieles a la cita.



El otro hecho que nos aporta una (probablemente efímera) ilusión no tiene relación directa con el cine; es la retirada del gran, en todos los sentidos, Arnold Schwarzenegger del mundo de la política. Los que no rondamos mucho por California preferimos verlo en la gran pantalla, repartiendo mamporros y mostrando su característica cara de oler mierda. Sus últimos pinitos cinematográficos, encarnando a un Terminator al borde del desguace, nos dejaron un ligero mal sabor de boca y, aunque a sus sesenta y tantos años no luzca la frescura de Hércules en Nueva York, su presencia y su largo apellido supone una gran motivación para sus incondicionales.

Nos emociona comprobar cómo a partir de Los Mercenarios están surgiendo una serie de propuestas que, con las inevitables restricciones del mercado y de la edad de los actores, parecen encaminadas a cumplir los deseos de una generación, la nuestra. El resultado generalmente no suele ser excelente, pero aporta ese plus de nostalgia y de empatía del espectador que suple la mayoría de sus carencias.

Siendo justos debemos reconocer que el artífice de todo esto probablemente es Sylvester Gardenzio Stallone y su confianza en un proyecto tan descabellado como Los Mercenarios. El actor italoamericano, a través de su trabajo, siempre se ha mostrado reacio a abandonar aquel cine que tan buenos ratos nos hizo pasar en los años ochenta y principios de los noventa. Esta testarudez le hacía participar en prolongaciones, de necesidad relativa y éxito discreto, de sagas protagonizadas por los dos personajes que le encumbraron y que, de paso, marcaron a nuestra generación: John Rambo y Rocky Balboa. Lejos de alcanzar el nivel de sus predecesoras y de convertirse en clásicos, estas películas únicamente sirvieron para mantener viva la tenue llama de nuestros recuerdos.


Mientras tanto, ahí estaban nuestros "queridos" e incomprendidos remakes, un fenómeno que tal vez merecería un artículo aparte en este blog. Una de los pocos aspectos positivos de este tipo de producciones es su voluntad, interesada comercialmente o no, de resucitar (otros políticamente más correctos dirían "homenajear") historias de nuestra infancia-adolescencia que disfrutamos y recordamos con fervor. Como anécdota, recientemente hemos podido ver dos películas bastante aceptables, Desafío Total y Dredd, basadas en un relato de Philip K. Dick y un cómic respectivamente, y que en sus anteriores adaptaciones cinematográficas los protagonistas eran nuestros iconos Schwarzenegger y Stallone. La alusión a la desbordada proliferación de remakes es necesaria para entender y situar en un marco apropiado las nuevas películas de nuestros sexagenarios héroes de acción favoritos.

Aparte de las dos entregas de Los Mercenarios hemos podido disfrutar de Sly y Arnold en Una bala en la cabeza (dirigida por el maestro Walter Hill) y El último desafío. Para mayor regocijo, los dioses nos han escuchado y en breve podemos contar con ambos en la misma película, The Tomb. Otras viejas glorias que parecían deambular sin rumbo últimamente y que han atendido nuestras súplicas son Bruce Willis, en una nueva -y mediocre comparada con las obras maestras de las anteriores entregas- Jungla de Cristal y Mel Gibson con la divertidísima Vacaciones en el Infierno.

Lo que más nos gusta de todo esto es que los propios actores son conscientes de que su época de esplendor físico ha pasado y, a pesar de mantenerse dignamente en forma, no pretenden ocultar el paso de los años. Las escenas increibles de acción (las mal llamadas fantasmadas) siguen existiendo, pero suelen venir acompañadas de dosis de realidad en forma de chistes y alusiones a su avanzada edad y la lejanía de los tiempos mejores. Y seremos simples, pero nos gustan estos chistes. Nos sirven para recordar las muchas aventuras vividas al lado de estos hombres que, por muy viejos que estén, siempre serán mejores que los Jasons Momoa o los Jeremies Renner de turno.

Mientras tanto, no dejamos de cruzar los dedos para ver un modelo más avanzado de Terminator pero con el mismo molde de Arnold Schwarzenegger.

lunes, 24 de diciembre de 2012

El Hobbit


Cronológicamente y narrativamente anterior a la célebre trilogía de El Señor de los Anillos, obra maestra de la literatura y posteriormente del cine, El Hobbit es una simpática historia de aventuras, inicialmente creada por J.R.R. Tolkien como puro entretenimiento infantil, pero que tras el éxito de la saga protagonizada por Frodo Bolsón se convirtió en un fenómeno de masas de todas las edades.

En su versión cinematográfica, al menos en lo que respecta a la filmografía del neozelandés Peter Jackson, El Hobbit llega unos diez años después de cuando lo hiciera su secuela literaria. Un servidor hace aproximadamente ese tiempo que pudo leer, en el orden lógico, las novelas (casualmente me enteré de la noticia del enorme proyecto cinematográfico cuando andaba por la mitad de ESDLA), y es éste un período suficientemente largo para mi frágil memoria como para atreverme a establecer comparaciones -por otro lado, absurdas e injustas- entre libro y película.

Tampoco soy de los que le gusta comparar distintos géneros. Obviamente, si vemos una película cuyo libro en que está basada hemos leído, es inevitable intentar encontrar puntos en común. Pero una película no es peor cuanto menos se parezca a la novela de referencia; muchas veces ha pasado que el cine ha explicado grandes historias basadas en novelas mediocres. No obstante, dada la retroalimentación que existe entre ambos géneros, es un debate que siempre existirá.

Como antes confesaba, y como me suele suceder a menudo, poco recuerdo de lo que me contaba Tolkien hace unos doce años. Además, el hecho de leer inmediatamente después la trilogía del Anillo Único hace que en algún momento mezcle personajes y situaciones y no distinga exactamente dónde aparece quién. Recuerdo episodios puntuales (como el encuentro con los trolls, el fascinante diálogo entre Gollum y Bilbo, y algunos más que estoy seguro que nos mostrarán en las siguientes películas), pero sí que recuerdo que fue un libro divertidísimo, con muchas aventuras, sentido de humor, sorpresas y emoción. Me consta que hay gente que todo lo relacionado con la Tierra Media le produce algo parecido a la urticaria (tiene que haber de todo!). Especialmente a estas personas les recomendaría la lectura de, al menos, El Hobbit.



La historia es muy conocida: una compañía de trece enanos -encabezados por su líder Thorin Escudo de Roble- y el mago Gandalf acuden en busca del hobbit Bilbo Bolsón para que les ayude a recuperar su reino, Erebor, de manos (o garras) del feroz dragón Smaug. Dada la aversión a las complicaciones que caracteriza la vida de los hobbits, la inclusión de Bilbo en el grupo supone toda una sorpresa y un desafío, tanto para él como para el espectador. Como ya sucede en ESDLA, toda o gran parte de la responsabilidad de la empresa recae sobre un especimen de la raza más dócil y pacífica de la Tierra Media. Esta paradoja hace que la mayoría de dificultades no se resuelvan ni con magia ni con fuerza bruta, sino con astucia, sin duda algo mucho más entretenido, más agradecido y narrativamente más elaborado. A este pintoresco grupo les sucede toda una serie de aventuras, de las que salen con éxito de muy diversas formas.

Dicho todo esto, la película El Hobbit: Un viaje inesperado es una maravilla. Una "pequeña" joya de casi tres horas. Volviendo al desagradable tema de las comparaciones, es digna de ser comparada con, por ejemplo y por ser la primera también de la otra trilogía, La Comunidad del Anillo. De dicha comparación cada uno podría extraer su propio ganador; en mi caso, el primer volumen de El Señor de los Anillos tal vez se llevaría el gato al agua, debido probablemente a su grandilocuencia y siempre por escaso margen. Y eso ya significa muchísimo para este primer encuentro entre el señor Bolsón y los enanos.

El aspecto técnico es impecable, casi perfecto. Hay que decir que los 48 fps al principio generan una sensación un tanto extraña, pero en ningún momento resulta algo negativo ni mucho menos. Hay que reconocer que, aunque ha pasado una década entre ambas trilogías y el tratamiento digital de las imágenes evoluciona y mejora exponencialmente año a año, las diferencias en la ambientación y los efectos no son demasiado notables. En un futuro podríamos ver El Hobbit y posteriormente El Señor de los Anillos (casi 24 horas non stop en sus versiones extendidas; lo haremos, lo estamos deseando sin duda) y no apreciaríamos grandes anacronismos (como sí sucede en las dos trilogías de Star Wars, por poner un cruel e injusto ejemplo). No es demérito de El Hobbit ni mucho menos; la cuestión es que las tres de ESDLA están MUY BIEN HECHAS.

Las 3 dimensiones están bien, son correctas, en algunas escenas incluso necesarias, pero no es condición sine qua non. Estos efectos cada vez están sorprendiendo menos y en muchos casos dejan de justificar el incremento en el precio de la entrada. No es el caso de esta película, que merece ser vista en las mejores condiciones, pero sí sería un tema a tratar, el presente y futuro del 3D, en próximos artículos.

La trama es amena, dinámica, trepidante. Quizás al principio, cuando los enanos acuden a Bolsón Cerrado y predominan unos diálogos un pelín extensos, o cuando visitan Rivendel y los elfos, cómo no, hacen alarde de su patética magnificencia, el ritmo cae un poco. Pero en cuanto salen del maldito refugio élfico, la acción no para en ningún momento hasta el final. Reconozco que el temor hizo presa en mí cuando vi cantar a los enanos en un par de ocasiones, al poco de comenzar. Ví la película en versión doblada, con las canciones dobladas al castellano también, cosa que no ayuda en absoluto a entender la intrascendente letra. Pero superado el susto inicial, a partir de ahí todo es diversión.

Con respecto a la polémica decisión de dividir y extender una pequeña novela, prácticamente un cuento, en tres largometrajes, puede llevar a pensar que el inescrupuloso señor Jackson se aprovecha de la devoción de los incondicionales fans para triplicar los ingresos de su productora. Mi opinión es que si la segunda y la tercera son tan buenas como esta primera, tres películas me parecerán pocas.

sábado, 1 de diciembre de 2012

Haciendo un Logan

La saga Star Wars probablemente tenga hoy en día tantos detractores como seguidores. Aunque no es el momento de analizarla, cinematográficamente es excelente pero tiene sus defectos. De lo que no cabe duda es de su enorme aportación a la cultura popular, al fenómeno conocido como frikismo y, sobre todo, al género de la ciencia-ficción en el cine. Tal es su impacto que nos atrevemos a afirmar que existe un antes y un después de la fecha del estreno de la primera entrega, el Episodio IV. Las películas cronológicamente anteriores -salvo honrosas excepciones como La Naranja Mecánica, 2001: Una Odisea del Espacio o El Planeta de los Simios- pertenecían a un subgénero de bajos presupuestos y aficionados fieles pero escasos. El éxito de las tramas políticas de la familia Skywalker nos ha permitido dotar al género de una merecida dignidad y saborear obras como Alien, Blade Runner o Terminator.

La Fuga de Logan pertenece al conjunto de pequeñas joyas, como las anteriormente mencionadas, que supieron sobrevivir en el ostracismo al que fueron enviadas todas aquellas películas que osaban explicar historias en un contexto descaradamente fantástico durante la era pre-George Lucas.

Antes de los años 80 existían películas basadas en novelas de ciencia-ficción pero, salvo las mencionadas en el primer párrafo y alguna más, apenas tuvieron relevancia. En una sociedad donde el cine y la televisión se imponían de una manera apabullante en la cultura colectiva, en estos casos el resultado era que la novela seguía teniendo más relevancia. Con La Fuga de Logan se comenzó a vislumbrar el prometedor horizonte; la película se hizo más célebre que su homólogo literario.

Como muchas obras del género, el mundo donde vive Logan se sitúa en un futuro lejano, pero en este mismo planeta Tierra. La vida en el mundo exterior es imposible debido a las secuelas de guerras nucleares, ataques alienígenas, rebeliones de las máquinas o el uso indiscriminado de aerosoles, poco importa. Unas computadoras dominan el cotarro y los seres humanos como los conocemos viven en ciudades protegidas por una cúpula, con todas sus necesidades cubiertas y placeres satisfechos. Siguen una filosofía de vida huxleyana donde no existe el amor ni el dolor y el hedonismo es la ley imperante.

Pero todo lujo tiene un precio. Las leyes demográficas -o el capricho de unas computadoras malvadas- establecen que todo humano, al alcanzar la edad de 30 años, debe someterse a un ritual conocido como Carrusel, donde se concede la oportunidad de la reencarnación en un ser clonado (como en Huxley, el concepto de padres y reproduccción vivípara es casi tabú). El que no lo supera, expira en aquel momento como todo hijo de vecino. La angustia por el fin programado de la propia existencia ya lo vimos recientemente de una manera bastante desafortunada en In Time (2011).



Obviamente en toda sociedad, por muy paradigmática que sea, siempre hay quien no está conforme. Y para subyugar a los que intentan esquivar el esquema establecido están los Vigilantes. Entre ellos nuestro héroe, Logan 5, interpretado por el entrañable Michael York. Estos Vigilantes se encargan de detectar, capturar y, en un 100% de los casos, eliminar a aquellos que pretenden escapar de la cúpula desacatando las idílicas normas sociales.

En una de sus capturas Logan recoge un amuleto en forma de ankh, que resulta ser la llave para acceder al Santuario, un lugar pseudomitológico donde las leyes de longevidad programada no existen y los humanos pueden vivir en libertad. Las computadoras encargan a Logan la tarea de desmantelar esta amenazadora sedición y para ello debe fingir que quiere huir con y como ellos. Y para hacer más verosímil el disfraz, o quizá como medida de coacción, adelantan el reloj biológico de Logan hasta casi los fatídicos 30 años.

En ese momento, Logan descubre que la prometida reencarnación en la parafernalia del Carrusel es falsa (no lo consideramos spoiler, se revela antes de la primera media hora de película). A partir de ahí, el fiel y efectivo vigilante se convierte en el individuo con más deseos de escapar de aquel lugar y de aquella situación.

Acompañado por Jessica 6 -interpretada por Jenny Agutter, a quien también vimos socorrer al hombre-lobo de John Landis-, la mujer que le abre los ojos (y otras cosas?) y perseguido por su fiel y otrora compañero Francis 7, Logan supera mil y un obstáculos, amigos y enemigos, dentro de la ciudad cubierta por la cúpula para saber más sobre el Santuario y así evitar su fatal y programado destino.


En esta fuga, nos gustaría destacar dos personajes: el robot Box (en la foto superior), cuyo enigmático alegato nos desconcierta de la misma manera que su aparentemente frágil atuendo; y el anciano, interpretado por nuestro querido Peter Ustinov, con sus libros y sus gatos, sus padres difuntos y su ascética vida en solitario. Un personaje entrañable y crucial para la historia y para el mensaje que pretende transmitir.

En definitiva, una aventura muy divertida, con su trasfondo filosófico para quienes lo prefieran, y que demuestra que la ciencia-ficción no es un género residual ni para minorías; ni cuando los medios eran tan precarios como en 1976, ni como ahora, donde los medios técnicos desgraciadamente superan a la voluntad y a la capacidad de contar buenas historias. La Fuga de Logan es una película maravillosa, un clásico de esa ciencia-ficción que tanto nos gusta.

sábado, 10 de noviembre de 2012

Martini con vodka


Sin ser un fanático de la franquicia del Agente 007, reconozco que este personaje y sus aventuras son todo un referente en el cine de acción a lo largo de varias generaciones. Su carisma, sus frases célebres (como "Bond, James Bond" o "Shaken, not stirred"), sus gadgets y una galería destacable de villanos han sido fuente de inspiración para otras películas del mismo género.

El motivo por el que tal vez no sea un incondicional de la saga es su irregularidad. Una irregularidad en parte justificada, el personaje recientemente ha cumplido la friolera de 50 años y, no es un tópico, los tiempos cambian. Películas de hace 5 décadas, a excepción de obras maestras, son más difíciles de visionar; nuestros ojos y nuestra mente están adaptados a la manera actual en que nos muestran las imágenes y se presenta la información, mediante fórmulas visuales y de guión que han evolucionado con la sociedad y los avances tecnológicos.

Las primeras películas, las protagonizadas por el escocés Sean Connery, no son obras maestras. Seguramente en su momento, con el espectador condicionado por la manera de hacer y ver cine de la época, fueron mejores de lo que nos parecen ahora. Por desgracia nosotros tenemos nuestro punto de vista, condicionado sin duda, pero es el único que tenemos.

Más recientemente, en un contexto más ecuánime, sí se pueden hablar de producciones mediocres, especialmente durante la etapa del irlandés Pierce "Remington Steele" Brosnan. Son películas correctas, para pasar el rato, pero que te dejan frío a pesar de la espectacularidad de algunas escenas. Y, algo importante a nivel sobre todo comercial, no consiguen que te encariñes con el personaje.

Afortunadamente hace unos años, por motivos que ignoro pero que no me importan demasiado, decidieron cambiar el rumbo. Y qué mejor manera de iniciar una nueva etapa que cambiando la cara del eje central de toda la parafernalia. La elección del inglés Daniel Craig en un primer momento pudo ser toda una sorpresa. Parecía carente de la elegancia -leitmotiv del personaje- de James Bond y del sigilio y el cortejo hacia las damas. Daba la sensación de ser más apto para películas de acción más irracional, disparos indiscriminados y puñetazos por doquier.

Fue una nueva sorpresa comprobar cómo el nuevo 007 cumplía las expectativas. Como hemos comentado antes, nuestra visión del cine de acción ha evolucionado y este giro al personaje se adaptaba perfectamente a ella. Ahora no nos importa ver a un Bond despeinado o con barba de cinco días. Simplemente queremos que se siga subiendo a los ascensores en marcha o maneje una excavadora encima de un tren. Ha sido tal el acierto que me atrevo a afirmar que la elección de Craig ha salvado una franquicia completamente aletargada.

Con Casino Royale y Quantum of Solace (la primera sensiblemente mejor que la segunda) todo esto se reafirma. Son muy entretenidas, con las dosis de acción que cabe esperar, y consiguen resucitar nuestra empatía con el agente británico. En Skyfall, también. La historia no es nada del otro mundo, incluye los típicos tópicos (robo de información secreta, persecuciones, viajes por el mundo, hasta un casino!), no hay excesivas sorpresas. Pero tiene acción a raudales y no se hace nada tediosa a pesar de las casi dos horas y media de duración. También es entrañable el "reciclaje" de personajes (que no desvelaremos por cortesía hacia quienes no la hayan visto aún). Y, qué demonios, a pesar de su patibulario aspecto, Daniel Craig nos cae bien.

Y cuenta con un Javier Bardem (cuyo status de icono sexual sigue siendo incomprensible) absolutamente amazing.

sábado, 27 de octubre de 2012

Juguetes Peligrosos

Fue a finales de los años setenta y sobre todo en los ochenta cuando nació una nueva generación de monstruos que han acabado convirtiéndose en clásicos. A diferencia de los clásicos clásicos (Drácula, Frankenstein, el Hombre Lobo...), éstos tienen un origen fundamentalmente cinematográfico. Están en la mente de todos y casi da pereza mencionarlos: Jason Voorhees, Freddy Krueger, Michael Myers, Pinhead, Candyman... Todos ellos han protagonizado más de una película y han alcanzado merecidamente el rango de icono del cine de terror. De entro todos estos monstruos hay uno bastante peculiar, y es en su especial característica donde reside su potencial para dar miedo. Es Chucky, o como nos lo presentaron los distribuidores patrios, el Muñeco Diabólico.


Sin duda Chucky tiene carisma para formar parte del elenco de monstruos clásicos del cine; como en la mayoría de casos, principalmente debido a su primera aparición, Child's Play (1988), dirigida por Tom Noche de Miedo Holland. La segunda y tercera entrega, aunque con los mismos guionistas y productores, da la sensación de que fueron rodadas con escasos recursos (aunque la primera tampoco fue una superproducción) y obligados por el éxito inesperado de la anterior película, por lo que no es extraño que la calidad en general sea notablemente inferior.

Con respecto a la cuarta y la quinta entrega, donde la familia de muñecos se va ampliando, no es otra cosa que la dolorosa adaptación de la franquicia a la actualidad y que responde a la evolución de las masacres de adolescentes que comenzaron Leatherface y compañía hace casi treinta años. Un tipo de terror donde predomina la sangre, las vísceras y las formas originales de morir sobre el terror propiamente dicho. Esta evolución también está condicionada por la empatía que el espectador ha adoptado con el asesino de turno, convirtiéndose aquél en auténtico fan de su descuartizador favorito. Debido a esto, La semilla de Chucky (2004) por ejemplo, aparte de destrozar gran parte de la esencia del personaje, se acerca más a la comedia que al género terrorífico.


Realmente digna de analizar es únicamente la primera entrega. Aunque todos sabemos el argumento, no está de más recordarlo: un asesino sin escrúpulos, Charles Lee Ray, interpretado por el entrañable Brad Dourif -quien se verá hipotecado a conceder su voz a Chucky en todas las secuelas- es acorralado en una tienda de juguetes y, antes de morir, transfiere su alma mediante un ritual a un muñeco Good Guy. Sólo escapará de ese cuerpo de plástico si realiza el mismo ritual con la primera persona a la que confiesa su secreto, el niño Andy Barclay.

Como hemos dicho antes, es la peculiaridad en la apariencia de este asesino, un inofensivo muñeco "que será tu amigo hasta el final", lo que provoca los instantes de mayor suspense; suspense en la concepción hitchcockiana, según el cual el espectador tiene más información que el personaje (sabe quién está dentro de Chucky), cosa que incrementa sustancialmente la tensión. Los personajes lo tratan como lo que ven que es, ignorantes ante el enorme peligro que les acecha. La espera del espectador, la posibilidad de que en cualquier momento el muñeco "despierte" y revele su naturaleza, genera situaciones realmente brillantes durante toda la película. Es una fórmula que funciona muy bien dosificada, pero el abuso puede echarlo todo a perder. En cualquier caso, en este sentido en El Muñeco Diabólico está todo muy bien equilibrado.

Siempre es interesante recuperar el origen de este icono, no sólo del género, sino de la cultura de nuestra generación. Y no porque nos haga gracia el personaje (el Good Guy sin Charles Lee Ray incluido casi acojona más), que nos entusiasma, sino porque se trata de una excelente película de terror, de las de antes, de las que te hacen pasar miedo.

martes, 16 de octubre de 2012

¿En que momento?

Aunque se que es parecido a otro articulo ya publicado en esta pagina, siento la necesidad de escribir esto hoy. Mientras que el primero se adentro sobre todo en la vena nostálgica, este se va a adentrar en lo  que el autor considera que estaba bien hecho antes y mal hecho ahora, en lo que ha sido un camino hacia la posible destrucción del sector.

Como muchos de vosotros sabeis, el sector de la exhibición cinematografica esta en declive, esto como ha pasado siempre a lo largo de la historia, trae alguna cosa buena, como las salas isens, con múltiples canales de sonido y grandes pantallas. Pero también traen muchas otras cosas no tan deslumbrantes.

Intentare ordenar mis ideas lo mejor posible, para intentar que el mensaje llegue al mayor numero de lectores.

Hace ya tristemente muchos años, el exhibidor de cine, tenía una sala donde intentaba dar con una buena película que le diera un dinero. Esa película estaba en cartel unos cuantos meses, hasta que le era realmente rentable al cine. Normalmente los porcentajes de taquilla de la película están muy descompesados hacia la distribuidora las primeras semanas de exhibición, y con el paso de las semanas esto se llegaba a igualar. De forma que al final el cine ganaba mucho dinero solo con la venta de las entradas. El tema de las palomitas, aunque estaba presente, no era lo mas importante del local. ¿Había un bar? Si, pero no una tienda de comida rápida como nos encontramos ahora. Lo importante en el cine no era otra cosa que el cine.

Pero en algún momento esto lo empezó a llevar gente que no era amante del cine, eran empresarios que se consideraban muy buenos en su trabajo.

Aparecieron las multisalas, al principio eran 3 o 4 salas y la diferencia a penas existía. Pero luego cada vez eran mas y mas salas y empezó el problema. El tamaño de las salas se redujo demasiado, las pantallas minúsculas, el sonido de la sala de al lado colandose en la nuestra. Algo empezaba a fallar.
El gran numero de salas, les permitió a las distribuidoras poder estrenar sus películas en muchas salas al mismo tiempo. Con esto lograron que la mayoría del público de la película fuera a verla las dos primeras semanas, semanas en las que las distribuidoras se llevan prácticamente todo el porcentaje de taquilla y a mas en caso de que la película sea mala, cuando la gente ya lo sabe, ya la ha ido a ver, por lo que las criticas negativas no les afecta tanto.

La distribuidora seguia ganando dinero, pero el cine ya no ganaba tanto. Los empresarios dijeron: nos haremos de oro con las palomitas. Y así empezaron a montar esos restaurantes de comida rápida en todos los locales. Se que hay muchos empresarios del sector que se preocupan mas de la venta de estos productos, que de la calidad de sus salas y proyecciones.

Las productoras debido a esto, se preocupan casi mas de hacer una buena campaña de publicidad que de hacer una buena película que exhibir. El publico la va a ver las dos primeras semanas. Esto también les permite hacer muchas mas películas y ver el negocio de una forma mas global (con este paquete de películas ganare tanto).

Pero esto también les ha empezado a fallar. Mientras que antiguamente casi todas las películas tenían su público, ahora cada vez se concentran mas al rededor de unas películas determinadas, dejando las otras de lado. De forma que ya no recuperan la inversión solo con la recaudación del cine, como antiguamente, y necesitan los mercados secundarios del dvd/bluray y la televisión para recuperar todo el  dinero.
Como todo va tan rapido y la gente se va a olvidar de la campaña de publicidad, necesitan también que la película llegue lo antes posible a los mercados secundarios. Mientras que antes tardaban mínimo un año en llegar a estos mercados (tiempo en que si la querías ver tenias que ir al cine si o si), ahora en 3 o 4 meses la tienes (para que correr al cine si la puedo ver en casa dentro de nada).
Y luego llego la piratería (para que correr al cine si la puedo ver gratis dentro de nada).

Los cines se pusieron a buscar nuevos productos que ofrecer, empezaron a poner conciertos, operas, espectáculos de motos, fútbol. Convirtieron un cine en simplemente una tele muy grande. Es como un mensaje al subconsciente. Es una tele muy grande. Y para ver la tele me quedo en casa que es mas barato.
Se han dado cuenta de esto y han creado cosas como la semana del cine. El cine en el cine dicen. Si no lo hubierais olvidado y no hubierais priorizado en la palomitas como hicisteis no estaríamos así. A mas, con las entradas a dos euros, esos días lo único que os preocupara será vender palomitas.