viernes, 26 de junio de 2015

El Monstruo Alado (The Deadly Mantis, 1957)


Gorilas gigantes, monstruos prehistóricos, cangrejos, tarántulas, extraños pajarracos... incluso una mujer de 50 pies. Criaturas de muy diversas formas y colores (al menos en blanco, negro e infinita gama de grises) procedentes de nuestro querido planeta se unían a la amenaza extraterrestre para amenizar cinematográficamente el convulso período central del siglo XX, y, de paso, lanzar mensajes propagandísticos muy inofensivos actualmente pero supuestamente bien ocultos en su momento.

Lógicamente, la mantis religiosa, una de las criaturas más voraces y despiadadas del catálogo de nuestra zoología no podía librarse de convertirse en una bestia sembradora de terror. Eso sí, aumentándola considerablemente de tamaño para colectivizar el pánico. Aparte de la novedad del bicho en cuestión, el argumento de The Deadly Mantis (Nathan Juran, 1957) difiere muy poco de otros títulos: la erupción de un volcán en el Atlántico Sur provoca, por un científicamente probado efecto mariposa, la ruptura de un iceberg en Groenlandia que contenía congelado a un supuesto animal prehistórico, una mantis gigante. Una vez despierta de un letargo de millones de años, comete sus primeras fechorías en el Polo Norte, devorando militares y espantando esquimales, pero poco a poco, atravesando Canadá sin mayor novedad, acaba en Estados Unidos, donde [SPOILER] es finalmente derrotada [/SPOILER]. En este caso, el hecho de que sean militares los primeros testigos de las huellas del monstruo hace que el increíble relato de su existencia resulte mucho más verosímil que si el autor del hallazgo hubiera sido una aventurera eminencia científica (nótese aquí la ironía).

El Monstruo Alado no tiene mucho más argumento que las películas de acción actuales. No hay prácticamente definición ni evolución de los personajes, ni giros inesperados en la trama. Seguramente en su día su atractivo se centraría en la tensión por el avance del monstruo en su camino hacia zonas más tropicales y pobladas y en el morbo de ver un insecto gigante. Un insecto que hoy en día, obviamente, asusta bien poquito y que según el plano parece que cambie de tamaño. Sus apariciones, especialmente cuando no está volando, son moderadamente explícitas y se abusa del montaje y de la repetición descarada de planos como métodos descriptivos. Pero a pesar de todo, teniendo en cuenta los medios técnicos y creativos de la época, resulta bastante digno.


El tema de la propaganda política aquí tal vez resulte un poco más evidente que en otros casos. El alarde de la masiva presencia de radares estadounidenses y de la excelencia en las comunicaciones por radio entre toda la estructura militar, desconecta de la película al espectador ajeno a este contexto y que sólo quiere ver cómo en un entorno de ciencia-ficción un insecto de colosales proporciones destruye ciudades y devora neoyorquinos. También llama la atención algún detalle de machismo; el revuelo que genera la presencia de la fotógrafa en una base militar con la testosterona a flor de piel nos puede resultar exagerado en la actualidad.

sábado, 16 de mayo de 2015

The Willies (1990)

Las películas basadas en recopilaciones de relatos breves, básicamente de género fantástico y de terror, estuvieron muy de moda en los años ochenta, con ejemplos muy ilustres como Creepshow, En los límites de la realidad, Los ojos del gato, Cuentos asombrosos e incluso, de un modo bastante sui generisWaxwork o Amazonas en la luna. En la actualidad, las estériles mentes de guionistas y productores intentan rescatar esta fórmula con productos como V/H/S o The ABC of Death, los cuales comparten únicamente el formato, en absoluto el espíritu.

The Willies (Brian Peck, 1990), la película que nos ocupa hoy, puede considerarse como uno de los últimos coletazos en la oleada ochentera del género. El planteamiento, que sirve como nexo y excusa para explicarnos algunas historias asombrosas, es uno de los más estereotipados de la cultura occidental: unos chavales, acercándose en su ciclo vital a una línea de meta donde les espera el trofeo de la adolescencia, se cuentan historias reales de terror en una tienda de campaña con deficiencias en la iluminación.


En una breve introducción pre-créditos ya nos cuentan dos brevísimas historias independientes, protagonizadas por el extraño menú de una cadena de comida rápida y las consecuencias de visitar en edad avanzada una atracción del pasaje del terror. Tras los créditos iniciales, los jóvenes campistas nos cuentan otro par de historias increíbles de cuya veracidad tienen fidedigna constancia.

La primera está protagonizada por el típico nerd en ciernes en el típico elementary school americano, que como no podía ser de otra forma es víctima del típico bullying. El bedel que en un principio sale en su auxilio y que promete defenderlo resulta ser [SPOILER] un terrible monstruo [/SPOILER]. Exceptuando el inusual contexto, el argumento no resulta excesivamente revolucionario, ni tampoco su desenlace. Sin embargo, las peripecias del crío para informar de lo que sucede en el lavabo de los chicos, luchando contra el escepticismo de la profesora y las collejas de los macarras, son realmente divertidas. También su dulce venganza supone un pequeño y cómplice placer para el espectador.

La segunda historia probablemente sea más morbosa. Gordy Belcher es -como Danny Hollister, el protagonista de la historia anterior- un muchacho solitario, un loser, sin amigos y con menos popularidad que la profesora de Latín. La revelación tardía de su extravagante afición, no consumada hasta transcurridos bastantes minutos, nos mantiene en vilo y hace que sigamos sus evoluciones con interés. Si en el primer relato sufrimos por Danny en sus idas y venidas entre el servicio de caballeros y un aula inmersa en un examen de quebrados, aquí deseamos saber con todas nuestras fuerzas para qué quiere Gordy el fertilizante robado al apestoso granjero Spivey. Una vez sabemos a qué dedica su tiempo libre, el interés no decae en absoluto, se mantiene a un alto nivel, como la actitud canallesca de Gordy. Al final, la moraleja no se aleja mucho de la esperada, pero eso, ni los altamente mejorables efectos especiales, no reducen nuestra satisfacción por tal desenlace.



The Willies es, por supuesto, una mala película. Por eso inauguramos con ella la etiqueta "Cine Cutre" de nuestro blog. Pero incluso tratándose de una serie B casi canónica encontramos elementos a destacar. La temática es plenamente juvenil; tanto los tres chicos que cuentan las historias, como los protagonistas de las dos principales, se sitúan en la amplia frontera que separa la infancia de la adolescencia. Esto nos conduce a pensar que si la hubiéramos visto en el momento de su estreno hubiéramos disfrutado aún más al sentirnos mucho más identificados (como nos pasa, salvando por supuesto las distancias, con E.T., Los Goonies, Exploradores, etc.).

El reparto tampoco es trivial; tenemos a un Sean Astin que aquí, a pesar de lo que digan los almanaques, está más cercano a Samsagaz Gamyi que a Mikey, a la monja de los Blues Brothers Kathleen Freeman y al entrañable James Karen, protagonista de esas dos joyas que son La divertida noche de los zombies y sobre todo El regreso de los muertos vivientes. Por otro lado, no nos entusiasma demasiado el inesperado cameo de Kirk Cameron y su hermana, interpretando a sus personajes de Los problemas crecen, así como el hermano pequeño de los Seaver como uno de los matones de la primera historia, pero ahí están y suponemos que en la época tendría su gracia.

Por lo demás, la banda sonora cumple su función sin estridencias ni emociones y los efectos especiales quizás estén por encima de la media de los productos de este tipo (con alguna que otra ayuda del montaje). Es una película cutre y previsible, sí, pero con monstruos dignos (aunque escasos), incoherentes gags ochenteros y sobre todo extrañamente divertida. Qué demonios, os la recomendamos con absoluta impunidad.

domingo, 10 de mayo de 2015

La efímera Era de Ultrón

En los últimos siete años, probablemente desde la primera de Iron Man (las de Hulk no cuentan y las de X-Men y Spiderman, por razones empresariales, menos) antes de ir a ver cada nueva película del Universo Marvel recitamos idéntico mantra: va a ser lo de siempre, un despliegue de efectos digit... especiales y personajes carismáticos, con un elenco de caras conocidas, argumento correcto pero sin alardes, chistes provocados por el cinismo de Tony Stark o el paletismo cuasiprovinciano de Thor o Steve Rogers, el religioso cameo de Stan Lee y poca cosa más. Y podemos afirmar que acertamos de pleno con esta última entrega de la franquicia estrella, Los Vengadores.


En La Era de Ultrón, Stark rebaja un pelín su sarcasmo (el fregao en el que se mete no invita a los chistecitos) y tanto el dios nórdico como el supersoldado muestran síntomas de acostumbrarse al enigmático siglo XXI. Que la frecuencia de gags sea inferior a la media de la factoría no la convierte en una película más seria. La empatía hacia personajes que ya nos han presentado, que conocemos y son como de la familia (como los primos frikis a los que les gusta construir cachivaches o practicar el tiro con arco) aporta la dosis de complicidad necesaria para hacer sentir cómodo al espectador. Una expresión del inexpresivo Hemsworth al chafar un juguete infantil o la reprimenda de Evans a los exabruptos de Downey Jr (y viceversa) son elementos suficientes para provocar la sonrisa a una audiencia ávida de guiños de este tipo. Los Vengadores son de los nuestros, los conocemos, tenemos nuestro favorito/a y nos gusta que luchen juntos pero, confesémoslo, también entre ellos.

Estamos ante un eslabón más en la larguísima cadena marveliana que Disney nos ha programado. Al parecer, el presunto agotamiento de la fórmula no parece ser una variable de demasiada importancia en la ecuación. La generación del -siempre malsano- hype a través de imágenes, teasers, tráilers a tutiplén y escenas post-créditos supone una garantía de éxito, por lo menos comercial. Muy seguros están los directivos de Disney del triunfo de la explotación del Universo Marvel. De momento, todos los índices que pueden representar dicho éxito les están dando la razón.

Y de manera merecida. Con sus defectos, Los Vengadores. La Era de Ultrón es una película muy divertida. No desmerece en absoluto a su antecesora, es más, nos atrevemos a decir que la supera. Si en la anterior una de las atracciones (y distracciones) se centraba en el trabajo de los guionistas para reunir a personajes tan dispares, en ésta, al estar los Vengadores ya reunidos, nos podemos concentrar más en la acción, en la lucha contra el enemigo común y en las relaciones de los protagonistas, constituyendo éstas una mezcla de perpetuo recelo, bromas asimétricas, frágil compañerismo y algún romance desconcertante.

El gran mérito de esta película es la dosificación de los personajes; no es tarea fácil repartir el protagonismo entre tanto superhéroe. Para colmo, en esta entrega hacen su debut tres más, dos de ellos de relativa importancia dentro del grupo. Alguno tiene más peso que otro, pero cada uno mantiene su cuota de pantalla a un nivel aceptable. Por ejemplo, el Capitán América y Thor, sin ser determinantes en la trama, tienen una participación muy activa en las escenas de acción. Los más débiles, como la Viuda Negra u Ojo de Halcón, no se limitan a ser meros comparsas sino que aportan matices destacables a la historia y a las relaciones de los personajes. Incluso algún gag que otro. El carisma sigue estando a cargo de Iron Man, así como el motivo de la crisis que da lugar a la historia. Probablemente en los cómics será el preferido de muy pocos, pero la personalidad del Tony Stark cinematográfico se merienda a los demás con bastante soltura. Y Hulk, nuestro Jeckyll y Hyde, el más débil pero a la vez el más poderoso, en formato verde se prodiga demasiado poco para nuestro gusto, pero el sufrimiento como doctor Banner queda bastante bien transmitido. A un personaje que es capaz de ganar una guerra él solito los guionistas deben cuidarlo (lo que no significa necesariamente que deban dosificarlo).

El villano de turno es otro de los puntos fuertes. De todas maneras, sus intenciones no acaban de quedar bien reflejadas; es el malo y quiere acabar con los Vengadores y, luego, con el planeta, y punto. Por su naturaleza existe un trasfondo, una motivación, un error informático, que queda plasmado en más de una ocasión pero con relativa confusión. En cualquier caso no es obstáculo para disfrutar de un villano con el alma de una inteligencia artificial instrumentada en un amasijo robótico que evoluciona y que llega a controlar a un ejército casi ilimitado de clones.

Lo demás no difiere mucho de lo que ya nos han ofrecido antes. El descomunal presupuesto tiene su reflejo en unas escenas de acción prácticamente insuperables, sin respiro para el espectador y de una coreografía impecable. Están tan bien realizadas que en ningún momento permiten el bostezo gratuito. Sin duda son increíbles, inverosímiles, pero forman parte de un juego cuyas reglas aceptamos en el momento de comprar la entrada.

Como hemos dicho, estamos ante un eslabón más, la maquinaria va a un ritmo vertiginoso y no se detiene. Pronto tendremos más aventuras por separado del Capitán América, Thor y quien tercie. Sabremos qué ha pasado con Hulk (puestos a pedir, no estaría mal una peli de Planet Hulk) y con esos versátiles (y poco carismáticos, no nos engañemos) nuevos Vengadores, con una Bruja Escarlata -personaje crucial en el Universo Marvel- más que digna pese a nuestra desconfianza inicial.

viernes, 17 de abril de 2015

Los tráilers (no) me convencen


Efectivamente, muchos aficionados al cine y prácticamente la totalidad de fanáticos de la saga Star Wars hemos podido disfrutar de estos casi dos minutos nuevos de contenido de la pel... del acontecimiento cinematográfico del año. La publicación, propagación y expansión de este teaser (1) ha tenido, tiene y tendrá más repercusión que la mayoría de películas estrenadas por estas fechas. No nos atrevemos a afirmar que la frase pronunciada al final del mismo por un envejecido (pero no tanto como nos temíamos) Han Solo pasará a la historia del Séptimo Arte, pero estamos convencidos de que será un merecido hashtag mundial durante semanas. Este hecho, el de que un tráiler sea casi tan esperado como una película, nos ha hecho reflexionar sobre la evolución en la producción y el uso de este instrumento, antaño comercial y hoy en día también artístico y social.

Queremos aclarar que el tráiler (o teaser!) que ilustra el primer párrafo de este humilde artículo no es en absoluto el desencadenante, al menos principal, de esta reflexión. Sería la excepción, pues consideramos -huyendo del fanatismo, o no- que todo lo que está generando está plenamente justificado.

Como siempre en estos casos, debemos comenzar por el principio. O por lo menos desde el momento que alcanza nuestra memoria. Antiguamente veíamos los tráilers principalmente en las salas de cine. Como ahora, más o menos, sólo que por aquel entonces formaban parte de una ceremonia muy esperada por la audiencia, con su cortinilla de MovieRecord incluida. También podíamos ver tráilers por televisión, de un formato más breve que los rebajaban a la categoría de anuncio. Ahora estos tráilers, por la voracidad comercial de las televisiones privadas, vienen insertados en los informativos disfrazados de noticia.

Incluso en muchas de las cintas que alquilábamos en los videoclubs podíamos disfrutar de aquel suculento contenido extra que suponían los tráilers justo antes de la típica pantalla azul con el número de registro y la clasificación legal. En este caso la efectividad era menor, porque cuando veíamos una película de una antigüedad media, los tráilers, grabados a fuerza de impulso magnético en aquella cinta e imposibles de actualizar, habían perdido vigencia.

Por aquella época tenían un elevado componente romántico. En infinidad de ocasiones llegamos a aprendérnoslos de memoria porque, aunque fueran superproducciones de presupuestos estratosféricos, el tráiler era siempre el mismo. Posteriormente, al ver por fin la película, disfrutábamos, con algún que otro fiasco del cual culpábamos al doblaje, del ejercicio de reconocer las memorizadas escenas del tráiler. Ahora salvo contadas excepciones como "Chewie, we're home" o "We have a Hulk", nos obligan a consumir las imágenes a tal velocidad que el sujeto y el predicado de los diálogos a duras penas aúnan fuerzas para incrustarse en nuestra selectivísima memoria.

Si hace 30 años sólo podíamos contar con uno, dos a lo sumo, tráilers por película, la proliferación actual es abrumante. Suponen un acompañante en paralelo a la producción, que sueltan imágenes a cuentagotas cada cierto tiempo para mantener el interés, las ganas de verla, el contradictoriamente perverso hype, en los espectadores. Cada nuevo estreno -sí, ya no sólo se estrenan películas, también se estrenan tráilers- es un acontecimiento aplaudido por esa masa tan abstracta pero a la vez tan concreta como son las redes sociales.

Sin ir más lejos, el lunes pasado pudimos ver nada menos que 4 tráilers nuevos, de 4 blockbusters (otro palabro) de este año: Ant-Man, Jurassic World, Los Vengadores y Terminator Genisys.



Los primeros teasers no dejan de ser fragmentos del material ya rodado, conectados con una lógica precaria, o un despliegue de efectos especiales no apto para retinas sensibles. Conforme se acerca la fecha del estreno estos avances cada vez van mostrando más -obviamente deben mostrar algo que no hemos visto hasta entonces-, hasta prácticamente revelarte la trama de la película entera. En el 99% de los casos no dejamos de ir a verla por esta circunstancia, por lo que es una práctica que no caerá en desuso por parte de los productores, pero sí que es inevitable el sentimiento de decepción o incomprensión desde el punto de vista del espectador.

Hay varios factores que han influído en la evolución de este producto -gratuito y, por tanto, extremadamente popular-, pero nos gustaría destacar dos. Por un lado, la digitalización. A nivel técnico es mucho más fácil ahora montar una película (lo que no significa que tenga menos mérito). Por consiguiente, se puede preparar un teaser en cualquier momento, en cuanto se tenga un mínimo de material grabado. Como una máquina de hacer churros...

El otro elemento que ha facilitado la masiva presencia de estas dosis de hype son los blogs y las redes sociales. No necesitamos ir al cine o esperar a que en la tele nos pongan el anuncio para ver a un Schwarzenegger casi septuagenario soltar mamporros a su alter ego ochentero en la nueva de Terminator, o para aprendernos el nuevo chascarrillo de Robert Downey Jr. como Tony Stark. En cuanto la productora lo vomite, en cuanto exista, podemos verlo ipso facto, tantas veces como queramos.

Nuestra humilde moraleja es que hay que consumir los tráilers con moderación. Es un tipo de producto audiovisual que ha evolucionado de manera paralela al cine, sobre todo el comercial hollywoodiense, por lo que no hay que denostarlo en exceso. Pero sí que tenemos que verlos con prudencia, sin que nos perjudique la actitud previa, sin olvidar que lo verdaderamente importante, lo que nos gusta y emociona y nos hace pagar una entrada y sentarnos en una butaca, es la película.



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1. En su momento nos costó asumir que la palabra trailer no designaba únicamente un camión muy grande y ahora nos implantan nuevos términos plagados de matices...

martes, 30 de diciembre de 2014

Las mejores del 2014

En época de ránkings y resúmenes del año, me vais a permitir ofreceros una lista de las 10 mejores películas que he podido ver con fecha de estreno en España (s.e.u.o) en 2014.
Siempre según el extraño criterio de @mermecolion.
Para darle emoción, las citaré de la última a la primera.

10. Snowpiercer (Bong Joon-ho)

9. Her (Spike Jonze)

8. Al filo del mañana (Doug Liman)

7. Coherence (James Ward Byrkit)

6. El Hobbit. La Batalla de los Cinco Ejércitos (Peter Jackson)

5. El Amanecer del Planeta de los Simios (Matt Reeves)

4. El Lobo de Wall Street (Martin Scorsese)

3. Perdida (David Fincher)

2. Interstellar (Christopher Nolan)

1. Guardianes de la Galaxia (James Gunn)



sábado, 6 de diciembre de 2014

Cinco razones por las que (no) nos gustará Star Wars VII


Hace aproximadamente una semana pudimos ver las primeras migajas de lo que será el nuevo episodio de una de las sagas del cine con mayor número de fans (si no la que más), Star Wars o La Guerra de las Galaxias. Del escaso material que enseñaron, para todos los gustos y recurriendo a elementos icónicos de la franquicia para garantizar el hype, pocas conclusiones podemos extraer. Algo muy lógico a estas alturas, nunca mejor dicho, de la película.

La presentación de este tráiler no ha supuesto otra cosa que un hito más en el largo camino que comenzó cuando Disney compró Lucasfilm, continuó cuando se anunció que la exitosa (y lucrativa) saga creada por George Lucas iba a tener más entregas, y que finalizará (temporalmente) a finales de 2015 con el estreno de este séptimo episodio. En todo este recorrido las opiniones en blogs y redes sociales, como no podía ser de otra manera, se han vertido como cataratas. Y en un porcentaje inusitadamente alto, las valoraciones han tenido una connotación negativa y pesimista, algo muy curioso teniendo en cuenta que se trataba de opinar sobre una película que ni siquiera se había empezado a rodar.

No obstante, este pesimismo, que no compartimos en absoluto, puede estar justificado aunque sea de manera inconsciente e irracional. En un ejercicio de abogacía diabólica, vamos a enumerar cinco posibles razones por las que fans y no fans de Star Wars pueden prescindir del entusiasmo mientras esperan el estreno de esta nueva entrega.

1. Expectativas demasiado altas...


... y por tanto demasiado difíciles de satisfacer. Sin duda es la razón principal y está directamente relacionada con las otras cuatro y con casi todo el resto de posibles argumentos. Los espectadores esperan mucho con razón, porque es una franquicia con gran repercusión en la historia del cine y de la ciencia-ficción, con influencia en otras películas y en otros medios como la literatura, los cómics o la televisión. Llegar al nivel de todo lo que ha conseguido la trilogía inicial de Lucas es prácticamente imposible.

2. El trekkie J.J. Abrams.


Para añadir más controversia al proyecto, a los magnates de Disney no se les ocurrió otra cosa que contratar a J.J. Abrams como director y guionista. No es suficiente con que haya recuperado de una manera tan brillante la saga Star Trek para el cine, ni sea el responsable de películas como Super 8. Siempre le recordaremos con rencor por el desastroso final de la serie Lost. Es más, se ha llegado a decir que el hecho de dirigir Star Trek era incompatible con la dirección de Star Wars.
Suerte que tenemos al bueno de Larry Kasdan pululando por ahí.

3. La anterior trilogía.


Gran parte del escepticismo ante este nuevo episodio está provocado por la decepción que supuso la anterior trilogía. A nivel argumental hacer una precuela supone todo un reto, ya que el espectador conoce de antemano el statu quo resultante y la capacidad de motivar y sorprender se reduce. A pesar de contar con un reparto espectacular, la pobre historia, la falta de carisma de algunos personajes -el carisma es algo que surge, no se puede forzar- y la lejanía con la esencia de la trilogía inicial convirtieron a las tres películas, sin ser rematadamente malas, en una mera sucesión de efectos digitales.

4. La adaptación a los tiempos modernos.



Sin duda uno de los grandes retos del Episodio VII es conseguir que los efectos digitales no solapen el resto de aspectos de la película, como ya pasó -y hemos mencionado en el punto anterior- en la anterior trilogía. Los efectos especiales deben ser una herramienta al servicio del guión y no al revés. Por desgracia en el cine actual de acción y ciencia-ficción se está sustituyendo con demasiada frecuencia la creatividad por el alarde visual que permiten los ordenadores. Cierto es que no esperamos ver, o intuir, a otro Kenny Baker dentro de R2-D2 (es mentira, lo deseamos), pero tampoco queremos ver una película de animación por ordenador o un videojuego.

5. El recurso a las viejas glorias


Sería inconcebible asistir a la evolución de la historia en esta galaxia muy, muy lejana sin la familia Skywalker, sin Luke, Leia o Han Solo. Necesitamos personajes carismáticos, que conozcamos y con los que sintamos afinidad. En las precuelas echamos un poco de menos a nuestros héroes, apenas teníamos a Yoda, a los jóvenes Obi Wan Kenobi y Anakin Skywalker y a los androides. Además ahora el tiempo juega a nuestro favor, los actores están notoriamente más viejos, paralelamente a los personajes que interpretan. Por tanto, sería lógico y agradecido por los fans contar de nuevo en el elenco con Mark Hamill, Carrie Fisher y Harrison Ford, entre otros. Sin embargo, tenemos una mala experiencia con la resurrección de viejas glorias. Sin ir más lejos, el propio Ford en la cuarta parte de Indiana Jones, Arnold Schwarzenegger en las últimas Terminators o Bruce Willis en la innecesaria quinta entrega de La Jungla. En todas ellas han tenido que ceder gran parte de su monopolio de protagonismo a otros personajes, a actores más jóvenes, y en esta Star Wars seguramente también sucederá. Es algo tan comprensible como encomiable es el esfuerzo que hacen estos actores por seguir interpretando a los personajes que les dieron la fama. En cualquier caso, la carencia de personalidad de esta nueva hornada de actores debe ser suplida por otros aspectos en la película, que permitan crearnos nuevos héroes y doten de consistencia a la franquicia.

A pesar de todo, el día del estreno acudiremos con ilusión y expectación, conscientes de la posibilidad de que haya cosas que no resulten totalmente fieles al universo creado por Lucas por la inevitable adaptación a la nueva generación de espectadores, pero esperando recibir en nuestra butaca lo que siempre esperamos cuando acudimos a una sala de cine: entretenimiento.

sábado, 11 de octubre de 2014

Fincher lo ha vuelto a hacer


Es muy difícil decir nada sobre Perdida sin que se escape algún temido spoiler, pero lo intentaré. Porque David Fincher lo ha vuelto a hacer. Ha vuelto a sorprendernos. En Perdida abundan las sorpresas y los giros inesperados y puedo decir que, en el año 2014, Fincher aún consigue plantearnos situaciones imprevisibles, en las que no tenemos ni una ligera sospecha de lo que va a pasar a continuación.

Naturalmente, la intensidad de estas sospechas depende de cada espectador. Hay a quien le gusta especular, decir con rotundidad quién es el asesino, y disfruta con ello. Yo prefiero dejarme llevar, seguir las pistas que te va soltando a cuentagotas el guión y elaborar mi teoría sin descartar el resto de alternativas. Y también disfruto con ello. Esta película no sigue el típico esquema cronológico ni mucho menos; no revela quién es "el malo" al final de la película desmoronando nuestras modestas pero convencidas elucubraciones. O no necesariamente. Y ahí reside para mí la orginalidad y la capacidad para sorprender a una audiencia tan experimentada. Lo que sí utiliza es el recurso que funciona tan bien de ir ofreciendo pistas, algunas por casualidad y otras gracias a deducciones más o menos verosímiles de los personajes. Eso sí, siempre contradictorias unas con otras, para despistarnos y para engancharnos a la trama por el deseo de saber la solución al enigma.

Porque los personajes son engañados, pero nosotros, hasta el momento en que a Fincher le da la gana y con determinados elementos -alguno aparentemente intrascendente y cuya única utilidad parece la de un mero instrumento narrativo-, también. Está muy presente el juego de no saber qué es verdad y qué mentira, o hasta qué punto tal personaje dice la verdad. Pero con moderación, en su justa medida. Hay revelaciones críticas al espectador que, por otro lado, no desembocan en una pérdida de tensión o de interés. Aún sin escenas de acción, en dos horas y media no hay ni un momento para el bostezo.


Paralelamente a la investigación de un presunto crimen coexiste una crítica social. Se expone, rozando la ridiculización, cómo los medios de comunicación influyen en la opinión de los ciudadanos y, especialmente, cómo condicionan la forma de actuar de las víctimas de la tragedia. Condicionan porque hasta una simple sonrisa puede conducirte a la inyección letal. Las masas juzgan, pasan de la inocencia a la culpabilidad con la misma velocidad con la que se pasa del amor al odio en un matrimonio. Nosotros lo vemos desde lejos, resguardados en nuestra cómoda butaca, convencidos de que lo que nos separa de ellos no son las filas de distancia con la pantalla sino todo el Océano Atlántico. Nos gusta pensar en lo raros que son los americanos. Nosotros jamás seremos así...

David Fincher tiene varias películas excelentes en su filmografía y Perdida es una más. Es de las que apetece un revisionado a corto plazo, algo de lo que muy pocas películas pueden presumir. Como he dicho, la capacidad de sorpresa depende del espectador, pero lo que no se puede negar es que engancha, es muy entretenida e incluso invita a la reflexión. Fíjense, me ha gustado tanto que ni siquiera he criticado a Ben Affleck.

sábado, 20 de septiembre de 2014

El tiempo no pasa tan deprisa en 'Boyhood'


Sin ser una película del perfil que más me gusta, la avalancha de elogios, alabanzas y orgasmos colectivos que Boyhood (Richard Linklater, 2014) estaba acumulando hizo que mi curiosidad se despertara. Ya sabía a lo que me enfrentaba: una película rodada durante más de una década, siempre con los mismos actores, que narra los distintos momentos de la infancia y la adolescencia de Mason, un chaval cualquiera. Así que ayer aproveché para de paso rememorar viejos tiempos acudiendo al antigo Cine Florida de Barcelona (hoy los Renoir Floridablanca), concretamente a la sala 2, la única que permanece estructuralmente intacta desde los tiempos en que la visitaba con una periodicidad prácticamente mensual.

A priori, el planteamiento es original -en el sentido de que, por culpa de la urgencias de la industria, es algo que casi nunca se ha hecho- y el esfuerzo de todo el equipo notable y aparentemente admirable. Una vez reconocido esto, que no es poco, nos queda disfrutar del producto. El grado de satisfacción, no obstante, es diferente en los tres ámbitos en que podemos dividir, a grandes rasgos, la película: el mensaje, la emoción y el entretenimiento.

El mensaje que transmite va intrínsecamente ligado a su peculiar estructura. Y lo resume excelentemente una excelente Patricia Arquette casi al final de la película. Tanto ella, como el desconcertante Ethan Hawke y el resto de personajes adultos, así como nosotros los espectadores, somos testigos del inexorable paso del tiempo a través de la evolución de la personalidad y la anatomía de Mason. Mientras él vive el momento (a su manera), nosotros nos percatamos de que cada vez somos más viejos cuando observamos sus "estirones". Tengo que reconocer que las transiciones de un momento de su vida a otro, el salto temporal, está realizado de una manera muy sutil, en absoluto abrupto, sin cortar el ritmo. Es suficiente con que nos muestren un corte distinto de pelo o la "pelusilla" de la pubertad que asoma bajo su nariz para indicarnos que ha transcurrido un año (ó dos, ó sólo meses, no importa), sin necesidad de puntos críticos ni situaciones traumáticas. Aunque en algún caso éstas efectivamente se producen.

En cuanto a la emotividad, que dada la ausencia de argumento debería ser el punto fuerte de Boyhood, tiene muchos altibajos. Hay algún momento de tensión, otros mínimamente cómicos y los supuestamente emocionantes se ahogan por el carácter con tendencia al monosilabismo de Mason. La mayor carga de emotividad la aporta su madre y las distintas vicisitudes (profesionales, económicas, sentimentales) a las que se enfrenta, siendo, efectivamente, el niño y su hermana víctimas de ello. En ese sentido, y me adelanto al siguiente párrafo, se puede decir que la película refleja a la perfección lo anodino de la vida de un adolescente. El personaje que interpreta la Arquette es de lo mejor de la película; como su hijo también evoluciona y casi todo lo que a él le pasa -y por tanto, la enjundia de la historia- es producto de las decisiones de ella. El personaje del padre intenta aportar el toque desenfadado en apariencia con drama familiar subyacente, pero adolece de la voluntariosa mediocridad de Ethan Hawke. La hermana, Samantha, se diluye como un azucarillo en la historia. Como en la vida misma, los hermanos comparten durante la infancia casi las 24 horas del día, domicilio familiar (incluso dormitorio), excursiones, tragedias, escasos momentos de alegría. Luego, como dicta el ciclo vital, los caminos divergen. En ese sentido la utilización del personaje es bastante correcta. El resto de secundarios tienen poco carisma y me parecen infrautilizados. Teniendo en cuenta las dificultades técnicas del proyecto (es posible que no se pudiera contar con tal actor en tal momento del rodaje), se echa en falta una mayor conexión entre los distintos puntos temporales de la historia, un mayor anclaje a través de personajes distintos a la madre o el padre; que alguien con relevancia al comienzo (hermanastros, compañeros de colegio, etc.) apareciera al final para reforzar la idea principal, la de la rapidez del paso del tiempo.

Una pintura que quiere abarcar 13 años requiere un lienzo considerable; resulta inconcebible explicar lo que pretende Boyhood en la duración estándar de un largometraje. La duración es adecuada para la magnitud y naturaleza del producto, sin embargo, acusa una irregularidad injustificada. En su conjunto no es una película aburrida, pero sí hay momentos en los que se puede hacer pesada. La primera mitad se consume bien, con agrado, pasan cosas más o menos interesantes. Pero cuando el chaval ya es adolescente y no tan entrañable, la hermana desaparece y con ella sus trifulcas, la madre comete errores que nos resultan familiares y el padre se deja bigote, empiezan a aflorar los pasajes en los que el tiempo ya no pasa tan deprisa. Para mi gusto, el recurso ¿fácil? del gag que nos extrae una sonrisa está infrautilizado y nos hubiera ayudado a digerir algunas escenas especialmente insustanciales. Quizás hubiera sido demasiado comercial pero la película sin duda se presta a ello.

Como conclusión, Boyhood es un experimento muy meritorio, con una dirección y producción impecable. Por desgracia se olvida de los espectadores que, en nuestra modestia e ignorancia, consideramos el cine como un entretenimiento.

domingo, 8 de junio de 2014

Días del Futuro Pasado



Aviso a la población. Este artículo, aunque tremendamente humilde, puede contener algo conocido como spoiler. Si no has visto la película y te interesa verla, te recomendamos que lo leas una vez la hayas visto.



Tal como sucedió el año pasado con El Hombre de Acero, los pronósticos no han sido del todo acertados y éste no ha sido el estreno del año, lo que significa que los Guardianes de la Galaxia lo tienen mucho más fácil ahora.

Porque éste es el principal problema de X-Men: Días del futuro pasado, las expectativas (lo que se conoce ahora en la jerga del pueblo como hype, para que todo el mundo lo entienda) eran muy altas. Sin duda se trata de una excelente película, que consolida la que probablemente sea la mejor saga cinematográfica de superhéroes (con permiso del murciélago de Nolan). Pero desgraciadamente se queda lejos de su predecesora, X-Men: Primera Generación. Las comparaciones entre ambas son su segundo problema.

Primera Generación es una película redonda desde las escenas iniciales, donde nos muestran los primeros pasos de los dos líderes mutantes, pasando por un villano que no porque tenga el rostro ultraconocido de Kevin Bacon deja de hacernos sentir admiración, e incluso respeto, hasta terminar con una apoteosis de destrucción y de exhibición de poderes. Días del Futuro Pasado también comparte la mayoría de estos elementos, pero muchos nos resultan ya pelín recalentados. La novedad, la frescura, la aporta Lobezno, el mejor personaje de Marvel junto a Spiderman, pero con el rostro de un Hugh Jackman que exhibe ciertos síntomas de agotamiento. Quizá sea por la falta de adamantium en su esqueleto, quién sabe...

Se echa mucho de menos más escenas de acción. Una de las más memorables, que todos tenemos en mente, la protagoniza nuestro querido Mercurio, el cual estamos deseando que cambie de década para verlo con un look menos teenager. El guiño hacia la presunta paternidad de Magneto es también de agradecer. Aparte de dicha fuga de Magneto del Pentágono (acusado del asesinato de Kennedy, claro que sí), nos queda la secuencia final del ataque final a la Casa Blanca, intercalada con la resistencia de la cuadrilla de mutantes con los Centinelas en el futuro. Poca cosa para lo que Marvel y el cine de acción actual nos tiene acostumbrados.

Sin duda Magneto, a pesar de -el irregular en la elección de sus papeles- Michael Fassbender, es el mejor personaje de la película. No obstante, el hecho de aparecer a mitad de la historia y no acaparar su merecido protagonismo hasta la última media hora, puede despistar a los (escasísimos) espectadores que no hayan visto las precuelas ni conozcan los entresijos de estos mutantes. El ataque final es brutal, es sublime, pero en la primera hora de la película todos seguíamos las -interesantes, sin duda- andaduras de Logan, que en ese momento estaba ahogándose en el fondo del Potomac.

Luego están las tirrias personales. Nicholas Hoult no acaba de convencer para representar a Bestia, uno de los mutantes más importantes, ni siquiera en su modo berserker. Y en cuanto a Mística, la Lawrence es la monda, pero nos quedamos con la Romjin por motivos obvios:


Resumiendo, es una película divertidísima y altamente recomendable, que hará las delicias de fans y no fans de la saga de los mutantes. Pero que tiene la elevada presión de su predecesora y de unas expectativas que llegan a alcanzar, pero sin soltar el lastre de una capacidad de sorpresa cada vez más escasa entre los espectadores.


viernes, 30 de agosto de 2013

Mundos Futuros

En el cine y la literatura de ciencia-ficción, la mayoría de historias comparten una misma ubicación temporal: el futuro. La incertidumbre del ser humano acerca de lo que sucederá dentro de siglos y milenios, o incluso la semana que viene, conceden al autor una imprescindible flexibilidad y una enorme libertad creativa. Pocas historias del género se remiten a hechos acontecidos en el pasado y, las que lo hacen, guardan una inevitable relación con el fenómeno de los viajes en el tiempo. En el futuro todo es posible; si contamos cualquier barbaridad científica ambientada en el futuro, resulta hasta verosímil.

Otra cosa muy distinta es la cuestión de la ubicación espacial. En este sentido, existen dos posibilidades: contextualizar la historia en mundos lejanos a los que sólo es posible acceder a través del hiperespacio o viajes a una velocidad superior a la de la luz; o bien, contamos las peripecias de nuestros protagonistas en nuestro querido planeta Tierra, el cual ha sufrido un lavado de cara utópico o distópico en función del mensaje a transmitir por parte del autor.

En el primer caso, las posibilidades son tan ilimitadas como la imaginación de artistas y guionistas a la hora de diseñar planetas y extraterrestres. Para los autores que prefieren permanecer en el Planeta Azul, la creatividad básicamente se limita a imaginar, en el peor de los casos, cómo sería nuestro planeta tras una invasión alienígena, la caída de un meteorito, una guerra nuclear o una rebelión de robots. Si la evolución de la civilización va viento en popa y no sufrimos este tipo de infortunios, lo máximo a lo que podemos aspirar es a una sociedad como de la que intenta fugarse Logan o algo peor, más huxleyano.

Este verano del 2013, cinematográficamente hablando y en lo que respecta a superproducciones, ha sido especialmente generoso con el género de la ciencia-ficción, con un resultado de aprobado alto. Lo que resulta curioso, teniendo en cuenta el abanico tan amplio (casi infinito) de posibilidades, es que salvo la excelente Star Trek: En la Oscuridad (por motivos entendemos que obvios), todas las películas han optado por esta segunda alternativa de ambientar la trama en la Tierra.

Películas como Guerra Mundial Z o Pacific Rim, si bien suceden en nuestro castigado planeta y responden al patrón de respuesta y lucha contra una amenaza concreta y poderosa (zombis y kaijus respectivamente), las podemos obviar del análisis al situarse temporalmente en un futuro no demasiado lejano. Pueden catalogarse dentro de la ciencia-ficción, pero de un tipo bastante light.

Son tres las películas que han motivado esta reflexión y, en consecuencia, este artículo. Películas que transcurren en una Tierra devastada, en un futuro lejano y muy diferente al presente, y que impregnan a la historia ese pesimismo que nos resulta tan morbosamente atractivo.


After Earth, del otrora prometedor director M. Night Shyamalan, es una película pésima. El estatismo del (aún) admirado Will Smith y la absoluta falta de carisma de su hijo Jaden no contribuyen en absoluto a entusiasmar al espectador. A pesar de esto, la destacamos porque el contexto donde sucede la acción tenía un enorme potencial: un planeta Tierra donde la propia naturaleza y unos alienígenas muy poderosos (pero en el fondo realmente absurdos) han obligado al ser humano a emigrar a otros mundos. Smith e hijo acaban aterrizando por accidente en un planeta ahora hostil y la única forma de escapar es vencer el miedo. Y ya está. Previsible hasta para un alma cándida como la nuestra.


Muy diferente es Oblivion, de Joseph Kosinski. Aquí, la tecnología se nos vuelve a ir de las manos y nos vemos obligados a buscar un refugio fuera de nuestra atmósfera. Una película muy correcta, entretenida e interesante, que utiliza elementos de la ciencia-ficción (lo que nos gusta mucho) para contribuir a la intriga y a desenlaces inesperados. Criticada por la omnipresencia de Tom Cruise, algo que resulta sistemático y recalcitrante (la crítica, no la presencia de Cruise) y por la lentitud de algunas secuencias, contiene elementos algo tópicos, es cierto, y alguna incomodidad en el guión, pero el contexto es digno de análisis y la historia concede sorpresas que no son mayúsculas pero que consiguen engancharnos.


Un gran equilibrio entre película de acción y mensaje catastrófico lo encontramos en Elysium, del sorprendente Neill Blomkamp. La Tierra es de nuevo un puñetero desastre y los pocos que viven bien (y muy bien) lo hacen en una particular estación espacial. De las analizadas es la más completa, ya que combina con éxito una transmisión muy contundente de un mensaje político, muy acertado en los tiempos actuales, con dosis de acción, efectos especiales y puñetazos que satisfarán a los que sólo buscan honestamente lo superficial. Le falta algo de solemnidad y el pulido de algunos trazos del guión para convertirse en un clásico del género

Como hemos podido ver, este año no nos hemos tenido que ir muy lejos para vivir en las salas de cine un futuro donde nos dominan las máquinas o hemos sido subyugados por robots o alienígenas. Serán estos robots o alienígenas, que nos obligan a marcharnos o a agachar la cabeza, algún tipo de metáfora? Nunca lo sabremos. Éste es precisamente el poder de la ciencia-ficción.

miércoles, 7 de agosto de 2013

En la Oscuridad

Con relativo optimismo acudimos a ver la nueva entrega de la cinematográficamente remodelada saga Star Trek. El buen sabor de boca que nos dejó la anterior y las excelentes críticas constituían nuestro principal argumento. También la admiración por la saga en cuestión, la pasión por la ciencia ficción y la curiosidad por contemplar el nuevo trabajo del injustamente denostado J.J. Abrams contribuyeron a mantener nuestro interés a un nivel muy alto.
Tal es la tirria que muchos fans profesan hacia Abrams que ya, a día de hoy, vaticinan un rotundo fracaso al futuro (no tan, tan lejano) de la saga rival Star Wars una vez publicado que él era el principal responsable. Por un lado, la adopción de Lucasfilm por parte de Disney provocó no pocos chistes y crossovers (Darth Vader + Mickey Mouse, ya me entienden) al respecto. Por otro lado, J.J. Abrams es un cineasta que ha sabido entusiasmar y decepcionar a sus seguidores casi a partes iguales. A pesar de sus -casi imperdonables- deslices, es un hombre valiente, consciente de la responsabilidad que conlleva tomar las riendas de una franquicia con millones de fans apasionados, que llevarán al paroxismo la minuciosidad con la que observarán cualquier detalle de su trabajo. Un tercer argumento en contra de la asunción de Abrams al universo Star Wars era su implicación en el universo -incomprensiblemente incompatible- Star Trek.

Dada la absurdidad de esta argumentación, nosotros optamos por esperar a que las salas proyecten las nuevas aventuras de la familia Skywalker (o lo que nos tengan deparado los guionistas) para pronunciarnos. Y confesamos que la presencia de Abrams supone una garantía de que no nos dejará indiferentes. Para bien o para mal. Es más, creemos firmemente que será difícil que sean inferiores a los resultados que nos ofreció el propio padre de la saga, el incuestionable George Lucas, con sus episodios I, II y III.

De momento tenemos dos entregas de Star Trek, ambas excelentes. Incluso esta segunda, Star Trek: En la Oscuridad es superior a la anterior. Y es superior a la mayoría de películas de acción y ciencia ficción que hemos visto últimamente.

El comienzo no puede ser más espectacular e indicativo de lo que nos espera, con los tripulantes de la Enterprise jugándose literalmente la vida. El desenlace de esta secuencia inicial, emocionante pero aparentemente trivial, supondrá un importante condicionante en las relaciones personales de los protagonistas. A partir de aquí se sucederán una serie de actos terroristas y de espionaje que hemos visto en infinidad de ocasiones pero que conservan su prestancia de una manera muy sólida.

La película mantiene un ritmo muy elevado durante las aproximadamente dos horas de duración. Son pocos los momentos de respiro que deja al espectador con planos largos o diálogos extremadamente filosóficos. Y eso nos complace, sin duda. En el terreno interpretativo destaca sobremanera el actor inglés Benedict Cumberbatch, hasta ahora conocido por su papel de Holmes en la serie Sherlock pero del que seguramente oiremos hablar mucho de aquí en adelante. Su presencia, en el papel del villano Khan, incrementa el prestigio de la narración a niveles casi shakesperianos. En el otro lado nos encontramos haciendo del Capitán Kirk con un voluntarioso Chris Pine en busca del carisma que sin duda ha alcanzado Zachary Quinto en su papel de Spock. No se trata de una aventura de un solo héroe, en la tripulación de la Enterprise hay miembros para todos los gustos, pero en esta película, aparte de Kirk y Spock, únicamente destacaríamos los personajes interpretados por Simon Pegg y Karl Urban. El resto apenas resultan importantes para la trama y, especialmente, empáticos para el espectador. Tal vez la aparición de Alice Eve aportaría algo de frescura, siempre sin quitar protagonismo a los tres personajes principales.

La historia contiene alicientes interesantes y que siempre encuentran el gancho con el espectador: enemigos que se vuelven aliados, traidores, revelaciones sorprendentes... Tal vez estas sorpresas no sean del todo imprevisibles y se abuse un poco de los momentos de tensión, como las famosas cuentas atrás que se detienen en el momento justo (confiamos en que esto no será un spoiler), pero cumplen sobradamente su función y no estropean en absoluto el producto final.

Un producto elaborado con cariño. Técnicamente impecable. En las películas de ciencia-ficción, donde se muestran elementos que no existen en la realidad como androides o naves espaciales, los efectos por ordenador son menos escandalosos, siempre es más fácil y agradecido el uso de la tecnología digital. Pero para conseguir la ansiada y ambigua verosimilitud hacen falta recursos económicos, que los hay, y artísticos. Y de estos segundos también hay de sobra.

En conclusión, Star Trek: En la Oscuridad es una película que cumple el propósito mínimo, entretener, y que además emociona y nos mantiene en tensión sin dejar de recompensarnos con esos gags necesarios para rebajarla (mención especial a la particular personalidad del señor Spock y al bueno de Simon Pegg).
Señores, estamos ante una de las mejores películas del año.

viernes, 28 de junio de 2013

Y la kriptonita?


Con cierta impaciencia esperábamos el estreno de El Hombre de Acero, la última producción del aclamado cineasta británico Christopher Nolan. Tras el rotundo éxito cosechado por la trilogía de Batman, esta incursión en el otro gran icono del Universo DC tenía un listón muy alto que superar. Además, el hecho de que la dirección corriera a cargo de Zack Snyder elevaba un poco más ese listón. Un director con una carrera no muy longeva pero caracterizada por obras de indudable solvencia estética. Obviamente, la preocupación de Snyder por elementos poco convencionales en sus producciones le ha reportado más críticas que elogios, lo que no impide que se mantenga fiel y coherente a unos principios de manera realmente encomiable. Con él, sabemos que el despliegue visual está asegurado, más allá de que la historia que subyace nos acabe o no de convencer. Y para terminar de justificar su elección no hay que olvidar a esas dos grandes películas (también con sus furibundos detractores y recalcitrantes parodias incorporadas) basadas, como Superman, en cómics, como son 300 o Watchmen.


La historia del superhéroe más famoso de todos los tiempos la conoce todo el mundo. Y quien no sea aficionado a los cómics habrá podido ver sin duda la maravillosa película de Richard Donner de 1978, Superman. Tal vez sea esta sabiduría popular, junto a la voluntad de no aburrir al espectador con los archiconocidos orígenes del héroe, lo que haya motivado el planteamiento narrativo de la primera parte del film. Tras un prólogo muy convincente, donde Russell Crowe ejerce de un Jor-El ciertamente digno y nos presentan al antagonista de la historia, un General Zod encarnado por un también indóneo Michael Shannon (Lex Luthor sin duda será un as en la manga para futuras entregas), nos encontramos con un Kal-El-Clark Kent-Superman en el presente, ya adulto. Las evoluciones de niñez y adolescencia se nos van ofreciendo a través de flashbacks, los cuales en algún momento pueden resultar algo repetitivos o inoportunos, pero que nos resultan interesantes porque aportan una manera novedosa de explicar esa historia tan conocida del crío extraterrestre que aterriza en un rancho de Kansas y se convierte en una especie de marginado en el colegio e instituto. En esta ruptura de la linealidad en la presentación y disección del personaje se nota mucho la mano de Nolan.

Ya hemos destacado la prestancia de Jor-El y Zod, siendo su rivalidad uno de los ingredientes más atractivos de la película. Amy Adams, interpretando a Lois Lane, también cumple sobradamente con un interesante papel aunque, en algunos momentos, su presencia en determinadas situaciones pueda resultar desconcertante. En el otro lado de la balanza situamos a Henry Cavill. Un gancho para el público por su físico impecable, cumple con su rol de insensible extraterrestre pero carece del carisma que sin duda poseía su antecesor en el cargo de kriptoniano, Christopher Reeve. Probablemente uno de los motivos sea la testimonial presencia del reportero Clark Kent. Entre las cualidades más conocidas y reconocidas de Superman una es su dualidad, su doble personalidad de héroe-ciudadano, lo que transporta al espectador a situaciones a medio camino entre el suspense (por mantener en secreto su identidad) y la comedia. Y en El Hombre de Acero no se explota. Sí, buscamos la novedad, que nos expliquen la historia que conocemos al dedillo de manera diferente, pero también nos hace gracia que el superhéroe creado por Jerry Siegel y Joe Shuster visite de vez en cuando una cabina telefónica.

La aportación de otros secundarios de renombre, como Kevin Costner, Laurence Fishburne o Diane Lane, es suficiente pero escasamente conmovedora. En este sentido, el único que debe sentirse plenamente satisfecho y puede incluir esta película en su currículum -tampoco sin excesivos alardes- es Russell Crowe.



Precisamente otro elemento del que carece El Hombre de Acero es el toque cómico. Es verdad que Superman no es tan sarcástico como Iron Man, pero tampoco debe ser tan sublimemente serio como Batman. Los gags no son un ingrediente que Nolan y Goyer utilicen para romper la tensión en momentos determinados de la trama, recurso demasiado académico pero efectivo. Podemos contar dos, a lo sumo tres. Y relativamente gratuitos. Y eso que el espectador aguarda morbosamente los momentos en que el muchacho de Krypton sorprende con sus poderes a los incautos humanos que lo desafían. No sólo no se abusa de este gag fácil pero resultón, sino que es lamentablemente testimonial.

Lo que parecía una película trascendental, con mensaje filosófico y/o religioso -algunas analogías con Jesucristo, por ejemplo, son evidentes-, no es más que otra película de superhéroes. La segunda mitad es un imparable despliegue de medios técnicos, efectos especiales y acción a raudales. Combate, ira y destrucción es lo único que van a procesar nuestras retinas. Esto quizá decepcione a los que esperaban una versión kriptoniana del vigilante de Gotham City, pero sin duda hará las delicias de los aficionados al cine de acción sin pretensiones. Probablemente esta búsqueda del equilibrio no satisfaga a unos, los que buscan una historia profunda, ni a otros, los amantes de los mamporros por doquier. Visualmente pocas pegas se le pueden poner e, independientemente de las expectativas con las que uno entra a la sala con su entrada y sus (ignominiosas) palomitas, no se trata de una película aburrida. El problema principal que encontramos es que las comparaciones, siempre, son odiosas. Y a los padres de Kal-El, por mucho que nos pese, no los mató un atracador a la salida del teatro en Gotham City.

viernes, 7 de junio de 2013

Cine y Realidad


El cine nació como una forma de registrar y reflejar la realidad. Y lo sigue siendo, pero no tanto. En la actualidad, en la mayoría de películas con grandes presupuestos se introducen elementos inverosímiles que, gracias a las casi infinitas posibilidades de los medios digitales, no nos impiden seguir la acción y el argumento. Nos involucramos sin esfuerzo en la historia que nos cuentan a través de la pantalla, al mismo nivel que a principios del siglo XX y nos quedamos cerca de aquellas primeras proyecciones hiperrealistas de los hermanos Lumière.

Tenemos una paradójica sensación de realidad hacia elementos que sabemos a ciencia cierta que no existen: alienígenas, robots, incumplimientos de leyes físicas, etc. Gran parte de culpa de esto lo tiene el cine digital y la creación de efectos especiales a través del ordenador. Con la evolución de la tecnología digital, los píxeles cada vez se notan menos y, hasta cierto punto, nos olvidamos de que estamos viendo una película. Se consigue que determinados elementos se integren en un paisaje real, como los dinosaurios de Parque Jurásico, o bien que establezcan un elevado contraste con ese paisaje, como el T-1000 de Terminator 2.


En definitiva, la composición digital permite tanto viajar al pasado, al Jurásico, como al futuro de un adulto John Connor, y de manera creíble durante las dos horas que dura la película.

La sensación de realidad que nos aporta el lenguaje cinematográfico ha tenido varias etapas en la historia del Séptimo Arte. En los primeros años, durante el cine primitivo, el realismo era tal que los espectadores se integraban en los acontecimientos narrados casi a nivel físico; poco les faltaba para huir despavoridos ante la inminente llegada de la locomotora. Poco después, con la llegada del cine clásico, la pantalla llegó para quedarse. El mundo virtual quedó limitado a su superfície rectangular, haciendo que los espectadores obviaran el resto del espacio físico. Además, con elementos como el montaje, bien utilizados, se superaban las limitaciones espacio-temporales. Las historias eran reales, cotidianas, verosímiles.

No obstante, poco tardó en llegar la fantasía, de la mano del mago George Méliès. Aprovechándose de las posibilidades del nuevo medio y de la candidez de un público desacostumbrado, junto con una muy fértil imaginación, utilizaba el cine para plasmar sus trucos de magia con mayor facilidad e impacto. Por primera vez, y a muy temprana edad, el cine mostraba imágenes que no eran reales.
A nivel artístico y comercial, estos trucos no acabaron de triunfar y el cine realista se impuso rotundamente. Los efectos especiales -definidos como los trucos e instrumentos a disposición del cineasta para mostrar algo que no es real, es decir, para engañar al espectador- se consideraron un componente marginal, una herramienta innecesaria para la verdadera esencia del cine: el reflejo de la realidad. Obras magníficas que los utilizaban, como King Kong u otras del maestro Ray Harryhausen tuvieron éxito, pero eran escasas y suponían prácticamente un subgénero.

La llegada del vídeo a mediados del siglo XX y su aplicación en la técnica cinematográfica supuso un salto de calidad en los efectos especiales. Éstos no dejaron de ser algo marginales, pero, dada la sencillez y comodidad del vídeo, comenzaron a ser más frecuentes. Pero en el cine seguían siendo despreciados y las bondades del nuevo medio se concentraron especialmente en la televisión (obviamente) y los videoclips.

No fue hasta la década de los 90 cuando, gracias a la composición digital, los efectos especiales ganaron importancia hasta el punto de modificar la visión cinematográfica de la representación de la realidad. Fue tan importante la evolución, y tan rápida la adaptación del ojo del espectador, que la percepción de aquellos efectos especiales artesanales, de Méliès, de Harryhausen, que tan creíbles parecían al público de la época, para la generación actual de espectadores puede resultar hasta ridícula. Los efectos que antes se elaboraban delante de la cámara ahora se insertan no ya detrás, sino después, en post-producción.

Una reivindicación parecida experimenta actualmente la animación. Antes de la aparición de los aparatos de Edison o los Lumière existía una serie de artilugios, sencillos pero muy ingeniosos, que se considera el embrión del cine. En una época donde la fotografía comenzaba a popularizarse, surgieron como los primeros intentos de reflejar la imagen en movimiento: thaumátropo, fenakistoscopio, estroboscopio, zoótropo, praxinoscopio, etc. Consistían básicamente en series de dibujos que, gracias a un mecanismo manual, se sucedían en un bucle y -utilizando la persistencia retiniana- otorgaban al cerebro humano la sensación de movimiento.

Sabemos que la animación continuó tras el advenimiento del cine. Pero como sus imágenes no eran realistas, se basaban en meros dibujos y los movimientos eran toscos e inverosímiles, pasó, como los efectos especiales, a un segundo plano. Con la llegada del cine digital, la animación ha resurgido con fuerza. No ha sustituido al cine realista, pero prácticamente se ha equiparado a él a nivel comercial y creativo. Los defensores del cine hiperrealista, de aquél que parecía único (según el cineasta ruso Andréi Tarkovski, el cine abstracto era imposible), han visto cómo el registro de la vida cotidiana no supone la única forma de pasar un buen rato delante de una pantalla.

Más información:
Manovich, Lev. El lenguaje de los nuevos medios de comunicación. Editorial Paidós.

martes, 14 de mayo de 2013

Kiss Kiss Bang Bang

Recientemente se ha estrenado la tercera entrega de Iron Man, con la que casi todo el mundo parece entusiasmado. No es que me parezca mala, pero si que posiblemente sea el peor trabajo de su director, Shane Black.
Aunque podría hablarles largo y tendido de dos de sus trabajos más reconocidos, como son los guiones de Arma Letal y El Último Boy Scout, posiblemente dos obras maestras de su genero, les hablaré de otra película de colegas, menos conocida en España, aunque no funciono mal es EEUU, la película es Kiss Kiss Bang Bang.


Para mi parecer, esta película sería al genero policiaco y de colegas, los dos generos de los que bebe la cinta, lo que Scream fue al genero de terror.
Utiliza todos los tópicos, narrador, tramas que no tienen nada que ver, que luego lo tienen que ver todo, mujeres fatales, ambientes turbios...., con un talento y gracia que pocas veces hemos podido disfrutar en muchos años. Los diálogos son chispeantes, con un ritmo sobresaliente. Los protagonistas encajan en los personajes perfectamente. Robert Downey Jr. fantástico como siempre y Val Kilmer con una ambigüedad divertidisima. Michelle Monaghan nunca ha estado tan guapa.
Si no la han visto, se la recomiendo encarecidamente. No se arrepentirán.

viernes, 3 de mayo de 2013

Muertos vivientes

Los muertos vivientes están de moda. Y la causa principal, hay que reconocerlo, es el gran éxito de la serie de la AMC The Walking Dead. La irrupción del género de terror -el cual cuenta con una gran fidelidad por parte de los fans y un extraño magnetismo por los que no son tan aficionados- en un medio tan en auge actualmente como las series de televisión aseguraba prácticamente el triunfo.
 

Sin embargo, la forma en que han añadido el ingrediente del terror a la fórmula ha desatado casi tantas pasiones como animadversiones. Como ya comentamos a través de alguna pincelada en el blog El Meollo de la Enjundia, en The Walking Dead los muertos vivientes (o, como los llaman para ¿deshorrorizarlos?, simplemente caminantes) dan la impresión de que suponen únicamente un contexto para ubicar al espectador en la trama realmente importante (para los guionistas): las relaciones interpersonales entre los protagonistas y con el resto de humanidad.


Estas relaciones no dejan de mantener cierto interés; el problema son los excesivos altibajos. Escenas vibrantes y de máxima tensión se combinan con episodios de auténtico sopor. Paradójicamente, el espectacular inicio de la primera temporada, con un par de capítulos a un nivel equiparable al de una gran película de terror, ha sido su mayor inconveniente. Es comprensible que, debido a su longitud, una serie no pueda ni deba mantener ese ritmo frenético. Pero lo que resultó algo decepcionante fue que ese ritmo cayó
estrepitosamente, hasta el punto de hacer olvidar por momentos al espectador que estaba viendo una historia donde los zombies habían conquistado Estados Unidos (y el mundo, suponemos).

 
Afortunadamente, el género de los muertos vivientes no es reciente ni nació con el cómic de Kirkman. En su versión más popular se suele atribuir el origen en la excelente película La noche de los muertos vivientes, de George A. Romero. Este film, muy modesto en apariencia, creó nada menos que un género que, según lo que actualmente podemos comprobar, sigue siendo exitoso. Los protagonistas, gente indefensa, ciudadanos comunes con los cuales el espectador en seguida empatiza, son asediados por unos seres lentos, torpes, débiles pero rabiosamente numerosos.

La grandeza de la película de Romero radica en que, tras mucha ingesta que hayamos podido tener de películas de muertos que se levantan, el desarrollo de la trama, la fotografía, la iluminación, siguen inquietando. Su mayor reconocimiento, es cierto, es la ostentación del título de pionera en el género de zombies, pero eso no es obstáculo para que nos siga dando un miedo relativo. La comparación con la serie de la AMC resulta ignominiosa y abusiva. teniendo en cuenta que The Walking Dead ha tenido más de 40 años para aprender y mejorar la historia. Sin ser mala -al contrario, es una serie muy recomendable-, está a años luz de la obra de Romero.

De nuevo insistiremos en que en las series, por su duración, es necesario dosificar las escenas de acción. Pero éstas tienen una duración mucho más variable que un largometraje. De hecho, en ésta la primera temporada dura solamente seis capítulos, algo inusual. The Walking Dead, a pesar de la ventaja que puede tener por la experiencia y por la evolución tecnológica, no sabe aprovecharla. La noche de los muertos vivientes es mucho más trepidante a nivel global. El gore y los efectos especiales sí, en The Walking Dead están muy presentes, y en casi todo momento impecablemente implementados, pero éstos sólo generan impacto a corto plazo, algo insatisfactorio en una narración tan longeva. La película de 1968 también tiene detalles de gore, poco desagradable para nuestros acostumbrados estómagos pero sinceramente muy digno. También son importantes las relaciones entre los personajes, que en un entorno hostil donde la prioridad debe ser la supervivencia rivalizan y hasta se liquidan entre ellos. Y resultando mucho más dinámico y sin necesidad de recurrir a largos capítulos para moldear las distintas personalidades. También el elemento infantil, algo imprescindible, al parecer, para dar miedo, es mucho más tenebroso en la película de George A. Romero.
Dicen que las comparaciones son odiosas. Tampoco se debe emitir un juicio de algo que aún no ha concluido. Sin embargo, una serie es un producto de consumo prolongado y debe mantener un ritmo y una satisfacción constantes, ya que es muy fácil abandonarlo antes de su conclusión. Y viendo la evolución de los acontecimientos, y comparándola con el excelente final de La noche de los muertos vivientes -el cual combina, todo en uno, un final para el mundo, otro para el espectador y otro para los protagonistas-, los guionistas de The Walking Dead deben, en sentido figurado por supuesto, resucitar.