viernes, 30 de diciembre de 2016
Una historia de Star Wars
Una historia de Star Wars (para bien o para mal, lo de "La guerra de las galaxias" suena hoy en día muy geriátrico), eso es lo que es justamente este caro entremés que nos sirve Disney este 2016 para calmarnos el hambre de más episodios de la saga galáctica por antonomasia. Por un lado, es una película de aventuras espaciales que sin el reclamo de la franquicia pasaría bastante desapercibida, desgraciadamente; parece que el interés de los magnates de Disney es suficiente y necesario para el éxito comercial y subyuga cualquier motivación creativa. Y por otro, encaja lo suficiente y necesariamente bien dentro del universo como para ser merecedor del emblema y aplacar la potencial ira del fan (apócope de fanático) que acude a la sala con lupa y microscopio.
Conscientes de ese contexto, mientras vemos la película inevitablemente dedicamos un porcentaje de nuestra atención a captar las referencias a precuelas y secuelas en forma de personajes, topónimos, acontecimientos, religiones y naves espaciales. Las encontramos efectivamente, y sin escrutar en exceso, en una medida bastante adecuada que no nos impide seguir una trama correcta pero algo escasa.
Se trata de una historia "externa" o "paralela", prescindible para la completa comprensión de la trama principal pero que cronológicamente resulta importante; es la manifestación cinematográfica de la elipsis entre el episodio III y el IV, la representación audiovisual de uno de los párrafos que progresan hacia el horizonte al comienzo de Una nueva esperanza. Y eso hace más bien que mal, aporta información adicional y coherente a la historia que tenemos grabada a fuego en nuestros corazones desde la infancia.
Sin embargo, el papel dentro de la saga del evento que relata Rogue One es tan minúsculo a nivel narrativo -como hemos dicho, apenas un par de líneas en las célebres letras espaciales del comienzo del episodio IV- que dos horas de metraje se presumen excesivas y acusa demasiado el relleno. Especialmente en su primera mitad, donde presentan unos personajes bastante tibios y una relación entre ellos de interés moderado, intercalado con unas escenas de acción que sirven una fácil desconexión a nuestro díscolo cerebro. La segunda mitad (o el último tercio aproximadamente, si contamos en minutos) es radicalmente diferente; minutos de acción con varios frentes abiertos, con tensión, con emoción, con elementos inverosímiles pero que digerimos con agrado, en los que resulta imposible desconectar ni un instante. Son tan brillantes que la pertenencia a la saga Star Wars resulta hasta irrelevante.
Como en toda historia, hay que hablar de los personajes. Al principio cuesta un poco conectar con ellos -Jyn Erso, por favor, tu vida ha sido una catástrofe pero sonríe de vez en cuando-; incluso llegamos a empatizar con el bufón, el alivio cómico de K-2SO, casi por obligación. Esto es Star Wars y necesitamos Han Solos, C3POes y compañías. De nuevo, con la aventura final, es cuando nos emocionamos y sufrimos por la integridad de nuestros recién creados héroes. El desenlace, obvio e inexorable, es para mí lo mejor de la película. Sabemos con certeza que toda la clandestina tipulación del Rogue One morirá -son personajes que ni siquiera se mencionan en las cuatro entregas posteriores estrenadas hasta ahora-, pero aún así su trágico y heroico final, justo cuando empezaban a caernos bien, nos pone los pelos un poquito de punta.
Se produce forzosamente y por exigencias de la coherencia en este fantástico universo, pero se echa en falta más momentos impactantes de esta magnitud. No pasa nada por matar a determinado personaje, no tenemos que esperar 30 años a que el actor que lo encarna ronde la jubilación para hacerlo; los personajes, como la imaginación, son gratis. Si tenemos el talento adecuado, podemos crear más, e incluso mejores.
Luego están las apariciones de celebridades y cameos. Darth Vader interviene poco y sin excesivas estridencias (la escena final es una frivolidad relativamente aceptable). El hecho de que su voz no sea por motivos obvios la del gran Constantino Romero tampoco me ha resultado tan nefasto; no tiene muchas frases y se asemeja bastante a la del doblador albaceteño. El digitalizado Gobernador Tarkin "canta" un poquito, pero porque los talluditos como nosotros sabemos que, a pesar de que tenga el mismo rostro al 90-95%, es imposible que sea nuestro querido Peter Cushing el que encarna el personaje. Y el cameo a lo Hitchcock o Stan Lee de los droides es absolutamente innecesario.
A nivel artístico, la película cumple y sigue a rajatabla el dogma de la trilogía clásica de Lucas. Michael Giacchino conduce la música siguiendo la estela del mejor compositor de bandas sonoras de la Historia del Cine con bastante dignidad, y no es en absoluto tarea fácil. Eso sí, la carne de gallina asoma sólo en momentos puntuales, en los que reconocemos nota a nota las fanfarrias de John Williams. De nuevo, los efectos especiales se moderan en cuanto a su contenido en CGI y las maquetas son una presencia tan agradecida como lo fueron el año pasado en El Despertar de la Fuerza. Algo que el paso del tiempo juzgará, pero que en el presente, que es lo que nos importa, merece un aplauso.
Rogue One es una película correcta, pero menor. Si fuera una de las oficiales de la saga supondría una gran decepción, pero es muy consciente de su papel y de su relevancia dentro de este universo que Disney se han empeñado -sabiamente desde un punto de vista comercial- en expandir. Por eso hay que verla, sin duda, pero no hace falta revisionarla, ni mucho menos aprenderla de memoria como deberíamos hacer con los episodios del IV al VII.
sábado, 5 de noviembre de 2016
Top 5 de Canciones Terroríficas
5
Creedence Clearwater Revival - Bad Moon Rising
4
The J.Geils Band - Fright Night
3
Dokken - Dream Warriors
2
Ramones - Pet Sematary
1
Alice Cooper - He's Back (The Man Behind The Mask)
Creedence Clearwater Revival - Bad Moon Rising
4
The J.Geils Band - Fright Night
3
Dokken - Dream Warriors
2
Ramones - Pet Sematary
1
Alice Cooper - He's Back (The Man Behind The Mask)
sábado, 17 de septiembre de 2016
Robot Monster
En los años cincuenta recibimos numerosas visitas de seres del espacio exterior, algunos con pacíficas intenciones, con voluntad de compartir conocimientos e incluso ayudar desinteresadamente a la especie humana; en cambio otros ven a los terrícolas, bien como una amenaza, bien como un enemigo demasiado fácil de derrotar e indigno de poblar un planeta tan apetitoso como la Tierra, lo que les lleva a una actitud más beligerante.
Pero ninguno de ellos es tan demoledor como los Ro-Mans, los malvados marcianos con casco espacial con antenitas y cuerpo de gorila de la película Robot Monster (Phil Tucker, 1953). Éstos, ni cortos ni perezosos, aniquilan por completo a la raza humana, directamente con sus Rayos-Q Cósmicos o sembrando la confusión entre naciones en una época nuclear donde apretar el botoncito de lanzamiento de misiles es muy fácil. La especie humana se ha extinguido? NO! El artilugio para contar personas del Jefe Supremo de los Ro-Mans le indica que el agente enviado a la Tierra no ha completado su misión, aún quedan 8 humanos con vida.
Éstos, casi todos miembros de una misma familia, sobreviven a los letales rayos Q gracias a un suero experimental del padre, un eminente científico. Un suero cuya función inicial es nada menos que curar todas las enfermedades. También consiguen aislar su refugio de los detectores de Ro-Man, de manera que, aunque la cueva donde éste ha instalado su campamento está a un tiro de piedra de ellos, el alienígena es incapaz de localizarlos.
Ante esta situación, las comunicaciones entre el Jefe Supremo (o Gran Guía) y el Ro-Man terrestre, de apellido XJ2, y entre éste y la familia, son constantes. Entre los primeros, para que el mando reafirme (y reoriente) los parámetros de la misión a su subordinado, que no son otros que liquidar a los humanos que siguen vivos. La comunicación (por la misma pantalla!) con la familia superviviente consiste básicamente en peticiones de rendición.
Naturalmente, la familia no puede aguantar mucho tiempo aislada en su refugio (del cual sólo vemos la esquina de un patio rodeado por un muro) y algunos de sus miembros van realizando salidas al exterior, lo que aprovecha el alien para estrangularlos o por lo menos perseguirlos ridículamente. Mientras, en una de las comunicaciones por la pantalla, XJ2 ve a Alice, la hija mayor. Y sin tener muy claro lo que está pasando, comienza a experimentar sentimientos demasiado humanos para los Ro-Mans. De modo que se rebela y no sigue estrictamente el Plan impuesto por el Gran Guía, pues, cuando captura a la chica, demora todo lo posible su ejecución.
Así que el Gran Guía se cabrea y lanza de nuevo los rayos Q, que matan a XJ2, y cuyo otro de sus efectos es devolver a los dinosaurios a la Tierra. Quien dice dinosaurios dice dos tricerátops luchando entre ellos, un cocodrilo con una aleta dorsal pegada enzarzado en una pelea con una especie de iguana, e incluso un armadillo. Los humanos (se supone) se han extinguido, pero el planeta ya no les sirve a los Ro-Mans. Tras todos estos despropósitos hay una pequeña sorpresa al final, de la cual no vamos a hacer spoiler, pero que la incoherencia de la trama invita a sospechar de qué se trata.
Es posible que Robot Monster figure en muchas listas de peores películas de la historia, pero la (presumiblemente) buena voluntad, el carisma del gorila espacial, los efectos especiales cutres y las irregulares interpretaciones la convierten en un objeto de cierto interés. Además, viéndola sólo pierdes 62 minutos de tu tiempo!
lunes, 30 de mayo de 2016
Sucesos en la Cuarta Fase
Una vez transcurrida la trepidante década de los cincuenta, en la que un torrente de gigantescas amenazas biológicas arrasaron ciudades y continentes dentro de pantallas de cine, las criaturas mutantes con deseos de exterminar la Humanidad vieron que hacerse grande no era garantía de éxito. Mantis, tarántulas, reptiles, incluso mujeres de 50 pies, exploraron otras vías para dominar la Tierra. Al menos en Occidente, porque en el cine japonés los monstruos colosales no se rindieron tan fácilmente.
Las hormigas ya lo habían intentado infructuosamente en Them! (o La Humanidad en peligro) (Gordon Douglas, 1954), pero su proverbial constancia les obligaba al menos a volver a intentarlo. Esta vez de manera mucho más sigilosa... y más verosímil.
Phase IV (Saul Bass, 1974) describe, como indica el título, a lo largo de su metraje las cuatro fases de la evolución de unas hormigas en una colonia en pleno desierto de Arizona, un proceso cuya siniestra culminación es la subyugación de la raza humana. Todo comienza con un extraño fenómeno astronómico con consecuencias aparentemente inocuas para los habitantes de la Tierra... a excepción de estas hormigas. Éstas comienzan a alterar su comportamiento; las distintas especies -otrora irreconciliables- empiezan a cooperar, mientras que la población de sus más célebres depredadores (arañas, mantis...) se ve drásticamente mermada.
Un científico, el doctor Hubbs, y un especialista en cifrado de mensajes de ballenas, James Lesko, acuden a la zona a investigar -y si es necesario, aplacar- el problema de las hormigas. En un principio, la principal traba a la que se enfrentan son de índole burocrática; la investigación tiene un coste económico demasiado alto y un horizonte temporal demasiado breve como para depender del libre albedrío de unos insectos. Sin embargo, ése se convierte en un problema menor, pronto todo se vuelve en su contra y la ventaja inicial de los humanos, en aspectos como el intelecto, el tamaño o la tecnología, se reduce en paralelo al crecimiento de la colonia de hormigas como entidad intelectualmente unitaria.
Las hormigas boicotean las instalaciones de los científicos, destruyendo la comunicación con el exterior o edificando extrañas construcciones alrededor de la cúpula donde viven y trabajan Hubbs, Lesko y Kendra -la nieta de unos granjeros de la zona a la que rescatan- que, recibiendo oportunamente los rayos solares, incrementan notablemente la temperatura en el interior del recinto. Poco a poco las hormigas se van haciendo con el control de la situación. La claustrofobia que provoca estar en medio de un desierto, rodeados de gas tóxico -producto de un ataque preventivo hacia las hormigas- y la amenaza de un enemigo insignificante individualmente pero aterrador cuando va acompañado generan una inquietud mayor que la que provocarían unos bichos de veinte metros de altura.
La inteligencia de esa entidad formada por millones de hormigas alcanza niveles muy altos, hasta el punto de ser capaces de comunicarse, no sólo entre todos y cada uno de los miembros de su organismo, sino con los propios humanos. Éstos, en cambio, sufren el proceso contrario; el doctor Hubbs, que ha sufrido una letal picadura en la mano, enloquece en su intento de acabar con la reina de la colonia, el nexo de unión de todo un sistema nervioso con obreras y machos alados como neuronas. Lesko, sin embargo, más pragmático, asume la derrota y llegando al hormiguero es testigo del inicio de la Cuarta Fase: la esclavización de la raza humana.
Este final apocalíptico y pesimista tiene como epílogo un metraje inédito que los directivos de la Paramount obligaron a Saul Bass a recortar. Estuvo "perdido" mucho tiempo, pero en tiempos de YouTube casi todo tiene solución.
Phase IV es un clásico de esa ciencia-ficción setentera que tanto nos gusta. En algunos momentos se asemeja a un peculiar documental de insectos, gracias a la excelente aportación de Ken Middleham, aunque la mayoría de las veces las imágenes no están exentas de cierta contribución dramática. Pese a su aparente sencillez, aborda temas filosóficos y políticos, e incluso hay momentos catalogables dentro del género de terror. Nosotros nos quedamos con ese toque de ciencia-ficción previa a un futuro distópico, donde nos gobernarán las hormigas, y con ese final catastrófico. Porque las películas de este tipo tienen que acabar mal, porque los humanos hacemos las cosas mal y tenemos que aprender de nuestros errores.
sábado, 14 de mayo de 2016
La Profecía
No se debe desaprovechar la oportunidad de ver un clásico del terror como La Profecía (The Omen, Richard Donner, 1976) de la manera en que se tienen que ver las películas, en pantalla grande. Y si bien es cierto que han pasado 40 años desde su estreno y el cine de terror ha evolucionado en paralelo a nuestra capacidad para asustarnos, sigue resultando estremecedora. Por varios motivos.
Esta película cuenta con un considerable número de imágenes icónicas del género, con planos impactantes como el suicidio de la niñera y la posterior mirada de pánico extremo de Lee Remick, la muerte por empalamiento del cura, el empujón de Damien con su triciclo a su madre y sobre todo la mirada perversa del crío. También hay varias escenas de mucha tensión, que aún hoy en día nos provocan cierta inquietud en la butaca: los babuínos asediando el coche, los perros en el cementerio, ese final apoteósico...
Porque la película comienza muy sosegada, relatando la pacífica vida de una familia, no totalmente normal por su privilegiada situación, pero con un gran secreto. Conforme se van sucediendo los acontecimientos (muertes extrañas y esas cosas) y el protagonista, Robert Thorn (Gregory Peck), va venciendo su lógico escepticismo inicial, el ritmo aumenta hasta alcanzar su clímax en los últimos minutos.
Capítulo aparte merece la banda sonora del gran Jerry Goldsmith. Una buena parte de la tensión y el miedo que nos provocan muchas de las secuencias se debe al magnífico acompañamiento musical. El efecto de quitarle la música (o sustituirla por otra menos brillante) sería similar al de prescindir de las fanfarrias de John Williams en E.T. o Indiana Jones y el Templo Maldito.
viernes, 13 de mayo de 2016
Guerra Civil
Otra más. Y ahora con más personajes, para superar a la anterior. A este crecimiento exponencial, los señores de Marvel alcanzarán la difícil empresa de agotar su superpoblado Universo. Porque ahora da pereza retornar a aquellas historias de un solo héroe contra un solo villano, y cuyas apariciones fugaces (rozando el cameo) de secundarios era todo un acontecimiento. Sin ir más lejos, las recientemente estrenadas realizadas a la vieja usanza (Deadpool, Ant-Man...) necesitan recurrir a más personajes para coger un poco de oxígeno.
El único problema es encontrar la manera de dar marcha atrás. Porque este esquema narrativo es prácticamente insostenible: agotamiento de la fórmula, complejidad narrativa en aumento, agendas apretadas y pretensiones caprichosas de actores imprescindibles, etc. Habrá que volver atrás... pero no tenemos prisa.
Otra característica que condiciona Capitán América. Civil War (curiosamente no habíamos nombrado el título de la película protagonista de este artículo hasta ahora) ya lo hemos tratado en otros artículos de este humilde blog. Las películas de este nuevo género -de superhéroes?- se conciben, no de manera aislada, sino como una serie. O mejor dicho, como una red, sin un orden cronológico estricto que las alinee. Esto puede tener dos efectos negativos: por un lado, supone un yugo al buey de la creatividad de los guionistas, ya que algunos aspectos (presencia/ausencia de algunos personajes, consecuencias de acontecimientos pasados, etc.) deben tenerse en cuenta a la hora de explicar la historia que nos ocupa en este momento. Exactamente como en una serie. En el cómic, género primigenio, también pasa a menudo, pero en ese medio resulta más barato reinventar universos. El otro efecto negativo, relativamente más grave, es que puede condicionar el visionado del espectador. Todas estas películas tienen la simplicidad suficiente como para que no suceda, pero para disfrutarla plenamente tenemos que hacer previamente los deberes.
Reflexiones filosóficas -y a estas alturas ya un poco redundantes- aparte, la película merece la pena. No es un peliculón, pero es honesta, cumple con lo que promete. Para lo bueno y para lo malo. Porque junto a efectos digitales exagerados, moralismo inverosímil, agujerillos de guión, entre otros defectos, tenemos acción a raudales e ininterrumpida, que es básicamente lo que buscan nuestros cerebros ávidos de desconexión.
La película tiene muchos personajes, como ya ha quedado claro. Y tenemos que confesar que la cuota de pantalla de cada uno de ellos está increíblemente bien repartida. Tal vez en alguna batalla perdamos de vista a algún personaje (el escaqueo es inevitable en el trabajo en equipo), pero da la impresión de que si contamos los minutos en los que interviene cada uno, nos sorprendería el resultado. Pertenece a la saga del Capitán América y el desarrollo del argumento no deja lugar a dudas, pero Tony Stark también goza de sus buenos minutos. Por cierto, no sabemos si por culpa de Chris Evans, pero Steve Rogers, a pesar de todos sus superpoderes, el carisma del personaje del cómic y su rebeldía antisistema, nos sigue resultando soso. Mucho más cuando lo comparamos con Iron Man, con un Robert Downey Jr. en su interior al que muchos vaticinaban agotamiento a corto plazo pero que resiste con mucha solvencia.
Nos gustaría, para terminar este humilde análisis, comentar un par de cosas. Y sin spoilers, como hasta ahora. Técnicamente vuelve a ser insuperable, con unos efectos digitales que nuestras retinas ya reconocen, pero que quizás abusa del movimiento de la cámara en los combates y nos priva de una coreografía seguramente excepcional. También en alguna escena exigente los dobles cantan, algo entrañable en producciones de menor presupuesto pero merecedora de tirón de orejas en eventos cinematográficos de este calibre.
En relación a la historia, el papel del villano también es digno de mención por su originalidad. No responde al arquetipo de ser todopoderoso, de cuya génesis somos testigos. Se limita a urdir un plan ingenioso, con un propósito claro y convincente. E interpretado por un -como siempre- excelente Daniel Brühl.
Capitán América. Civil War es otra pieza del rompecabezas, otro eslabón de la cadena, otro ladrillo del edificio. Pero que sigan, que sigan construyendo que, aunque ya nos sabemos el truco, nos estamos divirtiendo.
sábado, 26 de marzo de 2016
El Amanecer de la Justicia
Ni se trata de la mejor película de superhéroes(1) ni le resta un ápice de credibilidad al bueno de Zack Snyder. Batman vs Superman, el Amanecer de la Justicia es una buena película que tiene detalles -algunos imperdonables- que la alejan de convertirse en una película redonda.
La tormenta de ideas (y de opiniones) que genera su visionado necesita un poco de pacificación. Por eso, para organizar mejor este humilde análisis, lo dividiremos en dos secciones: lo bueno y lo malo. También habrá algún spoiler; por tanto, querido lector, si aún no ha visto la película y prefiere evitarlos, le invitamos a que lea el artículo una vez la haya podido ver.
Lo bueno:
- Lo mejor, sin duda, es la participación de Wonder Woman. Sin apenas trascendencia en la trama, su presencia se justifica únicamente como heraldo de las secuelas y crossovers que están por llegar. Sin embargo su aparición es tan contundente en la parte final de la película que eclipsa y devora casi literalmente a los otros dos héroes. Entre estos dos personajes que ya nos resultan demasiado conocidos (lo que no significa que nos hayamos cansado de ellos), la amazona supone, como se diría de manera bastante cursi, un soplo de aire fresco. Ni que decir tiene que esperamos como agua de mayo la primera entrega de su propia serie.
- El personaje de Lex Luthor. Las dudas y la inconstancia de Batman y Superman en su hostilidad mutua convierte a Lex Luthor en el villano de la película. No es ninguna sorpresa que ambos héroes, de naturaleza bondadosa, se acaben aliando y luchando en el bando "de los buenos", y gran parte de culpa de este alineamiento la tiene el personaje interpretado por Jesse Eisenberg. Sin ser un villano memorable, cumple con creces su misión gracias a sus medios económicos, su imprescindible locura y su elevado grado de maldad intrínseca. Uno de los aspectos más controvertidos de este personaje fue el cásting; la elección de Eisenberg tal vez fue algo frívola pero, para nuestro gusto, altamente atractiva. De esa generación de actores permanentemente adolescentes, su papel en La Red Social (2010) -bastante similar al de Luthor en ciertos aspectos- fue determinante para acaparar nuestras simpatías.
- Analizados aisladamente, los personajes de Batman y Superman tampoco están mal. Si la elección de Eisenberg para Lex Luthor fue polémica, la de Ben Affleck para Bruce Wayne la superó con todos los honores. Y sin embargo cumple. El Hombre Murciélago es un personaje al que aún no han encontrado al actor definitivo que lo encarne -si tenemos que elegir alguno, nos quedamos con Michael Keaton sin estar plenamente convencidos-. Affleck tampoco lo es. Las canas en las sienes y su fornida anatomía le otorgan una solemnidad propia del Caballero Oscuro de Frank Miller, lo cual es de agradecer porque es una de las mejores versiones de Batman jamás escritas. Pero se le nota cierta fragilidad al final de la película, sensación a la que contribuye el muy solvente Superman diseñado para Henry Cavill, buena gente cuando se disfraza de Clark Kent, incluso pardillo en determinadas circunstancias, pero extremadamente poderoso. Lo que se necesita para crear un buen Superman.
- La película se divide claramente en dos partes; una primera mitad más argumental y filosófica y otra segunda compuesta exclusivamente de acción. En esa primera hora y pico de proyección vemos una loable voluntad de aportar algo más que efectos digitales en una película de este tipo y, aunque no totalmente, lo consiguen. La falta de éxito de este planteamiento se debe a una constante sensación de espera; nos han vendido una lucha entre nuestros dos superhéroes favoritos y es lo que hemos comprado. Los amagos, las indirectas, los mensajitos que se lanzan principalmente como sus alter ego humano, nos preparan sin que nos demos cuenta (o sí) e incrementan esta impaciencia.
- Y cuando la espera termina, el espectáculo está servido. Nos encontramos con una lucha, no a dos bandas, sino a muchas. Y eso, sin ser la panacea de la originalidad, es como un pequeño oasis en las continuas historias de buenos contra malos que tantas veces hemos digerido. Pero la novedad es frágil y breve y pronto cae en el tópico del despliegue de efectos, por otro lado, excelentemente ejecutados. Luchas cuerpo a cuerpo, rayos eyectados de los ojos, destrucción de ciudades... la última media hora no es muchísimo mejor que nada que hayamos visto antes (en la factoría Marvel, sin ir más lejos) pero es apoteósica. Con tanto efecto digital quizás el ojo de espectadores Cebolleta como nosotros se pierda, pero se disfruta notablemente. Nos dan justamente la acción que tanto estábamos esperando.
Lo malo:
- A nivel global, la sensación de que no hemos visto una película, sino el capítulo de una serie. Y no es un defecto exclusivo de Batman vs Superman, sino lamentablemente una tendencia. Este tema quizá merecería un artículo propio (una vez más), pero es inevitable que los espectadores nos sintamos como marionetas en una guerra entre Marvel y DC (o entre Disney y Warner, da lo mismo), en la que ambos bandos siempre ganan. Si compramos la entrada para ver esta película, nos obligan a que compremos las entradas para toda una saga ya programada para los próximos 5 años si queremos conocer el final de la historia. Si es que ese final existe. La película tiene un final, en efecto, pero lo más atractivo son esos detalles (quién es Wonder Woman? Y los otros tres humanos con poderes que hemos visto? Ha muerto realmente Superman?) cuya incógnita se revelará (o no) en futuras entregas. Eso condiciona inevitablemente el visionado. En nuestros tiempos -y volviéndonos a poner en la piel del abuelo Cebolleta- veíamos una película sin saber de antemano si iba a tener secuela/s.
- Otro de los problemas, también ajeno a la propia película, es el perjuicio que llevan consigo los tráilers y la información previa. Si en vídeos promocionales nos muestran sin disimulo a Doomsday, sabemos que en la lucha final éste será el principal adversario, destrozando nuestra potencial capacidad de sorpresa. Como también esperamos (y cómo lo esperamos) que Wonder Woman se alinee con el Caballero Oscuro y el Hombre de Acero en esa lucha final. Es difícil controlar la corriente de información desbocada que la sociedad actual permite que fluya pero, como analizamos en un artículo de este blog, hay que saber dosificarla para no menoscabar el disfrute de la película. Hemos llegado a un punto en que el producto se comienza a consumir mucho antes de su estreno y eso, no sabemos si es mejor o peor, pero resulta extraño.
- Como es posible que ya haya quedado claro, la película en sí no es perfecta. El guión, sin ser un elemento crucial en los productos de este género, tiene algunos fallos. Por ejemplo, el que más llama la atención, es el motivo por el que en el último instante Batman perdona la vida a Superman y toda la enemistad se convierte en alianza. Porque sus madres se llaman igual, Martha? Por supuesto que Bruce Wayne quería mucho a su madre, pero la conciencia no actúa tan rápido como para perdonar al instante a un enemigo que llevas persiguiendo tanto tiempo. Por desgracia nos queda la sensación de que si nos ponemos a diseccionar con más esmero encontraremos más giros argumentales cogidos con pinzas. También el recurso del sueño -presente en más de una ocasión- es barato, si no gratuito, para mostrarnos escenas de relleno o que alimenten a los especuladores visionadores de tráilers. No conviene abusar (2).
- Oficialmente es la segunda entrega de la saga de Superman, pero realmente es la primera de otras muchas sagas. Por eso sale Batman, Wonder Woman y más personajes muy de soslayo. La presentación de estos personajes (que no son otros que Flash, Aquaman y Cyborg, los que faltan para formar la Liga de la Justicia) resulta muy forzada y sacrifica minutos de metraje de esta película con escenas de escaso aporte y calidad. Se podía haber hecho de manera más elegante, con guiños y alusiones que los fans cercanos -y no tan cercanos como nosotros- hubieran aplaudido. Es la demostración, una vez más, de que no es un producto aislado sino una pieza más del rompecabezas que DC está construyendo. Un rompecabezas que será maravilloso, pero de cuyas piezas será difícil disfrutar de manera independiente.
El mundo de los cómics es fascinante y, ante la falta de ideas de Hollywood, supone un filón casi inagotable. No obstante tenemos ganas de ver a Zack Snyder en otro registro, también en un universo fantástico o de ciencia-ficción, pero lejos de la influencia tan directa de los cómics. Debemos tener cuidado y dosificar este género, el de los cómics. Debemos procurar no esterilizar demasiado pronto a la Gallina de los Huevos de Oro.
___________________________________
(1) Tan relativamente extensa es la producción actual que el cine de superhéroes se ha ganado a pulso el calificativo de género cinematográfico, como el cine negro, el western o la comedia romántica.
(2) Porque cuando veamos cosas raras en cualquier película pensaremos que se trata del sueño de un personaje, intrascendente para la trama. Y en muchos casos lamentablemente acertaremos.
viernes, 18 de marzo de 2016
Los 5 orígenes del terror
De dónde vienen los monstruos?
1. El espacio exterior.
El cosmos, formado por galaxias desconocidas, siempre ha sido fuente de inspiración para la creación de seres deformes. Salvo los insectos, que por su tamaño resultan individualmente menos amenazadores, en el planeta Tierra tenemos a casi todas las especies animales identificadas, así que no nos queda más remedio que viajar algo más lejos si queremos tropezarnos con bichos que nos den miedo y no podamos simplemente vencer con la ayuda de una escopeta. Aunque, para nuestra comodidad, en la mayoría de casos son estos seres los que vienen a visitarnos...
Entre muchas otras, los podemos encontrar en:
Alien (Ridley Scott, 1979)
La Cosa (John Carpenter, 1982)
Xtro (Harry Bromley Davenport, 1983)
El terror llama a su puerta (Fred Dekker, 1986)
Invasores de Marte (Tobe Hooper, 1986)
Critters (Stephen Herek, 1986)
Mi amigo Mac (Stewart Raffill, 1988)
2. El laboratorio.
La mente humana, pillando desprevenida a la naturaleza, es responsable del génesis de muchas criaturas que podríamos calificar como monstruos. En algunos casos por pura maldad del típico científico chiflado o, casi siempre, por accidente, nos acabamos encontrando con una amenaza que podríamos haber evitado si el mad doctor de turno se hubiera estado en casa quietecito haciendo ganchillo.
Algunos títulos son:
La mujer explosiva (John Hughes, 1985) (y todos los sucedáneos del monstruo de Frankenstein)
La cosa del pantano (Wes Craven, 1982)
El vengador tóxico (Lloyd Kaufman, 1984)
Underworld (George Pavlou, 1985)
La mosca (David Cronenberg, 1986)
Trans-Gen, los genes de la muerte (Stephen Carpenter, 1987)
3. El más allá.
El Diablo siempre ha sido un excelente creador de monstruos. Desde los albores de la civilización, para justificar cualquier comportamiento alejado de lo aceptado socialmente se ha utilizado en los círculos religiosos una figura demoníaca, antítesis del pertinente dios protector, con la capacidad de poseer a los humanos para que éstos vomiten más palabrotas de la cuenta. O bien, para explicar lo inexplicable, se recurre a entidades atrapadas entre el mundo terrenal y la morada divina, sin forma corpórea pero con ganas de hacer travesuras. Ésos que nos lo pringan todo de ectoplasma.
Algunas cintas poseídas célebres son:
El exorcista (William Friedkin, 1973)
La profecía (Richard Donner, 1976)
Drácula (John Badham, 1979)
Posesión Infernal (Sam Raimi, 1981)
El ente (Sidney J. Furie, 1982)
Poltergeist (Tobe Hooper, 1982)
El príncipe de las tinieblas (John Carpenter, 1987)
Night of the demons (Kevin S. Tenney, 1988)
4. La magia y el folklore.
Los cuentos que nos leían cuando éramos críos siempre giraban alrededor de algún elemento mágico: brujas, ogros, duendes, magos, dragones... Algo difícil de justificar científicamente pero imprescindible para la cohesión y la verosimilitud de la historia. Ya en nuestra (presunta) madurez nos seguimos esforzando por creer en estos elementos, no ya tanto para conciliar el sueño como antaño sino para conseguir sentir pavor al ver alguna película con algún monstruo procedente del folklore como protagonista.
Podemos ver a duendes, víctimas de maleficios o productos de invocaciones en:
Gremlins (Joe Dante, 1984)
Miedo azul (Daniel Attias, 1985)
Noche de miedo (Tom Holland, 1985)
Demons (Lamberto Bava, 1985)
Muñeco diabólico (Tom Holland, 1988)
Pumpkinhead (Stan Winston, 1988)
Leprechaun (Mark Jones, 1993)
5. La naturaleza humana.
Son los monstruos más terroríficos porque son los más verosímiles, de largo. Porque tras su piel de corderito (o anorak color azul pitufo), hasta el vecino del 3º1ª puede ser un psicokiller en potencia (y en acto). Se da la simpática circunstancia de que también suelen ser los más sangrientos y despiadados. Los guionistas de estas películas se ahorran el esfuerzo de contarnos cuentos y de luchar contra nuestro escepticismo. El monstruo nos tiene que asustar porque quien está detrás es un humano cuyo único problema reside en algo tan habitual como un tornillo del cerebro mal apretado. Un peligro que nos podemos encontrar yendo a comprar el pan o bañándonos desnudos en el lago de un campamento de verano.
Estos seres tan agradables suelen merodear por:
Las colinas tienen ojos (Wes Craven, 1977)
Halloween (John Carpenter, 1978)
Viernes 13 (Sean S. Cunningham, 1980)
Holocausto caníbal (Ruggero Deodato, 1980)
The slumber party massacre (Amy Jones, 1982)
Noche de paz, noche de muerte (Charles E. Sellier Jr., 1984)
Escóndete y tiembla (John Houg, 1988)
Hay dos tipos de monstruos ajenos a esta clasificación, ya que podrían incluirse en más de una categoría: unos son los robots, los cuales mayormente son creación humana (en un laboratorio o un garaje terrestre), pero no exentos de ser gestados en un planeta lejano. Los alienígenas no tienen por qué estar privados de conocimientos de Física, Mecánica y Robótica.
El otro monstruo variopinto, muy presente en la actualidad en sentido figurado pero también literal, es el zombi. Cualquiera de nosotros puede convertirse en candidato a comecerebros sólo con haber sido contaminado con algún virus espacial (en forma de gas tóxico, sustancia pseudoláctea o babosa), recibido una maldición gitana o haber tenido contacto con alegres experimentos para resucitar muertos.
Este tema podría dar incluso para un libro (aquí dejo gratuitamente la idea). Aún limitándonos a películas de hace 30-40 años, la lista es extremadamente representativa. Si ampliamos el período comprobamos cómo incluso los monstruos clásicos de la Universal se engloban dentro de estas categorías: el monstruo de Frankenstein y el hombre invisible en la 2, Drácula en la 3, El hombre lobo y la momia en la 4, etc. Por muy descabellado y absurdo que parezca, todo tiene un origen: los guiones cinematográficos, los monstruos, los sueños, las leyendas, la inspiración... por eso clasificar y diseccionar resulta tan divertido.
viernes, 22 de enero de 2016
Los ocho odiosos
Con el tiempo he aprendido a no tener unas expectativas demasiado altas ante una nueva película de Quentin Tarantino y reconozco que me ha ido bien. Eso no va en perjuicio del interés que pueda tener a priori por una obra de este gran director. Porque Tarantino tendrá defectos, pero poquísimos directores pueden presumir de tener obras maestras en las dos primeras películas de su filmografía. El listón lo puso muy alto en sus inicios y, aunque no ha vuelto a alcanzarlo ni mucho menos superarlo, ha mantenido un nivel aceptable y coherente.
Esta coherencia es el principal problema de The Hateful Eight -o Los Odiosos Ocho, traducción probablemente producto de la aversión de los distribuidores por los retruécanos-. Se trata de un defecto del director, el cual, consciente de las características de sus películas que lo identifican claramente y que -merecidamente- lo han lanzado a la fama, intenta insertarlas en sus nuevos proyectos con mayor o menor fortuna. Por ejemplo, su peor película de largo, Death Proof, no es sino un cúmulo de diálogos intrascendentes -pero atractivos para la dimensión voyeur del espectador- con mucho menos gracia que el inicial de Reservoir Dogs, y de escenas de acción y venganza al más puro estilo Butch y Marsellus Wallace vs los sodomitas.
Gracias a que Tarantino es fiel a su tradición de fraccionar sus obras cinematográficas en capítulos, podemos identificar fácilmente qué parte nos gusta menos, y en este caso es el cuarto capítulo. En los dos primeros nos presentan a los cuatro personajes principales, en el tercero se reúnen todos, en el cuarto el espectador se desorienta, y en el quinto se produce un desenlace notablemente satisfactorio. Se podría diseccionar la película mediante este esquema, pero el punto fuerte de The Hateful Eight no es la historia, sino los personajes. Concretamente -y no demasiado sorprendentemente- ocho:
- Marquis Warren (Samuel L. Jackson) probablemente sea el protagonista, ya que, mientras unos personajes entran y salen (o mueren) de la escena, él nos acompaña durante toda la película. Aparentemente con buenas intenciones, alguna mentira descabellada pero verosímil puesta al descubierto nos hace desconfiar de él. En el fondo es un hijodeputa, pero nos cae bien y si tuviéramos que alinearnos con algún bando, el suyo sería nuestro más probable destino.
- Sin embargo John Ruth (Kurt Russel) es mi favorito. Extremadamente desagradable pero carismático, fanático y sádico, desconfiado pero manipulable, su simpleza aporta los mejores toques cómicos de la película. Su muerte en casi la mitad de la historia deja a ésta un poquito coja.
- Chris Mannix (Walton Goggins) es un personaje más importante de lo que pueda parecer. Hostil y abyecto en gran parte de la proyección, evoluciona de forma que acaba convirtiéndose en uno de los buenos (si es que hay buenos en The Hateful Eight). Aunque nos caiga mal, su papel está tan bien escrito que constantemente nos hace sospechar y nos mantiene alerta porque esperamos que en cualquier momento revele que en realidad no va a ser el sheriff de Red Rock. Nunca sabremos la verdad.
- La mejor interpretación tal vez sea la de Jennifer Jason Leigh como Daisy Domergue. A pesar de que su personaje sea el epicentro de los acontecimientos a partir de la segunda mitad de la historia, nunca llega a asumir el rol de eje central, es bastante secundario, aunque su intervención en determinados gags aislados es muy destacable.
- El verdugo inglés Oswaldo Mobray responde al estereotipo creado por Tarantino en sus dos películas anteriores para que Christoph Waltz ganara un Oscar. En este caso está insólitamente interpretado por un Tim Roth que obviamente no ganará la preciada estatuílla. Salvo algún efímero momento de paupérrima gloria, es un personaje de relleno.
- Como lo es también Joe Gage (Michael Madsen), a quien veríamos, si la historia se trasladara a nuestros días, permanentemente sentado en su butaca con una cerveza de lata en una mano y el mando a distancia en la otra y viendo fútbol americano en la tele. Y cuando tuviera algo de actividad, estaría rebanando la oreja a un agente de policía. Escasa relevancia, antes y después de descubrirse todo el pastel, para un personaje cuyo perfil ya hemos visto antes.
- El mexicano Bob (Demian Bichir) es parte primordial de la farsa que engaña a los personajes principales y a los espectadores, es una especie de débil bisagra argumental. Pero su escasa participación -a excepción de dichos momentos bisagra- lo convierte en alguien totalmente olvidable y casi prescindible y cuya muerte ni lamentamos ni celebramos.
- Por último, nuestro querido Bruce Dern interpreta al general Sanford Smithers. El más ubicado pero a la vez el más desubicado de todos. Sin relación con ninguno de los demás personajes, tampoco es un elemento crucial en la trama y no se levanta en ningún momento de la butaca (como haría en nuestros días el personaje de Michael Madsen). Pero para mí es esencial para aportar pequeñas subtramas y detalles imprescindibles en una película de Tarantino.
Hay más personajes: algunos como el cochero O.B. (James Parks) con más peso en la trama de lo prometido, el que interpreta Channing Tatum (que nos importa nada y menos) y secundarios entre los que destaca la recalcitrante Zoë Bell (que sí, pesada, que ya sabemos que eres de Nueva Zelanda...).
En la obsesión/obligación (márquese aquí lo que corresponda) de escribir el guión sin salirse de las pautas tarantinescas, The Hateful Eight se queda corto en dos dimensiones: por un lado, los diálogos. Son buenos, pero no son tan brillantes como los que Tarantino ha demostrado que sabe escribir. En su disculpa reconozco que en muchos casos aluden a temas que, o bien desconocemos, o por culpa de la distancia nos interesan poquito, como la Guerra de Secesión americana. Algo más divertido es la referencia al precio de las personas, en paralelo al valor de la recompensa por su captura, aunque tampoco es para tirar cohetes. Ni siquiera el exuberante racismo en los comentarios e insultos logra escandalizarnos. Al menos a un servidor.
El segundo elemento del guión que se tambalea es la estructura de la historia; ésta es totalmente lineal, lo cual digerimos con muchísimo gusto y naturalidad, hasta el fatídico (en varios sentidos) cuarto capítulo. Lo peor de todo es el ineludible flashback, que tan magistralmente utilizó en Pulp Fiction y de manera aún más anárquica pero muy correcta en Kill Bill, y que aquí supone el principal lastre, rompiendo esa linealidad insólita. En ese flashback, forzado, te explican un misterio que ya había sido desvelado y te interrumpen el seguimiento de la trama, a la que lamentablemente cuesta reengancharse. Esta vuelta de tuerca argumental es lo que ensucia una película que en su primera mitad resultaba altamente prometedora. Realmente la súbita aparición del personaje de Channing Tatum no impresiona por sí misma, ya que no te lo han mostrado antes y el espectador es incapaz de relacionarlo con nada; es una especie de deus ex machina tramposo.
A nivel técnico la película cumple sobradamente, aunque ostenta algún alarde innecesario (pero de innegable éxito comercial). Poca discusión genera la banda sonora de Morricone ni la excelente escena de créditos iniciales. Los medios en general, así como el reparto antes mencionado, son difícilmente superables. Incluso la mezcla de géneros -intriga, suspense, western- es muy acertada. Lástima de la intromisión de esos guiños del director que tan bien funcionan en determinados momentos pero que aquí se evidencia que no necesita aplicar a discreción.
Es una película de momentos, que podemos visionar parcialmente con muchísimo agrado, pero que verla de nuevo en su conjunto ya no apetece tanto. Y en cuanto al misterio inherente a la trama que podría haber alargado nuestro interés por la misma, poca ayuda le presta el mismo título. Cuando hemos llegado a ocho, dejamos automáticamente de contar.
domingo, 27 de diciembre de 2015
La Fuerza está muy despierta
Volver a épocas pasadas, hacer productos similares a los que nos cautivaron en nuestra infancia, hoy en día es imposible. La materia prima puede ser parecida pero las herramientas y el proceso productivo son otros; nosotros los consumidores, nuestras retinas, nuestros estómagos, nuestros corazoncitos, aunque no seamos conscientes son distintos. Por eso en cualquier comparación con la trilogía clásica el episodio VII de J.J. Abrams saldrá perdiendo. Y a priori la labor se antojaba extremadamente difícil. Tan difícil como rejuvenecer -no digitalmente- a Harrison Ford o a Carrie Fisher. Pero Abrams ha cumplido con creces. Eso sí, sin rejuvenecer a nadie y sin asumir riesgo alguno y apelando descaradamente a esos sentimientos cautivadores de nuestra infancia.
Sin haber prestado excesiva atención a las infinitas opiniones vertidas en apenas una semana en blogs, redes sociales y podcasts -tras la publicación de este humilde artículo será el momento de contrastar puntos de vista, antes no quería recibir influencias-, puedo afirmar, sin estar exento de voluntad de generar inofensiva polémica, que esta película ha podido suscitar tres tipos de reacciones distintas:
- Los que no conocen o siguen con el fanatismo necesario la saga; para esta incomprensible minoría, sin duda se trata de una película de aventuras muy correcta, de lo mejorcito del año, a la altura de las últimas de Star Trek, El Planeta de los Simios o Mad Max.
- Los haters que cándidamente creen que en pleno siglo XXI es posible crear personajes con el carisma de Han Solo o la verborrea amable de C3PO. La odiarán aunque sea una obra maestra -que tampoco lo es (1)- y la vilipendiarán por no estar auspiciada por George Lucas, el artífice de su denostada trilogía moderna (2).
- Los fans que la adorarían aunque en ella saliera el mismísimo Jar Jar Binks. Han recibido conscientemente un producto idéntico al que ya conocen, levemente adaptado a los nuevos tiempos, pero igualmente lo aplauden con fervor. Tenemos lo que nos gusta y hemos pasado un buen rato viendo la peli... qué hay de malo en ello?
El Despertar de la Fuerza es una película de aventuras espaciales muy divertida. A la altura de la original -la primera, la genuina, el episodio IV- pero sin los precedentes que ésta sentó. Aunque la original había recibido miles de influencias -los cuentos de caballeros y princesas, los westerns, Robin Hood, Flash Gordon y alguna obra de Akira Kurosawa- antes de La Guerra de las Galaxias no había nada igual. Por eso la adoración que muchos sentimos por ella está más que justificada.
Precisamente es esta comparación con el episodio IV (y trazas del V y VI) la mayor pega que admiradores y detractores han encontrado. Porque las similitudes en los elementos y en el esquema narrativo son muy numerosas, hasta el punto de casi convertirse en un ejercicio de comprensión; una lucha entre imperiales bien organizados y rebeldes republicanos algo anárquicos; un droide convertido en un MacGuffin esférico, que guarda un secreto que tanto buenos como malos persiguen; un desconocido, en un planeta desértico, encuentra ese droide y resulta ser la figura mesiánica de la saga; la mayor amenaza para los rebeldes es un planeta artificial que al final acaban destruyendo; tramas familiares, traiciones paterno-filiales... Cada personaje tiene su alter ego con la trilogía clásica: tenemos un Luke Skywalker, un R2-D2, un Han Solo, otro Han Solo, un Peter Cushing (no recuerdo el nombre del personaje) un Darth Vader... incluso un Yoda. Nos gusta, nos entretiene, pero quizás hubiéramos agradecido un poco más de misterio en los acertijos y no tener la solución a determinados enigmas tan sólo por ser militantes de la saga.
Inevitables comparaciones aparte, tenemos dos clases de personajes. Los viejos y los nuevos. Los viejos, stricto sensu, que conocemos después de tantos años como si fueran de la familia, que cuentan con puestas en escena estelares (e indisimuladas pausas dramáticas para el aplauso de los fans), con mucha dignidad ceden el testigo a la nueva generación, formada por jóvenes actores, prácticamente desconocidos (nada de Natalies Portmans ni Ewans McGregors) y que cumplen sobradamente:
- Finn quizá sea lo más innovador de esta película, ya que nos cuesta establecer una analogía entre él y otro personaje de entregas anteriores. Aún sin tener el medidor de carisma más allá del 60-70%, es un villano tempranamente reconvertido e ignorante, lo que genera automáticamente una instintiva empatía con el espectador. Algunos de los mejores y necesarios gags están protagonizados por él, lo que, a pesar de su constante desubicación en toda la historia, le hace ganar muchos puntos.
- Poe Dameron es el estereotipo del héroe, del caballero que derrota dragones y rescata princesas. Por desgracia su participación se limita a un relativo protagonismo en el planteamiento de la trama y a ser un discreto trasunto de Luke Skywalker en la destrucción de la nueva Estrella de la Muerte. El poquito crédito que ha ganado debería aumentar en próximas entregas.
- BB-8. Sin duda, la mejor incorporación de esta película. El listón de R2-D2 estaba muy alto y antes de conocerlo resultaba casi ofensivo pensar que algún robot osara compararse con nuestro tambor de Colón favorito. Pero la gracilidad de sus movimientos y su insólita expresividad ha conquistado nuestros corazones.
- Rey también merece incorporarse al elenco principal de la saga. Por su estética, por su personalidad y por todo lo que oculta y que ella misma ignora. Es una dignísima sucesora del geriátrico que ha tenido que prestar sus servicios para que nuestra generación no se desenganchara de la franquicia. Los secretos que involuntariamente esconde serán parte del interés de futuras entregas y que sin duda van a suponer motivo de debate en los próximos dos años. Es el mejor nuevo personaje no cibernético.
- Por último, el nuevo villano, el tal Kylo Ren. Era inevitable que el incomparable Darth Vader tuviera un sucesor pero éste, de momento, les ha quedado algo flojo. Quizá la cicatriz que lucirá en su rostro -cuando se le ocurra quitarse la máscara- le aporte más personalidad, pero por ahora el personaje se asemeja más a un adolescente que no sabe qué hacer con su vida que al atormentado y cruel Anakin Skywalker.
Fuera de lo estrictamente cinematográfico, uno de los éxitos de la saga Star Wars ha sido el diseño de los personajes: robots, extraterrestres, cascos, uniformes... Que Kylo Ren pase tanto tiempo "fuera" de su máscara debilita nuestro fetichismo y, simultáneamente, le resta fuerza al personaje. Adam Driver tampoco tiene demasiada culpa. Es más, debe agradecer que no le han hecho un David Prowse.
Otro de los grandes aciertos es que la película termina con el episodio VIII muy preparado. Los nuevos personajes ya están presentados, estamos familiarizados con ellos y resulta obvio que los viejos -en el buen sentido, y en el estricto también- ya no deben tener tanta relevancia. Resultaría natural que la historia volara del nido, que ya no dependiera tanto de la que escribió George Lucas hace casi 40 años. En cualquier caso, está claro que Luke Skywalker tendrá un papel importante y esperamos que Chewbacca supere su terrible pérdida. Pero no soy en absoluto amigo de las quinielas ni las especulaciones. Si acudí a ver este Despertar de la Fuerza libre de spoilers y valoraciones fue porque me gusta que me sorprendan y dejarme llevar por la aventura sin plantearme lo que va a suceder, por muy evidente que sea para muchos.
Lo mejor que le podemos decir a J.J. Abrams es que ha respondido a la confianza que le habíamos depositado. Es una película divertidísima, que dignifica a esta saga que tanto nos gusta. El problema que tiene es que la dignifica demasiado y que se arriesga poquísimo. Sabía cómo contentar a los fans y lo ha resuelto sin disimulo. Pero es un defecto que fácilmente podemos pasar por alto por el buen rato que hemos pasado. Y, sobre todo, le agradecemos desde el fondo de nuestro corazón que no se haya acordado de los ewoks.
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(1) Y reconozcámoslo. Las películas de la trilogía clásica tampoco son obras maestras, a pesar de todo lo que han aportado a la historia del cine y a la cultura frik... popular.
(2) Esto siempre ha sido motivo de gratuita confusión; la "primera trilogía" cuál es, la de los episodios IV-V-VI ó la de los I-II-II? Para evitar malentendidos, optó por referirme como "trilogía clásica" y "trilogía moderna" a las que ya sabemos cuál es cual de ellas.
sábado, 7 de noviembre de 2015
Queremos remakes!
Por qué no? En algunos casos -más de los que creemos- son buenos productos, que suman, y los que no son buenos no tienen necesariamente por qué restar.
Que el remake de Karate Kid es muy malo? Pues nos olvidamos de él y nos quedamos con la original, la de Ralph Macchio y Pat Morita. Como si Jaden Smith y Jackie Chan no existieran.
La postura de los fans que están en contra de los remakes es muy comprensible porque en la mayoría de casos, aun sin ser malas películas, no superan a la original. Pero hay que tener en cuenta dos cosas: si una película es candidata a tener remake es porque es muy buena y superarla resulta muy difícil; y que si el remake es malo, la original -que tanto nos gusta y a la que veneramos- no tiene por qué verse afectada, son dos películas distintas.
La escasez de ideas en la producción cinematográfica es indiscutible, sobre todo en Hollywood. Remakes, secuelas, reboots, adaptaciones... Pero esto siempre ha existido. Desde la Odisea de Homero, las historias siempre se repiten. Muchas películas que adoramos no dejan de ser remakes o adaptaciones, y en muchos casos ni siquiera somos conscientes. Uno de los casos más paradigmáticos es el de La cosa. Como muchos saben, la maravilla de John Carpenter de 1982 es un remake de una película de 1951 de Howard Hawks. Y a pesar de ser un endemoniado remake es mejor que la original. Y eso que la de 1951 es una gran película, divertidísima y adelantada a su tiempo en muchos aspectos. La posterior y vilipendiada de 2011 no es exactamente un remake sino una precuela, si bien el guión mantiene la estructura de la de Carpenter, de la cual, sin ser nefasta, es obvia y previsiblemente inferior.
Un remake es un arma de doble filo. Por un lado consigue la atención y la recaudación en taquilla que conlleva la etiqueta de la franquicia. Y por el otro, carga con el peso de la comparación, de la cual con muchísima suerte consigue salir empatando.
Aparte de la necesidad comercial, un remake puede ser necesario a nivel creativo. Aunque desde mi punto de vista no lo justifique. A los espectadores actuales, la generación posterior a la nuestra, los efectos especiales, la estructura narrativa, los diálogos de las películas que nos marcaron en nuestra infancia y adolescencia, les resultan desfasados. No les asusta la papilla que usó Sam Raimi en Posesión Infernal o los meritorios efectos especiales de Noche de miedo. Los productores de hoy en día son conscientes de ello y pretenden saciar esa necesidad de buenas historias con recursos actuales bajo la ley del mínimo esfuerzo. Nosotros, que nos criamos con Rick Baker, Tom Savini y Stan Winston, nos creemos aún a día de hoy la transformación de Un hombre lobo americano en Londres. Y nos siguen haciendo gracia los diálogos entre Bill Murray y Dan Aykroid. Pero los tiempos han cambiado. La forma de explicar las historias y, especialmente, la manera en que los espectadores la reciben es más dinámica, más ambiciosa, más crítica. Y superar ese listón no siempre es posible.
En cualquier caso, si repasamos algunos títulos de la lista de remakes de los últimos años encontramos de todo, incluso algún caso en que muchos consideran que ha superado al original, como Las colinas tienen ojos o Piraña(1). Hay casos de remakes a todas luces innecesarios, como el de Poltergeist, Pesadilla en Elm Street o Ultimátum a la Tierra. Y títulos desde mi punto de vista dignos o al menos con algo que aportar, como Robocop, Desafío Total, Dredd, La matanza de Texas o Noche de miedo.
Una cosa buena, que nadie negará, tienen los remakes. Y es que permiten el debate apasionante, la crítica feroz, el despotricamiento, la disección hasta las entrañas, la defensa a ultranza. En definitiva, nos ponen en bandeja un contraste de opiniones tan básico y fundamental como interesante. Que sigan haciendo remakes!
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(1) Las dos de Alexandre Aja, curiosamente. Con Piraña estoy de acuerdo, pero con respecto a Las colinas tienen ojos, me quedo con la de Wes Craven.
sábado, 8 de agosto de 2015
El Hombre Hormiga
No era la película más esperada de Marvel, ni del año, ni probablemente del blockbusteriano verano. Y eso que precisamente este verano está siendo cinematográficamente bastante flojo, hasta el momento y con pocas previsiones de mejorar con títulos como la nueva versión de Los 4 Fantásticos. Ant-Man es una de esas citas eludibles, prescindibles para el espectador que no puede permitirse acudir a todos los estrenos, y cuya única razón de existencia parece que sea la de presentar una pieza más del puzzle gigantesco que están preparando desde Marvel con paciencia, muchísimos medios y -aunque jugueteando peligrosamente con la saturación- podemos decir que con bastante éxito.
A grandes rasgos, Ant-Man tiene una cosa buena y una mala. La buena es que es una película divertida. Durante casi dos horas te entretiene de manera notable y aunque tiene momentos mejores que otros, los bajones no te sacan de la historia. La mala, es que se trata de algo que ya hemos visto muchas veces con anterioridad. De estas -cada vez más frecuentes- sagas de superhéroes, habitualmente las primeras entregas, donde nos narran el génesis del personaje, son las que atraen más la curiosidad del espectador. En las posteriores, con los héroes ya nacidos, crecidos y en algún caso reproducidos, el guionista debe currárselo más. Este Hombre-Hormiga se aprovecha del impulso de esa primera entrega para captar nuestro interés, por lo que la originalidad decae y la estructura de su historia no difiere demasiado de la de Iron Man o Spider-Man. Para colmo, por si no estuviéramos suficientemente avisados, el tráiler sigue la incomprensible tendencia actual y nos ofrece un despliegue de spoilers que, aunque no queramos, nos condiciona durante el visionado de la película.
Tampoco destacan dos elementos habituales de estas producciones; por un lado, los efectos visuales son correctos, pero no impresionan. De hecho, no es algo exclusivo de esta película, el ojo del espectador es cada vez más exigente y, a pesar de ¿loables? intentos de mejorar la experiencia como el 3D, la tarea es complicada. Sin negarle ningún mérito -personalmente, a mí las hormiguitas digitales me gustaron- y salvando las distancias, los efectos a la antigua en historias de miniaturización como El increíble hombre menguante o Dr. Cyclops merecen más elogios.
El otro elemento desaprovechado es el sentido de humor. La desvinculación del proyecto de Edgar Wright tal vez sea la causa de que no se le haya sacado suficiente partido al personaje. Sin que deje de ser un título de acción, en Ant-Man, más que en ningún otro lugar del universo marveliano, los chistes tendrían que haber hecho acto de presencia con más frecuencia. Es obvio que Paul Rudd no tiene el carisma de Robert Downey Jr (quién lo tiene?), pero tampoco se trata de que nos entren ganas de asesinar a Michael Peña...
En cualquier caso, volveremos a encontrarnos con el Hombre-Hormiga en producciones mayores de este tinglado tan programado que están cocinando el tándem Disney-Marvel para los próximos años. Y ésas, independientemente del resultado final, sí que serán citas ineludibles.
sábado, 25 de julio de 2015
Inside Out
La mejor película de Pixar? No. La sombra del sheriff y del ranger espacial son muy alargadas. Una de las mejores de la compañía de John Lasseter, del 2015 y de animación de todos los tiempos? Seguramente.
Sentencias categóricas aparte, uno de los grandes méritos de esta película es el elevado porcentaje de opiniones favorables teniendo en cuenta la amplia oferta de productos aparentemente similares. Cada año comprobamos cómo se estrenan más cintas de animación, un producto que puede tener un coste análogo al de las películas tradicionales pero cuyo público, el infantil, es fiel, numeroso y poco exigente. Lo que se traduce en un éxito asegurado. Pixar también tiene (afortunadamente) un ritmo de estrenos respetable, pero (casi) siempre aporta algo más. Algo que los adultos, que también hemos sido niños pero que las películas excesivamente infantiles, con la fórmula actual, no nos interesan en exceso, detectamos, apreciamos y disfrutamos.
Ejemplos de ideas o elementos incrustados en las películas que los niños obvian, y que parecen enviados como en un mensaje encriptado a los adultos, hay muchos. Pero quizás es en Inside Out donde tienen más presencia. Empezando por el argumento, basado en ideas abstractas y que invitan a una reflexión poco infantil. La pseudoprotagonista es una niña, vale, y los otros personajes son muñecos muy simpáticos que atraen la atención y sin duda provocarán muchas risas en las criaturas. Pero los mejores gags sólo son disfrutados si ya llevamos unos cuantos años paseando por este mundo.
<SPOILER>
Las melodías de los anuncios de televisión, de los que no somos capaces de desengancharnos, el padre pensando en un partido de fútbol, la madre en un piloto brasileño, la habitación del pensamiento abstracto, la fase REM del sueño... Todo son elementos muy familiares para nosotros (lo del piloto brasileño espero que no tanto) pero que aún los críos, o desconocen, o no entienden en su plenitud.
</SPOILER>
A nivel argumental presenta un reto que cumple con mucha brillantez. Las dos historias paralelas, oblicuas y transversales que cuenta -la vida familiar de una niña de 12 años, Riley, y las aventuras dentro de su mente de sus emociones personificadas: Alegría, Tristeza, Asco, Ira y Miedo- mantienen un equilibrio y una coherencia admirable. Todo son sucesos simultáneos, lo que pasa en un sitio tiene su reflejo en el otro. Por ejemplo, a grandes rasgos y sin spoilear, si Tristeza envía un pensamiento negativo, la niña deja de sonreir, llora, tuerce el gesto. Ver cómo lo resuelven con tanta soltura genera una sensación muy agradable en el espectador, de complicidad, de estar controlando la situación. Aunque una de las dos partes nos pueda interesar más que la otra, el relato paralelo es excelente.
La trama, en un análisis más directo, tiene todos los ingredientes: aventuras, sorpresas, momentos emotivos (y relativamente lacrimógenos)... El ritmo es altísimo, quizá decae levemente de manera forzosa en algún punto de inflexión, pero los espectadores de bien en ningún momento dejan de estar atentos a la pantalla.
Dejando a un lado la estructura de la historia, la abundancia de detalles es abrumador. El despliegue de ideas nos conduce a pensar que muchas de ellas se desarrollan parcialmente y que sólo se completarían con un metraje más largo, lo que hubiera sido claramente un error. En cualquier caso, es preferible dejarlo así que plantearse el riesgo de una secuela. Pixar puede tener muchos defectos, pero en los tiempos de escasez de ideas que corren y comparándolos con sus ¿hermanos? ¿padres? ¿cuñados? de Disney, es sin duda un soplo de aire fresco, especialmente en la creación de personajes. Probablemente la segunda fuente más prolífica del cine, por detrás de Star Wars.
Inside Out no es la mejor película de Pixar por algunos, pocos, motivos.
<SPOILER>
En relación a la creatividad ilimitada antes mencionada, los personajes habichuela que habitan en la mente de Riley son demasiado tópicos. Recuerdan a los currantes de Monsters, Inc., o a los curris de los Fraggle... incluso a los terribles Minions!
El desenlace también es algo previsible, en las dos dimensiones. Riley tiene que pasar por un trauma, el verse sola, en un autobús camino de Minnesota, para darse cuenta del amor de sus padres. Y Tristeza, el loser por antonomasia, se convierte en la heroína de la historia.
</SPOILER>
Sin embargo, estos defectillos no desmerecen en absoluto una película excelente, completa y prácticamente sin desperdicio.
Y con multitud de análisis y conclusiones. Algo muy positivo y enriquecedor si no fuera porque algunas interpretaciones resultan absurdas, perversas y con la única finalidad de generar controversia y consolidar personalidades virtuales en las redes sociales. Lo que no nos quita, ni por asomo, el buen sabor de boca y el rato tan agradable que pasamos durante la proyección.
sábado, 11 de julio de 2015
Terminator Génesis
Auténtico pavor experimenté cuando anunciaron, ya bien entrado el siglo XXI, una nueva entrega de la saga Terminator. Una saga compuesta por dos genuinas obras maestras y otras dos que, sin ser malas me dejaron algo frío, no merecía a priori un estiramiento excesivo. Y cuando me enteré de que Arnold Schwarzenegger, a su edad, iba a representar de nuevo al robot que -junto a algún que otro bárbaro- lo lanzó a la fama en sus años mozos, no pude evitar echarme las manos a la cabeza (con una sonrisilla maligna oculta).
Una vez vista puedo afirmar que este pesimismo estaba injustificado. Efectivamente, no llega ni por asomo a la calidad de las dos primeras entregas, pero tiene básicamente dos puntos a su favor. En primer lugar, es muy entretenida. Recoge muchos de los clichés de las películas de acción: disparos infinitos, explosiones, cuentas atrás y situaciones límite, persecuciones... También contempla la típica traición de un personaje aparentemente benevolente, que no desvelaré pero que todo el mundo habrá averiguado viendo el tráiler o incluso algún póster. Pero a pesar de estos tópicos y de que en algún momento el espectador pueda deducir sin temor a equivocarse lo que va a suceder a continuación, no recuerdo ningún pasaje especialmente tedioso.
El segundo factor digno de mención es el respeto por la saga. Las entregas previas (sobre todo, insisto, las dos primeras) tenían unos guiones excelentes, con pocas fisuras, poco amigables para las secuelas. En Terminator Génesis tenían la ocasión de destrozar toda la mitología terminatoriana para dar cabida a nuevos eventos y personajes, pero no lo han hecho, al menos descaradamente, y se agradece. Los personajes son los mismos y, salvo alguna frívola licencia, los acontecimientos son relativamente coherentes con las ideas iniciales de James Cameron. Por si fuera poco, tienen el detalle de lanzarnos una flecha al corazoncito de los fans con una primera media hora de homenaje especialmente a la primera Terminator (Pseudospoiler: con Bill Paxton ya hubiera sido la monda). También hace un guiño a Terminator 2 con la aparición de otro (1) T-1000.
No nos engañemos, el reclamo de esta película indudablemente es Arnold Schwarzenegger. Sin él, sería una película de acción más de las que se realizan actualmente y probablemente un servidor no estaría escribiendo este artículo. La autoparodia y la referencia a su personaje en las precuelas es uno de los puntos más fuertes de Terminator Génesis, si no el que más. El problema del envejecimiento de un androide que tanto nos preocupaba se resuelve con tanta sencillez como efectividad y el cambio en la voz del doblaje se acaba superando muy pronto. Con respecto al resto de personajes, tanto Emilia Clarke como Jai Courtney cumplen a pesar de mis reticencias iniciales. El que no acaba de congeniar con el personaje de John Connor es Jason Clarke. Tal vez la sombra de Edward Furlong es demasiado alargada...
La dirección de Alan Taylor es correcta, se limita a cumplir el expediente en este tipo de productos. El guión, analizado de forma superficial y sin entrar al detalle, también tiene un aprobado. Los viajes en el tiempo siempre han sido algo delicado y no todo el mundo tiene el talento de Robert Zemeckis y Bob Gale, así que probablemente haya alguna laguna argumental que los que vamos al cine simplemente a pasar el rato, con pocas ganas de mirar con lupa los agujeros de guión, no hayamos percibido. De todas maneras, parece que en esta vorágine de saltos temporales ha quedado un cabo suelto que deberá atarse en alguna posible nueva secuela.
Una vez más, a pesar de su edad, actores como Schwarzenegger, Stallone o Willis vencen como el T-800 a sus versiones más actualizadas. Utilizando la metáfora de las máquinas y la frase que repite el Abuelo más de una vez durante la película, los héroes de acción de los ochenta están viejos, pero no obsoletos.
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(1) El T-1000 por antonomasia siempre será Robert Patrick y los efectos especiales, 20 años de evolución tecnológica y producción audiovisual más tarde, han sido igualados pero no superados.
viernes, 26 de junio de 2015
El Monstruo Alado (The Deadly Mantis, 1957)
Gorilas gigantes, monstruos prehistóricos, cangrejos, tarántulas, extraños pajarracos... incluso una mujer de 50 pies. Criaturas de muy diversas formas y colores (al menos en blanco, negro e infinita gama de grises) procedentes de nuestro querido planeta se unían a la amenaza extraterrestre para amenizar cinematográficamente el convulso período central del siglo XX, y, de paso, lanzar mensajes propagandísticos muy inofensivos actualmente pero supuestamente bien ocultos en su momento.
Lógicamente, la mantis religiosa, una de las criaturas más voraces y despiadadas del catálogo de nuestra zoología no podía librarse de convertirse en una bestia sembradora de terror. Eso sí, aumentándola considerablemente de tamaño para colectivizar el pánico. Aparte de la novedad del bicho en cuestión, el argumento de The Deadly Mantis (Nathan Juran, 1957) difiere muy poco de otros títulos: la erupción de un volcán en el Atlántico Sur provoca, por un científicamente probado efecto mariposa, la ruptura de un iceberg en Groenlandia que contenía congelado a un supuesto animal prehistórico, una mantis gigante. Una vez despierta de un letargo de millones de años, comete sus primeras fechorías en el Polo Norte, devorando militares y espantando esquimales, pero poco a poco, atravesando Canadá sin mayor novedad, acaba en Estados Unidos, donde [SPOILER] es finalmente derrotada [/SPOILER]. En este caso, el hecho de que sean militares los primeros testigos de las huellas del monstruo hace que el increíble relato de su existencia resulte mucho más verosímil que si el autor del hallazgo hubiera sido una aventurera eminencia científica (nótese aquí la ironía).
El Monstruo Alado no tiene mucho más argumento que las películas de acción actuales. No hay prácticamente definición ni evolución de los personajes, ni giros inesperados en la trama. Seguramente en su día su atractivo se centraría en la tensión por el avance del monstruo en su camino hacia zonas más tropicales y pobladas y en el morbo de ver un insecto gigante. Un insecto que hoy en día, obviamente, asusta bien poquito y que según el plano parece que cambie de tamaño. Sus apariciones, especialmente cuando no está volando, son moderadamente explícitas y se abusa del montaje y de la repetición descarada de planos como métodos descriptivos. Pero a pesar de todo, teniendo en cuenta los medios técnicos y creativos de la época, resulta bastante digno.
El tema de la propaganda política aquí tal vez resulte un poco más evidente que en otros casos. El alarde de la masiva presencia de radares estadounidenses y de la excelencia en las comunicaciones por radio entre toda la estructura militar, desconecta de la película al espectador ajeno a este contexto y que sólo quiere ver cómo en un entorno de ciencia-ficción un insecto de colosales proporciones destruye ciudades y devora neoyorquinos. También llama la atención algún detalle de machismo; el revuelo que genera la presencia de la fotógrafa en una base militar con la testosterona a flor de piel nos puede resultar exagerado en la actualidad.
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